Jueves IV de Pascua (16 de mayo de 2019)

Evangelio según San Juan 13, 16-20

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo:
“Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.

Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”.

 

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En la primera lectura de hoy (Hch 13, 13-25) vemos a Pablo y a sus compañeros que hacen un viaje y llegaron a Perge, donde Juan Marcos los abandona (la tradición lo identifica con el Evangelista San Marcos). Fue en Chipre donde tuvo lugar la conversión del procónsul romano Sergio Paulo. A partir de ese momento se llama a Saulo con el nombre romano de Pablo, que significa un cambio de vida y una misión diferente. Por otra parte, Pablo pasa, de colaborador de Bernabé, a ser el encargado de la misión, convirtiéndose en el verdadero jefe de la expedición. A partir de ahora habla el escritor y evangelista Lucas de “Pablo y Bernabé”. Con este episodio, puede decirse que comienzan los “Hechos de Pablo”. De Perge a Antioquía de Pisidia, situada en el corazón de Turquía, hay unos quinientos kilómetros. Pablo era impetuoso, valiente, decidido, temperamental y todas estas características lo llevan a recorrer a pie, atravesando los montes del Tauro, expuesto a variaciones térmicas y los peligros de salteadores. Quizás se debiera a esto la vuelta a Jerusalén de Juan-Marcos, un joven quien todavía no tiene la experiencia y fortaleza de Pablo en el camino del Señor. Dios nos necesita a cada uno de nosotros no importa que seamos impetuosos como Pablo o débiles y sin experiencia como Marcos, Dios quiere que le sirvamos y le entreguemos nuestra vida para que Él la cambie, la transforme y a través de nuestras fallas y virtudes construyamos su reino, Pablo escribiendo las cartas y Marcos el Evangelio, pero ambos predicando la Palabra de Dios.

 

¿Qué te impide entregarle tu vida a Dios para que la cambie, la transforme y construyas su reino?

 

Pero el interés de Lucas está totalmente concentrado en la Palabra de Dios. Ésta es anunciada en la sinagoga de la ciudad en el marco de una celebración litúrgica. Existe un paralelismo entre el discurso programático de Jesús (cf. Lc 4, 16-20)  y este discurso, asimismo programático, de Pablo. Este último parte, en su argumentación, de las grandes líneas de la historia bíblica y centra su discurso en el rey David, a quien está ligada la promesa del Salvador.

 

La historia de Israel está presentada a grandes rasgos, porque todo en ella debe conducir a aquel que será el cumplimiento de la promesa, anunciado inmediatamente antes de la predicación de un bautismo de penitencia por parte de Juan. Presenta a Jesús como el mejor fruto de la historia de Israel y como el cumplimiento de sus esperanzas. Debemos señalar que la difusión de las comunidades judías en la diáspora, en las distintas regiones del imperio romano, será un terreno ya preparado para recibir el mensaje de los primeros misioneros cristianos. Tiene en común una historia y una promesa. Y tienen también en común una organización que parte para el anuncio de la Buena Nueva.

 

¿Con tu vida (palabras y obras) anuncias el Evangelio?

¿Jesús es el fruto de tu conversión, es decir, piensas, actúas, amas y te amas, tratas a los demás como Jesús lo haría?

 

En el salmo (88) responsorial de hoy, “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor. Aleluya, y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos.” Recuerda que Dios te ama a ti y a mí con un amor eterno (Jr 31, 3). “He encontrado a David, mi servidor, y con mi aceite santo lo he ungido. Lo sostendrá mi mano y le dará mi brazo fortaleza. Contará con mi amor y mi lealtad. El me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva'”.  Dios nos ungió desde nuestro bautismo, nos escogió y nos formó desde el vientre materno (Jr 1,5). Pidámosle que su mano nos sostenga en los momentos difíciles de nuestra vida, nos de fortaleza y sabiduría para hacer su voluntad y resolver nuestros problemas. No pidas paciencia porque si no te va a mandar más pruebas para que crezcas en la paciencia, mejor sabiduría y fortaleza. Roguemos para que nos proteja y nos salve de nuestros enemigos.

En el evangelio de hoy es el fragmento conclusivo del lavatorio de los pies y vuelve sobre el tema del amor, que es un hecho humilde de servicio, entrega y generosidad hasta el extremo. Existe un misterio por comprender que va más allá del hecho concreto, y que la comunidad Cristiana debe acoger y revivir: practicar la Palabra de Jesús y vivir la bienaventuranza del servicio hecho amor recíproco, por eso les dice: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.”  El Señor subraya, en la intimidad de la última cena, que la vida Cristiana no es sólo comprender, sino también practicar; no sólo conocer, sino hacer siguiendo su ejemplo. Toda la acción Cristiana nace del “hacer” que tiene su razón en la disponibilidad para todos los demás. El amor que salva es aceptar, en la fe, la propia aniquilación de uno mismo (egoísmo) y la práctica  significa (donación-amor-generosidad) su ejemplo como regla de vida. Al arrodillarse ante sus discípulos para lavarles los pies, Jesús se entrega a ellos y realiza el gesto de su muerte en la cruz (donación-amor-generosidad extrema de dar la vida). Al humillarse ante ellos, les invita a entrar en la plenitud de su amor y a entregarse recíprocamente. Hoy Jesús nos llama a un comportamiento humilde, “Les aseguro que…Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”.

Santa Catalina de Siena una vez escuchó al Señor decirle: “Tú eres la que no es, y Yo, el que soy”. Y San Pablo nos ha dicho: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Entonces, ¿de qué te jactas?” Creer en Dios es conocer estas verdades (estudia tu fe). Vivirlas es vivir en humildad (Acción). Tomás de Aquino dijo que la humildad es la verdad. Es estar viviendo la verdad más profunda de las cosas: que Dios es Dios y nosotros no. Eso significa confiar más en Él y no en nosotros, que no se nos suba por un cargo que tenemos o las cosas que tenemos, pues no eres más que el Maestro y nada te vas a llevar al otro mundo, solamente lo que regalaste a los demás.  Todo esto suena muy claro cuando se expresa de esta manera, ¡pero sabemos lo difícil que es vivirlo! En nuestro mundo caído por el pecado, olvidamos tan fácilmente que somos criaturas, que hemos sido hechos de la nada. Entonces nuestros egos comienzan a inflarse: “Yo soy. Yo quiero. Yo espero. Yo exijo. Yo mando. Yo necesito. Porque Yo lo digo, etc…”. El ego (YO) se convierte en algo enorme en nuestras vidas, y tiene que ser alimentado y mimado constantemente y nos lleva al vacío, los celos, la soberbia,  perder la paz y sobre todo a Cristo como el centro de nuestras vidas.

Es por ello que el Evangelio de hoy es tan importante ¡Vivirlo! Solo somos mensajeros, ninguno es más grande que el Maestro. Vive tu vida y sirve a los demás  con humildad para que tus obras griten al mundo tu amor por Cristo.

 

¿Hoy qué acciones realizarás para ser humilde con los demás hoy?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 ¡Qué tengan un día lleno de bendiciones de colores!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

  

Padre Enrique García Elizalde

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