Miércoles XV del Tiempo Ordinario

 

EXODO 3:1-6, 9-12

Moisés estaba cuidando el rebaño de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián.
Dirigiendo el rebaño por el desierto, llegó a Horeb,
el monte de Dios.
Ahí un ángel del Señor se le apareció en fuego
llameante de una zarza.
Mientras miraba, él se sorprendió al ver que el arbusto,
aunque en el fuego, no se consumía.
Así que Moisés decidió,
“Tengo que ir a ver esta vista notable,
y ver por qué la zarza no se quema”.

Cuando el Señor lo vio venir más de cerca,
Dios lo llamó desde la zarza: “¡Moisés! ¡Moisés! ”
Él respondió: “Aquí estoy.”
Dios dijo: “¡No te acerques!
Quita las sandalias de tus pies,
porque el lugar donde estás es tierra santa.
Yo soy el Dios de tu padre “, continuó,
“El Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.
El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí,
y realmente he notado que los egipcios los oprimen.
Ven, ¡ahora! Te enviaré a Faraón, para guiar a mí pueblo,
los hijos de Israel, fuera de Egipto. ”

Pero Moisés le dijo a Dios:
“¿Quién soy yo para que vaya a Faraón,
y lleve fuera a los hijos de Israel de Egipto?”
Él respondió: “Yo estaré contigo;
y esto será la prueba de que soy yo el que te ha enviado:
cuando saques a mi pueblo de Egipto,
darás culto a Dios en este monte. ”

 

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El Señor nos habla a través de su Palabra que es poderosa. Hemos escuchado la historia de la zarza ardiente. Hay algunos puntos clave de esta historia que me gustaría reflexionar y hacer resaltar:

 

1)   Dios llama a la gente que trabaja y va más allá de su comodidad. En el momento de la llamada de Dios, Moisés estaba trabajando, cuidando el rebaño. Dios nos busca, nos llama y encuentra en nuestra vida diaria de trabajo, en la escuela y en la vida familiar. Él puede venir a nosotros cuando menos lo esperamos. Aunque la iglesia es un lugar especial para encontrar a Dios, Él puede hablarnos en cualquier lugar, así que mantén tus ojos y oídos abiertos para Él. A menudo extrañamos la voz de Dios debido a la falta de oración, lo que sintoniza nuestros oídos con la voz del Buen Pastor. ¿Me preparo para escuchar la voz de Dios orando cada día? ¿Estoy atento a todo lo que pasa a mi al rededor?

 

2)    Dios llamó a Moisés a acercarse a través de la zarza ardiente. Lo llamó por su nombre. Dios también nos llama al acercarnos a Él en oración. Él nos llama a salir de nuestra rutina diaria para dialogar con Él, para darnos cuenta de que hay otro reino de la vida más allá del mundo físico. ¿Cómo me ha hablado el Señor?

 

3)   Dios le dijo a Moisés que él estaba parado sobre tierra santa y que se quite sus sandalias. Tierra santa, significa lugar sagrado y cualquier iglesia católica en la que entres está el Santísimo Sacramento y es tierra santa. Además, el Espíritu Santo reside en cada persona bautizada, por lo que debemos honrar a esa persona como hijo de Dios. ¿Soy consciente de las muchas maneras en que camino en tierra santa cada día? Quitarse las sandalias es quitar todo aquello que nos impide vivir en la presencia de Dios. ¿Qué tengo que quitar de mi vida para vivir en la presencia de Dios?

 

4)    Dios escuchó el clamor de su pueblo y quería ayudarlos. El sigue escuchando el clamor de su pueblo hoy día. Y Dios me llama a mí y a ti a para ayudarlos y liberarlos de sus opresiones. Él nos llama a ser Sus pies, Su voz, Su corazón a las personas que lo necesitan hoy en día. Dios nos llama a ti ya mí a ser Sus manos, Sus pies, Su voz, Su corazón para las personas que lo necesitan hoy. ¿Cómo me llama Dios a ayudar a los menos afortunados que yo?

 

5)    Moisés tuvo miedo de su misión. “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y lleve fuera a los hijos de Israel?” Nosotros también nos negamos a la llamada de Dios en nuestras vidas. ¿Quién, yo? ¿Por qué me llamas a mi Señor? ¿No tengo talentos? ¿No soy nadie? Pero eso es exactamente a los que llama Dios – los que son débiles, humildes, y confían en el Señor. ¿He puesto excusas para no seguir el llamado del Señor en mi vida?

 

6)    Dios promete estar con Moisés. Dios también promete estar con nosotros. Él nos dice: “No temas. Yo estoy contigo.” ¿Creo en las promesas de Dios? ¿Creo en que Dios nunca me abandonará?

 

7)    Finalmente, ellos adoran a Dios, después de haber sido liberados de la esclavitud. ¿Recuerdo alabar a Dios por todo el bien que Él ha hecho por mí? ¿Olvido rápidamente su providencia y amor?

