Jueves XXXI del Tiempo Ordinario.

Evangelio según san Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.

¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”.

 

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Reto Trivia Vida de los Santos del mes de noviembre, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de noviembre la trivia de la vida de los santos del #165 al #194. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

“El que busca al Señor será dichoso” el estribillo del salmo responsorial de la liturgia del día de hoy sintetiza bastante bien el mensaje central del evangelio.

 

Estamos ante el capítulo central del evangelio según san Lucas; en él ha querido  concentrar su autor el mensaje principal de su obra: el Evangelio de la misericordia. Este evangelio nos aproxima lo más posible a la persona histórica de Jesús, que vino a nosotros sobre todo a anunciar y a encarnar el amor misericordioso del Padre.

 

Los dos primeros versículos del pasaje evangélico nos ofrecen el contexto histórico de las tres parábolas contenidas en este capítulo (c. 15). Por un lado, los publicanos y los pecadores, que se acercan y buscan a Jesús “para oírle” (v. 1) –sabemos que Jesús sentía un especial amor por ellos-. Por otro lado, los fariseos y los maestros de la Ley, quienes se sienten justos y no se juntan con los pecadores, ellos murmuraban en contra de Jesús –y también sabemos que Jesús les dirigía amargas palabras y los desafiaba-. El grupo de quienes se sienten “buenos” no fueron capaces de reconocerse como parte del  grupo que se llaman “pecadores”.  La soberbia y dureza de corazón nos llevan a caer en esta trampa también a nosotros. Vemos los pecados y defectos de los demás, pero no queremos ver los propios. Nos justificamos pensando: “Al menos no soy tan malo como ellos”.

 

Las parábolas de la oveja extraviada y la moneda perdida –junto a la parábola del padre misericordioso que Jesús nos presenta como icono de Dios-padre- han de ser interpretadas a la luz del contexto histórico: ambas, por consiguiente, pretenden iluminar, por un lado, la situación de lo que estaba perdido y de quién estaba perdido y, por otro, la alegría del que ha podido encontrar lo que había perdido. En pocas palabras,  lo más importante es el inmenso amor y la infinita misericordia de Dios por nosotros sus hijos.  Nos muestra que Él nos busca cuando nos alejamos y estamos perdidos. Además, que hay una gran fiesta en el cielo cuando volvemos hacia Él  pidiendo el perdón. ¡Imagina a todos los ángeles y santos regocijándose porque estas de regreso en los brazos de Dios!

 

Jesús nos muestra con la parábola del pastor que deja las 99 ovejas para ir en busca de una oveja que está perdida, que somos muy importantes para Él. No descuida a las otras 99, porque normalmente la labor de pastoreo en Israel se hace en grupo para cuidar del rebaño entre todos. Pero podemos apreciar el inmenso amor para dejar a todos los demás, sólo para buscarte a ti. ¿Te das cuenta que tan importante eres para Dios? Dios nos busca a veces a través de los problemas de nuestra vida, alguna enfermedad, en un retiro, en el día a día de nuestra vida, en el pobre, en cada momento de nuestra vida. ¿Te vas a dejar encontrar por Él?

 

Siempre el enemigo, por envidia echa a perder todo lo bueno y no quiere que regresemos al Señor para ser perdonados, porque él sabe que poderosa es la misericordia de Dios.  Nos engaña y nos hace creer que no somos dignos o no merecemos la misericordia de Dios después de lo que hemos hecho.  Él quiere que sintamos vergüenza, culpabilidad, desesperación y miseria en nuestras vidas.   Ataca nuestra verdadera identidad y quiere que creamos que no somos hijos amados de Dios. Sin embargo, Jesús siempre te está esperando con los brazos abiertos para perdonarte. ¡Donde abundó el pecado, la gracia sobreabundó!

 

Yo personalmente lo he experimentado en el Sacramento de la Reconciliación: cuando me confieso y cuando confieso, allí veo palpablemente actuar la gracia de Dios. Las personas que entran al confesionario sintiendo vergüenza y desgracia.

 

Incluso sus cuerpos muestran que están llevando una carga muy pesada.  Pero al recibir la absolución de sus pecados y escuchar que son perdonados, miro su cambio físico y espiritual. Muchos sienten el alivio al soltar esa carga tan pesada y salen llenos de alegría y paz.  “Vengan a mí todos los afligidos y Yo les daré descanso.  Mi yugo es fácil y mi carga es liviana.” (Mateo 11, 28). El Señor se regocija cuando volvemos a Él y nos espera para perdonarnos.  Si has estado alejado de  este Sacramento de la Reconciliación, te sugiero que acudas al Señor, que nos está esperando con los brazos abiertos.

 

¿Vas a hacer esperar al Señor? ¿Qué te impide ir al Señor y entregarle tus pecados?

 

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de noviembre. #172 SAN

 

Son pocos los hombres que tienen el corazón tan grande como para responder a la llamada de Jesucristo e ir a evangelizar hasta los confines de la tierra.  Nuestro santo es uno de esos.  Con razón ha sido llamado: “El gigante de la historia de las misiones” y el Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. El famoso historiador Sir Walter Scott comentó:  “El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna”.

 

Nuestro santo nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el más pequeño de la familia.  A los dieciocho años fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado y tenía como compañero de la pensión al beato Pedro Favre, SJ y conoció a san Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros. Al principio nuestro santo rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”. Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad. Por fin San Ignacio logró que nuestro santo se apartara un tiempo para hacer un retiro especial que el mismo Ignacio había desarrollado basado en su propia lucha por la santidad. Se trata de los “Ejercicios Espirituales”.  Nuestro santo fue guiado por Ignacio en aquellos días de profundo combate espiritual y quedó profundamente transformado por la gracia de Dios.  Comprendió las palabras de Ignacio: “Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos.  Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente.”

 

Llegó a ser uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios en Montmatre, en 1534.  Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso a la total dependencia del Papa.  Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de la Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde nuestro santo colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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