Miércoles después de la Epifanía (9 de enero de 2019)

Evangelio según san Marcos 6, 45-52

En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.

Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.

Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo: “¡Ánimo! Soy yo; no teman”. Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.

 

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En la primera lectura de hoy (1 Jn 4, 11-18) san Juan nos revela que “Dios nos ha amado tanto”, que “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.” Dios permanece en nosotros si nos amamos unos a otros y su amor en nosotros es perfecto, pero debemos confesar a Jesús como Salvador del mundo, quien es Hijo de Dios. Dios es amor y nos invita a la perfección, vivir en este mundo en la misma forma que Jesucristo vivió porque “en el amor no hay temor.”

 

Esta semana de la Epifanía continuamos leyendo acerca de las muchas maneras que Jesús nos mostró que Él es Dios y tiene poder sobre todo y todos. Ayer vimos cómo Él alimentó a los cinco mil con unos pocos peces y panes. Después de esta experiencia increíble, Jesús se retira a orar en soledad al monte (lugar de encuentro con Dios). Sí, Jesús deseaba conectarse con Su Padre en oración, estar en comunicación con su Padre. A pesar de que Él era Dios, Jesús vino a hacer la voluntad de su Padre, a quién Él buscó seriamente en la oración. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. La oración nos ayuda a aceptar, a amar y a aceptar la voluntad del Padre, no es para hacer nuestra voluntad o pedirle a Dios que se haga lo que nosotros queremos. La oración debe ser tan esencial para nuestra alma como el aire que respiramos o la comida que comemos. Sin la oración no hay una aceptación de la voluntad de Dios y una vida en paz.

 

“Entrada la noche”, la barca con los discípulos estaba en medio del lago y Jesús “viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.” La noche es el reino de las tinieblas, de la ausencia de la luz, del reinado del mal y los discípulos están en medio del lago (que representa el mundo) luchando contra el viento (dificultades, problemas, tempestad, etc.). En esta escena difícil aparece Jesús después de ser renovado en la oración.  Jesús ve que los apóstoles están siendo sacudidos en el mar por una fuerte tormenta. Interesantemente, lo que dice el Evangelio acerca de Jesús, “y parecía que iba a pasar de largo” caminando sobre el agua. Esto me fascina. A pesar de todas las dificultades y apariencias de la vida, Jesús no pasa de largo ante nuestra necesidad y nuestros problemas. Los discípulos lo vieron caminar sobre las aguas y se asustaron. Esta es otra epifanía: Jesús puede caminar sobre el agua porque tiene un dominio total sobre todas las cosas creadas. Al verlo los discípulos se asustaron y creyeron que habían visto un fantasma. A veces nos asusta que Jesús venga a nosotros para ayudarnos y cambiar nuestra vida.

 

Jesús nos dice, “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”. Estas palabras son tan confortantes para mí y para todos aquellos que estamos en el mundo, en el peligro, luchando contra tantas tempestades. Estamos rodeados de muchas tormentas fuertes en la vida. A veces pensamos que vamos a ser tragados por las olas. Sin embargo el Señor siempre nos está mirando  y nos dice lo mismo, “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”. Jesús siempre está con nosotros y puede calmar la tormenta de nuestra vida porque Él está con nosotros y nunca estamos solos.

 

Meditando estas palabras de Jesús: “¡Ánimo, Soy Yo, no tengan miedo!”, encuentro que mis temores se han calmado. Estos son algunos de los miedos con los que he trabajado en la oración:

1) Rechazo: antes solía preocuparme tanto por lo que la gente pensaba de mí. Ahora que he crecido en mi identidad como un hijo amado de Dios, me doy cuenta de que Dios nunca me rechazará a pesar de mis debilidades. ¿Por qué debería preocuparme que alguien me rechace si el Señor siempre estará conmigo?
2) Soledad: antes solía temer al silencio porque me sentía solo y abandonado. Ahora me doy cuenta de que Dios nunca me dejará solo y siempre me protege. Cada vez que me siento solo, veo que es una invitación de Dios a la oración y la intimidad con Él, quien me ama incondicionalmente.

 

3) Fracaso: antes solía temer el fracaso porque creía recibir mi identidad de lo que hacía. Una vez que aprendí que mi identidad se basa en mi relación con la Santísima Trinidad, no en lo que hago, me di cuenta de que Dios me amará independientemente de mi éxito o fracaso. Dios me ama por lo que soy, no por lo que hago o por lo que tengo.
4) Perder el cielo: antes solía temer no llegar al cielo. Puede haber un temor saludable al infierno, lo que nos hace avanzar hacia Dios. Ahora enfoco mi tiempo y atención en mi relación con Jesús, vivir en su gracia y su amor. Confío en Su asombrosa misericordia porque Él siempre está ahí para mí con los brazos abiertos por eso me esfuerzo en vivir los sacramentos, amar a mi prójimo y vivir en santidad.

 

¿Cuáles son tus miedos? Construye una relación con Jesús a través de la oración y verás como se calman los vientos y las tempestades que hay en tu vida. Permite que las palabras de amor de Jesús se hundan profundamente en tu corazón y queden grabadas en lo más profundo de tu ser: “¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!”.

¿Dedico diariamente suficiente tiempo a la oración para unir mi voluntad con la voluntad de Dios?
¿Qué tormentas de la vida me abruman?
¿Confío en que el Señor está siempre conmigo y vencerá las tempestades?

¡Señor sube a la barca de mi vida, calma los vientos que me quitan la paz y me abruman, dame la fuerza y sabiduría para confiar en Ti y en que con tu gracia todo es posible! Señor enséname a no tener miedo a nada ni a nadie.

 

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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