 

Reflexiona sobre esta hermosa historia de la zarza ardiente. ¿Cómo te está llamando Dios? A participar como discípulo misionero en Su plan de salvación?  ¿Cuál es tu respuesta a la mejor invitación que recibirás?
 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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Sábado XIV del Tiempo Ordinario (13-Julio-2019)

Evangelio según San Mateo 10, 24-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

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En las lecturas de hoy se nos menciona el tema de la muerte y la confianza.

La primera lectura del Génesis (Gn 49, 29-32; 50,15-26) Jacob llamó a sus hijos y les dio estas instrucciones para ser sepultado al morir junto a sus padres y sus ancestros. Que forma tan hermosa de morir porque cuando terminó de dar instrucciones a sus hijos, “Jacob expiró y fue a reunirse con los suyos.” Pero los hermanos de José, al ver que había muerto su padre, tienen miedo de que José les guardase rencor y les haga pagar todo el daño que le hicieron. A lo cual al enterarse José de eso se puso a llorar y les dice: “No tengan miedo. ¿Podemos acaso oponernos a los designios de Dios? Ustedes quisieron hacerme daño, pero Dios lo convirtió en un bien…”. Y los consoló y les habló con mucho cariño.

José confía plenamente en que Dios cuidará de sus hermanos y les pide que lo sepulten con sus ancestros y luego murió.

 

Vemos la confianza de Jacob y José ante la muerte, ambos dejan instrucciones importantes antes de partir pero sobre todo ellos dejan un gran legado.

 

Jesús instruye a sus discípulos diciendo, “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna”, es decir, nos invita a pensar en nuestra muerte pero sobre todo en la confianza en el Maestro y Señor,

¿Cuál es nuestro temor más grande? Indudablemente que es el temor a perder nuestras vidas; tememos la muerte de nuestro cuerpo. Pero Jesús nos está diciendo que no debemos preocuparnos acerca de esos temores que sólo afectan el cuerpo y las cosas.

Cuando amamos a Dios, cuando “tememos” a Él por encima de todas las cosas, estamos unidos a un poder por encima del espacio y tiempo, un poder que gobierna el universo en su totalidad, un poder que es más grande que la vida y la muerte, al poder de Dios y su divina providencia.

Más aún, este poder me conoce íntimamente y me guía de acuerdo con sus propósitos: “¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo”. Jesús nos invita a la confianza y no debemos temer a nada ni a nadie en este mundo si confiamos en Él. Confiar en Él significa reconocerle delante de los hombres con nuestros pensamientos, palabras, acciones, confianza y todo nuestro ser, dando testimonio de su amor.

 

¿Confío en el Señor en todo momento especialmente para el momento que me llame a su presencia?
¿Qué legado le estoy dejando a mi familia y al mundo?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

 

 

Viernes XIV del Tiempo Ordinario (12-Julio-2019)

Evangelio de san Mateo 10, 16-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre’’.

 

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Dios quiere hacernos crecer en la confianza y que descubramos su amor y fidelidad para que vivamos en su paz.

 

En la primera lectura de hoy (Gen 46, 1-7.28-30) vemos como Jacob partió con todas sus pertenencias y llegó a Berseba, donde ofrece sacrificios al Dios de sus ancestros. Por la noche, Dios le llamó por su nombre: “¡Jacob, Jacob!” El respondió: “Aquí estoy”. El Señor le dijo: “Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No tengas miedo de ir a Egipto, porque ahí te convertiré en un gran pueblo. Yo iré contigo allá, José te cerrará los ojos y después de muerto, yo mismo te haré volver aquí”. Jacob confía y obedece a Dios para ir al encuentro de su hijo José, quien está en Egipto y es administrador del faraón. Jacob apenas vio a su hijo José a quien desde que era niño lo creía perdido, corrió a su encuentro y, abrazándolo largamente, se puso a llorar. Jacob le dijo a José: “Ya puedo morir tranquilo, pues te he vuelto a ver y vives todavía”.

 

Es una historia hermosa y maravillosa donde quien confía en Dios nunca queda defraudado. Aunque parece que el mal se sale con la suya, realmente es Dios quien tiene planes mejores para nosotros y escribe derecho aunque nuestras vidas sean torcidas porque “para quienes aman a Dios todo sucede para su bien” (Rm 8,28) y al final el bien triunfa sobre el mal y los que confían en Dios viven en su amor, su paz y obtienen la felicidad.

En el Evangelio Jesús nos invita a confiar como sus discípulos y estar dispuestos a ser enviados como ovejas entre lobos porque Él va con nosotros y nada ni nadie nos podrán hacer daño. Pero debemos tener ciertas cualidades: habilidad para ser astuto como una serpiente y simple como una paloma, esto significa escabullirnos de las tentaciones y no ser como serpientes de andar mordiendo y picando a los demás. Debemos estar dispuesto a ser entregados a las autoridades y sometidos a juicio. Tener la habilidad para dejar todo el control en manos de Dios y que Él hablé a través de ti. Estar dispuesto a soportar pruebas severas y continuar perseverando por la misión, hasta morir por Cristo.

