Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (4 de noviembre de 2018)

Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

 

El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.

 

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

 

============================

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de noviembre, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de noviembre la trivia de la vida de los santos del #165 al #194. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

El pasaje evangélico del día de hoy lo hemos leído probablemente más de una vez. El problema, en la época de Jesús, era que los mandamientos se habían ido multiplicando, obviamente por confección humana, y ya no quedaba claro qué era exactamente lo que Dios quería. Había 613 mandamientos, estrictamente obligatorios, que en aquella época constituían el criterio de la fidelidad a Yahvé, por tal motivo, se hacía urgente jerarquizar, saber qué era verdaderamente lo más importante para Dios.

 

Ese es el sentido de la pregunta que el escriba (conocedor de la Ley) de nuestro texto evangélico plantea a Jesús. El representa a cada uno de nosotros al preguntar: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?», lo que desea, ante todo, es indagar sobre aquello que para el Señor es más importante, lo que no podría faltar en la vivencia de la fe de todo creyente, aquello que es necesario para la “salvación eterna”.

 

Jesús contesta de inmediato citando, en primer lugar, un mandamiento consignado en el libro del Deuteronomio:

 

«El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es interesante la manera como Jesús cita el mandamiento: a partir de su introducción. En efecto, el mandamiento, estrictamente, comienza con la proclamación de la unicidad de Dios y la consiguiente obligación de amarle con todas la dimensiones del ser. Pero Jesús ha decidido citarlo desde la introducción, que es una exhortación a la escucha. Para Jesús, todo comienza con esto. El que no escucha, no puede amar. La escucha es el primer gesto del amor; sin ella, todo gesto permanece sin sentido. El estar abierto a la escucha es el preámbulo de la fe, la experiencia que abre a la captación del Misterio y prepara el corazón a su acogida y veneración.

 

Jesús es el Verbo (la Palabra de Dios) encarnado. A diferencia de los falsos dioses de la antigüedad, el Dios de Israel no tiene una imagen que le represente, por lo cual no se le puede ver; ha prohibido se le hagan estatuas del tipo que sea, por lo que no se le puede tocar ni transportar de un lugar a otro, es decir controlar o manipular, además lo prohíbe cuando el pueblo ha caído en la idolatría. Pero es un Dios que habla, que se comunica, sobre todo, a través de los profetas y de la Sagrada Escritura. La Palabra le define y le ubica en el corazón mismo de la historia. Y ante un Dios que se define como Palabra, sólo cabe un tipo de creyente y discípulo: el que se define como oyente –escuchador de la Palabra de Dios.

 

Ahora bien, lo primero que el creyente debe escuchar es precisamente la afirmación revelada de la absoluta unicidad de Dios. Él es el único Señor. Esto significa que el hombre no puede tener en la vida otros criterios rectores, otros principios de acción ni otra norma ética que aquello que se desprende del reconocimiento de Dios como valor absoluto de la existencia. Dios le determina, del mismo modo que le sostiene en el ser y constituye su único futuro. Él lo es todo; lo demás, no es nada.

 

Sin embargo, el Dios de Jesús no desea ser obedecido como un soberano déspota (aunque tendría derecho a exigir una tal obediencia), sino amado, como Creador, Padre y Esposo de cada creyente. En primer lugar, debe ser amado con todo el corazón, que en el mundo bíblico representa el yo íntimo, sede de la inteligencia profunda, con la que se toman las decisiones cruciales de la vida. El corazón no es sólo el lugar de los sentimientos más hondos de la persona, sino el de su verdad más profunda; es el lugar de la identidad y de la autodefinición. Amar a Dios con todo el corazón significa hacer de Él la prioridad única de la existencia, el motor de la propia vida, la búsqueda más incesante y el deber que jerarquiza toda acción del hombre. Dios no desea ser lo más importante, sino lo único verdaderamente importante. Paradójicamente, ello no anula todo otro amor del corazón humano, sino que le da plenitud de sentido, le ubica en perspectiva de realización y autenticidad, y le proyecta de cara al destino último.

 

“Con toda tu alma”¸ traduce la expresión griega ex holes tes psijés sou, en la que “psijé” significa la vida misma, la existencia individual y concreta. Es mucho más que la ética, abarcando todos los dinamismos de la vida. En el fondo está el concepto bíblico hebreo nephesh, que es el resultado de una verdadera tensión dialéctica entre el “polvo” de la tierra, primer elemento que compone al ser humano según Gn 2,7, y su complemento irrenunciable, el neshamá o aliento divino. Recuerde Usted, amable lector, este texto fundamental de la antropología hebrea: «Entonces formó Yahvé Dios al hombre con polvo de la tierra (“hapar min adamá”) e insufló en sus narices un aliento de vida (“neshamá”) y comenzó el hombre a ser un viviente (“nephesh hayyá”)». La vida humana (nephesh hayyá) es fruto de una relación siempre tensional entre la debilidad e impotencia del ser humano (“polvo de la tierra”) y el aliento divino que se le ha comunicado (“neshamá”). No es el hombre sólo una de estas dimensiones, ni sólo polvo (debilidad), ni sólo aliento divino (fuerza), sino las dos en interacción dramática, de modo que la existencia (“nephesh”) es fruto de una lucha permanente, de un esfuerzo irrefrenable de autotrascendencia, de vencimiento de sí, de victoria sobre las pulsiones de muerte que el hombre encuentra en su propio corazón y que puede vencer ayudado por la gracia, representada plásticamente por el aliento divino. Jesús pide que sea esta dinámica existencial la que se viva desde el amor total a Dios, único modo de alcanzar el equilibrio y de desplegar todas las potencialidades del espíritu humano.