¿Qué quiere hacer Jesús con esto? Estaba siendo realista, quiere que nos abandonemos a Él, eliminar la dureza de corazón de sus discípulos para prepararlos para las dificultades para que no se desanimaran cuando comenzaran las pruebas. Esto es algo que debemos hacer por nuestros hijos. Necesitamos prepararlos para las dificultades de la vida. A veces nuestros hijos están tan protegidos y mimados que se dan por vencidos la primera vez que algo sale mal. Necesitamos estar preparados para las pruebas de la vida, incluso cuando seguimos a Jesús.

 

Jesús quien es el mejor director espiritual, maestro y entrenador nos llama a hacer cosas que parecen imposibles. Nos llama a la grandeza, y si le abrimos nuestro corazón y le respondemos obtendremos la paz, la felicidad y armonía en nuestras vidas. Jesús a cada uno de sus discípulos nos llama a la santidad, a la grandeza y nos desafía a responder.
Jesús también nos alienta con su presencia y sabemos que no estamos solos en este viaje. No te preocupes por lo que debes decir porque el Espíritu Santo te dará las palabras que necesitas. Para que esto suceda, necesitas comunicarte con Dios a través de la oración diariamente. Debe ser una oración de confianza.
Si perseveras hasta el final con fe, disciplina, dando lo mejor de ti y constancia, tu recompensa será grande en el cielo y aquí en este mundo. Nadie puede quitarnos nuestra fe y confianza en Jesucristo, por lo tanto, nuestra paz, alegría y felicidad. Nos enseña a enfocarnos en nuestro objetivo y no debemos desviarnos en cosas adicionales en el viaje sino confiar completamente en que el Señor nos proveerá.

¿Confío en el Señor en todo momento?
¿Realmente me permito ser usado como un instrumento del Espíritu Santo?
¿Estoy dispuesto a enfrentar el desafío de ser un santo en 2019?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Memoria de San Benito, abad

Evangelio según san Mateo 10, 7-15

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: ‘Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.

 

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Jesús envía a los Doce como prioridad a proclamar por el camino que el Reino de Dios ya está cerca y después a liberarlos de sus enfermedades, de la muerte y de las garras del demonio. Esto se obtiene cuando ponemos nuestra confianza en Dios y no en las cosas, ni en las personas o en nuestras cualidades, títulos de nobleza o herencia ancestral.

 

La confianza en Jesús nos obtiene la paz, aunque parezca una misión imposible y la de un equipo vulnerable y desvalido, los pequeños discípulos de Jesús son enviados, ni más ni menos, que a conquistar el mundo, desprovistos de todo aquello que normalmente los hombres utilizan para sus conquistas: dinero, fuerza humana especial, seguridades de futuro, poder. La misión encomendada por el Maestro exige, a la vez, despojo y celeridad: “No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino…” Si se muestran capaces de vivir en total confianza, los emisarios serán capaces de la paz. Ser anunciadores y portadores de la paz es lo mejor que podría suceder a los pequeños discípulos y a cada uno de nosotros. Todo el mundo anhela la paz, todo hombre sueña con ella en su vida cotidiana: la familia, el trabajo, la oficina, la escuela, los amigos, la parentela, etc.

 

¿Quién no desearía recobrar su paz a fin de vivir inmerso en el orden, la armonía y la belleza de toda la realidad?

 

Por eso, cuando alguien pronuncia la palabra “paz”, inmediatamente nos invade una onda de esperanza. Y si quien pronuncia esta palabra es Dios mismo o alguien que habla en su nombre, el consuelo es todavía más grande, porque la paz prometida como que toca a profundidad nuestro sufrimiento y nuestra súplica. Sin embargo –tenemos que reconocerlo-, ¡qué difícil resulta anunciar la paz! Es difícil, en primer lugar, porque exige ponerse en camino: “Pónganse en camino; yo los envío…” Y este ponerse en camino significa salir de los propios recintos de comodidad y de seguridad (o que eso aparentan ser) para transferirse dentro de los problemas y las inquietudes de los demás. Queremos paz, profundamente deseosos de encontrarla, sin embargo, recios cuando se trata de ser sus portadores. Y, sin embargo, no existe otro modo de ser discípulo de Cristo.  La paz que se lleva a la propia casa no agota toda la potencialidad de la paz de Cristo. “Pónganse en camino… en toda casa que entren…” Es la casa de quien  habita junto a mí, del vecino cuyo nombre quizá ni siquiera conozco. Es la casa de aquellos que encuentro a lo largo de la jornada. Si lo que me mueve es en realidad el anhelo de la paz de Cristo, cada uno de mis gestos, palabras y acciones se convertirá en generación de esa paz en la vida de los otros. El mundo, hoy más que nunca, está urgido de esa paz y, por lo tanto, esa paz debe de empezar en nosotros mismos y en nuestros hogares por nuestra relación y confianza en Dios. Para ser buenos anunciadores de la paz –el evangelio de hoy nos lo hace comprender- es necesario ser extremadamente pobres y extremadamente ricos. Fijémonos en los discípulos: “Pónganse en camino…”, y no deben llevar nada con ellos. Deben ser totalmente pobres, tan pequeños que no sean capaces de hacer sombra al anuncio del que son portadores.

 

Paradójicamente, esta extrema pobreza que debe caracterizar a los anunciadores de la paz es signo de una extrema riqueza. En efecto, los discípulos no llevan nada consigo, y, sin embargo, lo poseen todo. No carecen de nada. Son los hombres más ricos del mundo. Porque poseen el Reino, que otra cosa no es que Jesús mismo. Poseen la fe y están llenos de esperanza, viven una vida plenamente abundante. Rebosantes de Espíritu Santo y de caridad. Claro que se trata de ese tipo de riquezas que no cotiza en la bolsa de valores, pero que, lo sepan los hombres o no, son las únicas riquezas que nunca se devalúan, ni se ven afectadas por el déficit comercial, ni tienen que ganar mercados frenéticamente. Y quien las posee no ha tenido que despojar a otros, al contrario: cuanto más se las acumula, más ellas se multiplican y se expanden hacia los más necesitados. La del Reino es la única riqueza que se incrementa… ¡despilfarrando!

 

Los discípulos han sido capaces de dejarlo todo, sólo porque se han encontrado con el Todo (JESUCRISTO)… Han sabido invertir bien sus bienes, su energía y su vida. La pasión de Jesús se ha convertido en suya: “Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya está junto a ustedes el Reino de Dios’…” y la fraternidad  que han aprendido de Él, desde los días aquellos en que gustaba de organizar banquetes con las prostitutas y los pecadores de la peor clase en la Galilea, se ha convertido en su inconfundible estilo de vida: “Coman y beban de lo que tengan…” Esta es la paz que la Iglesia de Jesús puede y debe generar: la de la compasión, la de la comunión de vida, de bienes y de destino con todos los hombres, sin distinción de ninguna clase; la de la solidaridad y la alegría que de ella nace.

 

De manera personal he experimentado que cuanto más confió en Dios y no en las cosas, métodos, personas, dinero,  es más, ni en mí mismo es cuanto tengo más alegría y paz. San Benito Abad, vivió de esta manera, confío plenamente en Dios y obtuvó la paz en su Corazón para poder ofrecerla al mundo y a sus monasterios.

 

Haz la prueba y ve al Santísimo y confíale todo al Señor, entrégale tus proyectos y planes, tus ilusiones y fracasos, problemas y preocupaciones y veras que te va a dar su paz como nunca la has experimentado y nadie te la podrá ofrecer.

 

Esta es la oportunidad de oro que hoy nos ofrece la historia. ¿Seremos capaces de aprovecharla, o seguiremos viviendo en nuestros ritualismos y en nuestra superficialidad?  La historia y Dios mismo nos juzgarán por la decisión que tomemos.

 

 ¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Fr. Enrique Garcia

Miércoles XIV del Tiempo Ordinario (10 de julio 2019)

San Mateo 10,1-7.

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

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Jesús convoca y llama a los primeros Doce para expulsar demonios, curar toda enfermedad y dolencia. Dios nos conoce y nos llama por nuestro nombre a cada uno de nosotros para llevar a cabo su misión en el mundo y es la de liberar del poder del mal a nuestros hermanos, “expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.” Dios quiere nuestro bienestar y felicidad pero poder lograrlo primero debemos de ser libres del mal y todo aquello que nos esclavice.

 

¿De qué atadura, apego, miedo, enfermedad, mal, espíritu impuro Dios tiene que liberarte primero?

 

Al ver la lista de los nombre de los Doce, pienso en cada uno de ellos, en sus vidas, en lo que hicieron y el legado que han dejado en el mundo. No puedo dejar de pensar en cómo quiero ser recordado. ¿Has pensado en eso? ¿Cuál es el legado que quieres dejar a este mundo? Puede que no todos tengamos el escenario mundial como el Papa Francisco, pero sí cada uno tenemos una esfera de influencia – nuestra familia, nuestros vecinos, nuestro lugar de trabajo, etc… ¿Qué impacto estoy haciendo para Jesucristo en los ambientes en los que vivo y trabajo?