 

Con toda tu mente“, “holes tes dianóias”, es decir, la capacidad de pensar, la manera como se capta e interpreta la realidad. De hecho, el cambio de vida que el contacto con Cristo provoca inicia en este ámbito de la persona: su mentalidad. Por eso, ya desde su primera predicación, Jesús había invitado al cambio de mente, para poder acceder al Reino que Dios ha hecho cercano en la persona del Verbo: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios se ha hecho cercano; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Este “conviértanse”, en griego, es “metanoéite”, que literalmente significa “cambien de mentalidad”. No es posible aceptar las categorías revolucionarias del Evangelio sin un cambio radical en la manera de ver la vida. No se puede amar a los enemigos, compartir la mitad de los bienes, confiar de manera absoluta en la Providencia divina, sin un vuelco de ciento ochenta grados en la manera de concebir la existencia humana. Todo comienza con un cambio en la mentalidad, que es invitada a distanciarse de los criterios del mundo, para asumir, gradualmente, los criterios de Dios.

 

Finalmente, el amor de Dios exige la confluencia de “todas las fuerzas” de la persona. En griego es la expresión “holes tes isjíos”, que alude a la capacidad de actuar, a la fuerza con la que el hombre puede incidir en las realidades histórica y cósmica, cambiándolas decisivamente. Es la capacidad transformadora de la realidad que Dios ha dado al ser humano, haciéndole responsable de la creación y del proyecto de la salvación. Todo trabajo humano, toda actividad, aun la más humilde, está en función de esta transformación del mundo en Reinado de Dios y del caos imperante en cosmos regido por la sabiduría del Creador. El hombre es para ello su lugarteniente, verdadero copartícipe en la obra creadora y co-artífice de la belleza del universo.

 

Ahora bien, más que un intento por presentar las distintas dimensiones del hombre, Jesús desea presentar la necesidad de amar a Dios con la totalidad del ser, de manera que puedan ser vencidos los ídolos del mundo en el corazón del hombre. El amor a Dios expresa el reconocimiento de su señorío y lo hace realidad en la vida concreta. Esto es un verdadero desafío para el hombre, dado a confiar en los falsos dioses de la época, que son, prácticamente, los mismos de siempre: el dinero, el poder, el placer, la apariencia. No hay vuelta de hoja: el ser humano no puede vivir sin criterios absolutos que polaricen su existencia. La cuestión está en determinar si esos criterios absolutos los toma del mundo o nacen de su relación con Dios.

 

“El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que estos»…” Jesús sorprende a su interlocutor añadiendo un segundo mandamiento, que parece requisito indispensable para poder vivir el primero. El amor al prójimo forma una unidad indisoluble con el amor a Dios, es su expresión más viva y exacta, criterio de autenticidad y parámetro de medición. De este modo, ya nadie podrá preguntarse si en verdad ama a Dios con todas sus fuerzas o le falta aún algo: bastará con que mida la intensidad con la que ama a sus semejantes, especialmente a los más necesitados. En efecto, para Jesús, el prójimo es, sobre todo, el que está en necesidad. La parábola del buen samaritano lo demuestra sin lugar a dudas. Así, ofrece el Maestro un medio eficaz para superar todo sentimentalismo pseudo-rreligioso que pudiese encerrar al discípulo en un espiritualismo desencarnado y descomprometido. Y como los seres necesitados abundan siempre a nuestro alrededor, no hay tiempo que perder. Todas las potencialidades del propio ser (corazón, alma, mente y fuerza) deben ponerse al servicio del más pequeño, del más pobre y del más sufrido de la historia. Esto abrirá a la experiencia del amor de Dios, independientemente de las prestaciones religiosas, que Jesús no abole, pero que, en el fondo, son irrelevantes.

 

¿Qué hago para cultivar mi relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

¿Verdaderamente amo a Dios y a mi prójimo como debería?

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de noviembre. #168   Papa San

 

Nuestro Santo de hoy era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305. Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran. Fue elegido Sumo Pontífice en el 308 y se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice.

Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución. Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un presbítero o párroco. Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia.

El Papa apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que aquellos que deseaban volver a la Iglesia tenían que hacer algunas penitencias por haber renegado de la fe durante la persecución.

Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos promovieron tumultos contra él, e incluso lo acusaron ante el Emperador Majencio quien abusando de su poder, que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, expulsó al Pontífice de Roma.

Según el “Libro Pontifical”,  se hospedó en la casa de una laica muy piadosa de nombre Marcela, y desde ahí, siguió dirigiendo a los cristianos. Al enterarse el Emperador, obligó al Pontífice a relalizar trabajos forzosos en las caballerías y pesebres imperiales que fueron trasladados a esa zona.

El Papa falleció en el año 309.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s