 

Revisa  la lista de los Doce y no todos fueron tan fieles a su llamado y misión, por ejemplo  Pedro traicionó a Jesús tres veces y sin embargo se convirtió en el primer líder de la Iglesia. Santiago y Juan querían el poder y prestigio, lucharon sobre quién se sentaría a la derecha y a la izquierda de Jesús. Mateo era un recaudador de impuestos despreciado. Tomás dudó de la resurrección de Jesús. Y, por supuesto, Judas traicionó a Jesús. El grupo de los Doce no eran de gente santa o perfecta. Y sin embargo el Señor los eligió, a pesar de su pasado, faltas, pecados y fallas, para liberar a otros y proclamar la Buena nueva, ellos permanecieron en su Iglesia aunque formada por pecadores fundada por Jesucristo, ninguno de ellos se salió de la verdadera Iglesia para tratar de formar la suya a su gusto o a su medida, porque sabían que Jesucristo y su Santo Espíritu estarían con ellos hasta el fin de los tiempos. Todos aquellos que le abrieron su corazón y le entregaron su vida se dejaron transformar por el poder de Su gracia y misericordia, estos hombres (excepto Judas) se transformaron y nos dejaron un legado maravilloso. Los recordamos más por el bien que hicieron que por el mal que realizaron porque ellos entregaron sus vidas por la causa de Cristo y del Evangelio. Jesús escoge a los débiles y los hace fuertes para mostrar su gloria y poder.

 

Dios te escoge y te llama por tu nombre, no importa tu pasado o lo que has hecho, sino lo que estás dispuesto a hacer con la gracia de Cristo. Este es el tipo de recuerdo y legado que todos debemos desear y dejar a la humanidad. El mejor regalo que podemos dejar a nuestra familia y a la humanidad es un mundo mejor, pero sobre todo hacer de ellos libres de toda atadura de cualquier espíritu impuro para que sean mejores personas porque les enseñamos con ejemplo lo que significa seguir a Jesucristo y amar de verdad.

 

Recuerda que nunca es demasiado tarde para hacer la diferencia, pero no te esperes al final porque nunca sabes cuándo será. Vive como si fuera el primer día de tu vida, disfruta como si fuera el único, y ama como si fuera el último.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 En Cristo y Santa María de Guadalupe

 Padre Enrique García Elizalde

Lunes XIV del Tiempo Ordinario

Evangelio según san Mateo 9, 18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

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El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas fascinantes, portadoras de un mensaje de suma actualidad, que conviene profundizar e interpretar desde el simbolismo bíblico, a fin de poder aplicarlo a nuestra propia vida. El evangelista quiere transmitirnos como Jesús interviene en la historia y qué valor tiene para la vida de cada uno de nosotros.

 

Es interesante que las dos mujeres que aparecen en el relato (la mujer que padecía flujos de sangre y la pequeña niña agonizante) están unidas por el número 12 (12 años que la primera ha pasado gastando su fortuna a manos de médicos ineficientes, y 12 años de edad de la niña), que representa, en la simbología bíblica, al Antiguo Pueblo de Dios (por las 12 tribus de Israel) y, también, al Pueblo de la Nueva Alianza (por los 12 apóstoles en los que Jesús le funda). Esto significa que el doble episodio es una reflexión teológica sobre la situación del pueblo de Dios, en sus dos vertientes: la de la antigua economía, representada por el Israel antiguo, y la de la nueva alianza, que es la pequeña comunidad de los discípulos.

 

Jairo sale de la sinagoga y dirige sus pasos y sus súplicas a Jesús porque a pesar de ser jefe de aquella institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Y la razón aparece en diversos momentos del evangelio: el apego a formulismos religiosos y la observancia “literal” de la Ley ha provocado un gradual distanciamiento del Pueblo hacia Dios y una concepción de impureza y pecado que la religión no puede saldar. Por otra parte, la religión puede ser una trampa, por su potente capacidad de hacer sentir a sus fieles seguros frente a los últimos momentos (frente al juicio y a la muerte).

 

El judaísmo de entonces como el catolicismo de hoy contienen elementos de salvación instituidos por Dios mismo, pero no debemos quedarnos con toda esa serie de medios destinados a suscitar una más consciente adhesión existencial a la Palabra viva de Dios, pero que muchas veces terminan por sustituirla, entorpeciendo la experiencia de la fe y convirtiéndose en obstáculo. Por ejemplo, la creencia de muchos católicos de que basta con que sus hijos reciban los sacramentos de iniciación (Bautismo, Comunión y Confirmación), o mandarlos a escuelas católicas o simplemente ir a Misa los domingos, creyendo que cumplen con Dios, pero su vida espiritual está agonizando y creen asegurar ante Dios su salvación. Nuestra experiencia de Dios nos tiene que llevar a un cambio de vida a una Vida Nueva,  una vida espiritual plena y llena de compromiso definitivo con Jesús.

 

Jairo, jefe de la sinagoga, pero sobre todo padre de esta pequeña, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con Él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al Maestro?, le dicen. Para muchos, sus problemas no tienen solución, sienten que su vida no puede cambiar, piensan que para qué molestan al Maestro pidiéndole que dé vida donde no hay más que señales de muerte. El hombre lejos de Dios suele ser pesimista. En los momentos difíciles parece olvidar que Cristo “ha venido para que tengan vida y vida en abundancia”, como dice el evangelista Juan. Jesús, le dice: “No temas, ten fe y basta…” Aun una situación desesperada como la de Israel, puede tener una salida: la fe. Pero, ¿qué es la fe? Es apertura a la acción de Dios, que todo lo puede para quien confía en Él porque es una adhesión total de nuestra vida a Dios y a sus planes.

 

Los anunciadores de la muerte han llegado hasta Jairo (esos nunca faltan en nuestra vida), pero Jesús lo invita a no desplomarse en ese momento, a confiar en el poder de Dios, a creer en Él, hacerlo su Señor. “No temas, sólo ten fe”, lo demás vendrá por sí solo. Para quien cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en Él, en la medida en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necróplis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio).

 

No lo ve así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se reían de Él considerando la situación irreversible. A veces eso parece, que la propuesta de Jesús provoca risa. ¿Cómo no reír cuando se propone creer contra toda fatalidad, confiar en medio de las circunstancias más adversas? ¿Cómo no reír despectivamente ante la propuesta de amar a los enemigos, de ofrecer la otra mejilla, de no resistir al mal, de entregar la vida por los malvados? ¿Cómo no reír, también, y a carcajadas, cuando alguien viene a decirnos que no nos preocupemos por la comida y por el vestido (las preocupaciones más antiguas del hombre), que sólo nos dediquemos a los asuntos de Dios y que Él nos dará todo lo que necesitemos confiando en su providencia? ¿Cómo no reírse cuando un joven entra al seminario si tiene todo un futuro prometedor en este mundo? ¿Cómo no reírse cuando un sacerdote entregado busca amar a Dios y servir a los demás sin esperar nada a cambio? ¿Cómo no reírse ante una madre o un padre que da todo por sus hijos aunque a veces le paguen mal y aun así los siguen amando por ser sus hijos y son capaces de dar todo por ellos? Muchos piensan que hay que ser prácticos y lo que Jesús nos propone es verdaderamente descabellado.

 

Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra a donde está la niña con sus padres, junto con tres de sus discípulos, a quienes quiere mostrar especialmente la fuerza de vida que hay en Él. Hay que echar de nuestra vida a los aguafiestas o “poor-party”, aquellos que empobrecen tu vida y confianza en Dios.

 

Curiosamente estos tres discípulos están presentes también en la Transfiguración y en el huerto de Getsemaní y, en ambas escenas, se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del Maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. La presencia de estos tres discípulos en esas tres escenas de la vida de Jesús tiene una razón teológica de parte de Marcos. Es como si quisiera enseñar a sus lectores que no se puede captar la gloria del Hijo, que en el monte se transfigura delante de sus discípulos mostrándoles su gloria, si no se acepta, al mismo tiempo, su destino de sufrimiento y de muerte –puesto de manifiesto en la dolorosa noche del huerto-. Pero, al mismo tiempo, este que aparece como el Hijo Amado del Padre, abandonado por ese mismo Padre en la hora sublime de la agonía en Getsemaní, es el único que puede despertar al pueblo y ponerle a caminar por los senderos de la fe y de la vida en el Espíritu –como hace con la hija de Jairo-.

Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie. Orden lógica, pues todavía no están capacitados para digerir, asimilar y proclamar este mensaje de vida.

 

Nuestra Iglesia a diferencia de la sinagoga, de la que Jairo es jefe, debe ser capaz de sanar los males del mundo, dar vida en el Espíritu a sus fieles, al igual que Jairo, nuestra Iglesia, si quiere seguir dando vida, tendrá que salir al encuentro del Maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo y lejos de sus fieles. Tendrá que dejarse mover por el Espíritu más allá de sí misma, recordando que ella, la Iglesia, no es fin sino medio. Debemos de salir al encuentro de los hermanos, los pastores (obispos, sacerdotes, religiosos, encargados de grupos, catequistas, padres de familia, etc.) debemos oler a oveja, buscando sanar las heridas de los demás. Hoy, quizás más que nunca, debemos de escuchar las palabras que el Señor nos dirige: “Talitha qumi”, “A ti te digo, levántate”. Cierto que da miedo despertar y verse a fondo a la luz de la Palabra. Pero es necesario si se quiere estar siempre preparados para caminar (“La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar”).

 

Hay que levantarnos del lecho de la muerte (una vida de pecado, vicios, maltratos familiares, pereza, corrupción, mediocridad, etc.) para ser protagonistas de nuestra historia, tomando un papel principal y no secundario (extra) de nuestras vidas, pues la fe es personal y también la salvación. Debemos confiar nuestra vida a Jesús y dejarnos transformar por su gracia. Jesús nos dice como le dijo a Jairo: “No temas, ten fe y basta”. Tal vez sea este el mal en nuestras vidas: tener demasiado miedo y poca fe, no entregarle nuestra vida a Dios, el miedo nos paraliza para actuar y vivir de verdad. Cuando he confiado y he entregado mi vida a Jesús mi vida ha sido más plena y me he alejado de los caminos de la muerte. No dudes en hacerlo, inténtalo y veras que tu vida cambiara.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 En Cristo y Santa María de Guadalupe

 Padre Enrique García Elizalde

XIV Domingo Tiempo Ordinario (Ciclo C)

Evangelio según san Lucas  10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad, que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

Él les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.

 

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

El tema de hoy es la paz se obtiene cuando ponemos nuestra confianza en Dios y no en las cosas, ni en las personas o en nuestras cualidades, títulos de nobleza o herencia ancestral.

 

La primera lectura (Is 66, 10-14) el profeta Isaías nos presenta como hay que alegrarnos con Jerusalén y gozar con ella todos los que la aman, porque dice el Señor: “Yo haré correr la paz sobre ella como un río…como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo. En Jerusalén serán ustedes consolados.” Y esto es porque Dios ha escogido a la Ciudad Santa para vivir en ella, porque Dios está con nosotros, esa es nuestra mayor alegría y no en el lugar sino en la presencia de quien lo habita, Dios mismo.

 

San Pablo en la Carta a los Gálatas (6, 14-18) nos invita gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo únicamente. Esta carta fue escrita entre el año 50-56 y en esa época nadie se gloriaba de la cruz, porque quien llevaba la cruz era signo de condenación romana, de criminal, de ir a la muerte por ser un malhechor, la persona que era condenada junto con toda su familia, parientes y amigos eran avergonzados. Pero Cristo vino a poner los valores del mundo de cabeza, porque por  Él, con Él y en Él todo lo demás no tiene sentido. Ya no hay que gloriarse de pertenecer al Pueblo de Israel, o tener una herencia ancestral, o un título (en Cristo Jesús de nada vale el estar circuncidado o no), tener un título de pertenencia  “sino el ser una nueva creatura”, el tener vida y vida en plenitud a través de Él. Solamente así podremos obtener “la paz y la misericordia de Dios” que nadie nos puede dar y ni arrebatar. Porque la gracia de nuestro Señor Jesucristo está con nosotros y es nuestra fuente de paz para que la llevemos a los demás. En la aclamación antes del Evangelio de hoy (Col 3, 15a. 16ª) decíamos: “Que en sus corazones reine la paz de Cristo; que la palabra de Cristo habite en ustedes
con toda su riqueza.” Solamente la paz de Cristo puede cambiar nuestras vidas, nuestras familias y al mundo entero.

El evangelio de hoy nos invita a la confianza en Jesús para obtener la paz, aunque parezca una misión imposible y la de un equipo vulnerable y desvalido lanzado al mundo sin más protección que su pobre, diminuta fe. Como “corderos en medio de lobos”, los pequeños discípulos de Jesús son enviados, ni más ni menos, que a conquistar el mundo, desprovistos de todo aquello que normalmente los hombres utilizan para sus conquistas: dinero, fuerza humana especial, seguridades de futuro, poder. Las energías de las que depende la instauración del Reino son de otra naturaleza. La misión encomendada por el Maestro exige, a la vez, despojo y celeridad: “No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino…” Si se muestran capaces de vivir en tal extremo, los emisarios lo serán de la paz, es decir, de la plena armonía que el hombre está llamado a vivir consigo mismo y con todo lo que lo rodea.

 

Ser anunciadores y portadores de la paz es lo mejor que podría suceder a los pequeños discípulos y a cada uno de nosotros. Todo el mundo anhela la paz, todo hombre sueña con ella. Cada uno de nosotros conoce sus propias inquietudes, sus neurosis y sus fantasmas. Es un hecho que, poco o mucho, todo mundo sufre algún tipo de desorden, desequilibrio, división, frustración, en una palabra, de falta de paz, en todas los diversos círculos relacionales en los que se desenvuelve nuestra vida cotidiana: la familia, la oficina o la empresa, los competidores, los amigos, la parentela, etc.

 

¿Quién no desearía recobrar su paz a fin de vivir inmerso en el orden, la armonía y la belleza de toda la realidad?

 

Por eso, cuando alguien pronuncia la palabra “paz”, inmediatamente nos invade una onda de esperanza. Y si quien pronuncia esta palabra es Dios mismo o alguien que habla en su nombre, el consuelo es todavía más grande, porque la paz prometida como que toca a profundidad nuestro sufrimiento y nuestra súplica. Sin embargo –tenemos que reconocerlo-, ¡qué difícil resulta anunciar la paz! Es difícil, en primer lugar, porque exige ponerse en camino: “Pónganse en camino; yo los envío…” Y este ponerse en camino significa salir de los propios recintos de comodidad y de seguridad (o que eso aparentan ser) para transferirse dentro de los problemas y las inquietudes de los demás. Queremos paz, profundamente deseosos de encontrarla, sin embargo, reacios cuando se trata de ser sus portadores. Y, sin embargo, no existe otro modo de ser discípulo de Cristo. No es suficiente que nos preocupemos por crear comunidades parroquiales pacíficas y fraternas que se queden encerradas en el estrecho cerco sacro de nuestras iglesias o grupos parroquiales.

 

La paz burguesa es esa sensación de bienestar y de gozo en algunos entusiasmados por el “descubrimiento del evangelio”, pero que no permea más allá de sus vidas ni transforma la sociedad en su raíz. La paz que se lleva a la propia casa no agota toda la potencialidad de la paz de Cristo. “Pónganse en camino… en toda casa que entren…” Es la casa de quien habita junto a mí, del vecino cuyo nombre quizá ni siquiera conozco. Es la casa de aquellos que encuentro a lo largo de la jornada. Si lo que me mueve es en realidad el anhelo de la paz de Cristo, cada uno de mis gestos, palabras y acciones se convertirá en generación de esa paz en la vida de los otros. El mundo, hoy más que nunca, está urgido de esa paz y, por lo tanto, de ese tipo de comunidades parroquiales.

 

Para ser buenos anunciadores de la paz –el evangelio de hoy nos lo hace comprender- es necesario ser extremadamente pobres y extremadamente ricos. Fijémonos en los discípulos: “Pónganse en camino…”, y no deben llevar nada con ellos. Deben ser totalmente pobres, tan pequeños que no sean capaces de hacer sombra al anuncio del que son portadores. Dice Vannucci: “La única preocupación del anunciador es la de ser infinitamente pequeño –sin morral, sin dinero, sin calzado-; sólo entonces su anuncio será infinitamente grande. Si, en cambio, el anunciador quisiera ser infinitamente grande […] entonces, en la misma proporción, el anuncio se volvería infinitamente pequeño, imperceptible, sofocado”. Y esto lo vemos en los santos. Si el anuncio de la Madre Teresa sigue golpeando con fuerza la conciencia de todos, es precisamente porque se trata del anuncio de la más pequeña ciudadana del mundo en el siglo XX que lo hizo con la confianza puesta en Dios y no en las cosas, ni en los medios, ni en el poder, ni en las instituciones, pero si en el poder del amor de Dios. Si el anuncio de paz fuese traído por alguien que gozase de todas las seguridades, sería fácil pensar que la paz es propia de la gente afortunada, en vez de ser el don divino que desea llegar al corazón de todos.

 

Paradójicamente, esta extrema pobreza que debe caracterizar a los anunciadores de la paz es signo de una extrema riqueza. En efecto, los discípulos no llevan nada consigo, y, sin embargo, lo poseen todo. No carecen de nada. Son los hombres más ricos del mundo. Porque poseen el Reino, que otra cosa no es que Jesús mismo. Poseen la fe y están llenos de esperanza, viven una vida plenamente abundante. Rebosantes de Espíritu Santo y de caridad. Claro que se trata de ese tipo de riquezas que no cotiza en la bolsa de valores, pero que, lo sepan los hombres o no, son las únicas riquezas que nunca se devalúan, ni se ven afectadas por el déficit comercial, ni tienen que ganar mercados frenéticamente. Y quien las posee no ha tenido que despojar a otros, al contrario: cuanto más se las acumula, más ellas se multiplican y se expanden hacia los más necesitados. La del Reino es la única riqueza que se incrementa… ¡despilfarrando!

 

Los discípulos han sido capaces de dejarlo todo, sólo porque se han encontrado con el Todo (JESUCRISTO)… Han sabido invertir bien sus bienes, su energía y su vida. La pasión de Jesús se ha convertido en suya: “Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya está junto a ustedes el Reino de Dios’…” y la fraternidad que han aprendido de Él, desde los días aquellos en que gustaba de organizar banquetes con las prostitutas y los pecadores de la peor clase en la Galilea, se ha convertido en su inconfundible estilo de vida: “Coman y beban de lo que tengan…” Esta es la paz que la Iglesia de Jesús puede y debe generar: la de la compasión, la de la comunión de vida, de bienes y de destino con todos los hombres, sin distinción de ninguna clase; la de la solidaridad y la alegría que de ella nace.

 

De manera personal he experimentado que cuanto más confió en Dios y no en las cosas, métodos, personas, dinero,  es más, ni en mí mismo es cuanto tengo más alegría y paz. Haz la prueba y ve al Santísimo y confíale todo al Señor, entrégale tus proyectos y planes, tus ilusiones y fracasos, problemas y preocupaciones y veras que te va a dar su paz como nunca la has experimentado y nadie te la podrá ofrecer.

 

Esta es la oportunidad de oro que hoy nos ofrece la historia. ¿Seremos capaces de aprovecharla, o seguiremos viviendo en nuestros ritualismos y en nuestra superficialidad? La historia y Dios mismo nos juzgarán por la decisión que tomemos.

 

 ¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde