DOMINGO XXX Tiempo Ordinario – CICLO B

Evangelio según san Marcos 10:46-52

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.

 

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 Bartimeo

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de octubre, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de octubre la trivia de la vida de los santos del #134 al #164. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

Gracias por sus oraciones por nuestro retiro del fin de semana “¿Qué quieres que haga por ti?” (Mc 10, 51) de este fin de semana pasado. Los participantes salieron llenos de la Fuerza del Espíritu Santo, fortalecidos en su relación con Dios y con deseos de ser auténticos discípulos misioneros del Señor. Vamos a ofrecer otros retiros para que puedan asistir e invitar a otros.

 

El pasaje evangélico de este domingo nos permite ver y comprender cómo el seguimiento auténtico es un don del mismo Jesús a sus discípulos.

 

“…al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna…” Los doce acompañan a Jesús y lo siguen en el camino, pero ellos van en un camino  equivocado del poder al buscar los puestos a la izquierda y a la derecha (de egoísmo mesiánico, de triunfo inmediato y de imposición del “reino” sobre los enemigos). Frente a ellos, presenta el Evangelista Marcos a un auténtico discípulo: un ciego (Bartimeo) que ha visto a Jesús como mesías de la misericordia y quiere alcanzar la vista para seguirlo por el camino de la entrega. El texto es una clara catequesis del auténtico discipulado, en oposición a la actitud de los dos discípulos del pasaje precedente.

 

Jericó no es la meta definitiva pero tienen que pasar por ahí, está en el camino: “al salir de Jericó”. Estamos llegando al final del camino a Jerusalén. Antes había sido la curación de un ciego (Mc 8, 22-26). Aquel ciego era figura del discípulo. Entonces se nos dijo que Jesús tuvo que imponerle las manos dos veces; tras la primera sólo veía confusamente (“Veo a los hombres como árboles que caminan…”). No es fácil dar la vista nítida al discípulo. Esto se hace patente a lo largo de los tres anuncios de la pasión, en los que los discípulos no sólo no comprenden la misión sacrificial del Hijo del Hombre, sino que la rechazan vigorosamente.

 

También ahora, el último episodio antes de entrar en Jerusalén, nos habla de un ciego, símbolo de la ceguera del discípulo. Jericó era considerada una ciudad de confort por el clima (un oasis fertilísimo) y por la situación política.

 

En la mente de Marcos es la ciudad de lo mundano, del disfrute de la vida; el último reducto antes de llegar a Jerusalén. Según el relato de Marcos, Jesús no se detiene en ella: “llegan a Jericó…Y cuando salían de Jericó”. Jesús, que va hablando del seguimiento y de la renuncia, no se detiene en la ciudad del bienestar. Les quiere enseñar que la comodidad obstruye el verdadero seguimiento del discípulo misionero.

 

Jesús va acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. En estas circunstancias, aparece un ciego, del que no se nos ofrece el nombre propio, sino el de su padre: es el hijo de Timeo (en arameo, bartimeo). Posiblemente, el nombre patronímico arameo remita a la tradición histórica y no haya que buscar ningún simbolismo en él. Pero, dado que se trata de un personaje que no vuelve a aparecer en todo el Nuevo Testamento, ni en la tradición del cristianismo primitivo, puede tratarse de un nombre simbólico, creado por el mismo evangelista. En este caso, el nombre significaría: “hijo de lo impuro”.

 

Si “Bartimeo” es “el hijo de lo impuro”, su situación de ceguera puede ser resultado de la opresión en la que el código de la pureza mantiene a la generalidad de la población. Este código, que se había logrado imponer frente al de la misericordia (que impulsaron sin éxito algunos profetas) sostenía que los pecadores (que eran la mayoría de los pobladores de Israel) permanecían alejados de Dios por la impureza del pecado, y que la única manera de ser perdonados era someterse a una serie de ritos purificatorios (por supuesto, gestionada por la clase sacerdotal, que de ello obtenía sus ganancias) que había que renovar constantemente, pues constante era la transgresión de los mandamientos divinos.

 

Para Marcos, creer semejante aberración constituye la más honda de las cegueras, pues, simplemente, hace perder de vista por completo el rostro amoroso de Dios; a través de su único hijo: Jesús (Dios salva), que es siempre salvación para los pobres; su misericordia, que le lleva siempre a perdonar al pecador arrepentido del cual espera la conversión.

 

Bartimeo es símbolo de todo hombre que vive en el desconocimiento del verdadero Dios, el del amor, y por ello permanece en las tinieblas. Marginado del ritmo de la vida (“permanecía sentado al borde del camino”), se ve obligado a depender de los demás para garantizar su subsistencia (“pidiendo limosna”). Como símbolo de la incomprensión de los discípulos, la ceguera de Bartimeo es expresión de la resistencia a aceptar el camino de la entrega, que pasa por el sufrimiento y por la muerte, como camino de la vida, de la liberación y del encuentro pleno con Dios. Aterrado ante la posibilidad de su propio fracaso, el discípulo permanece “al borde del camino”, en lugar de hacerlo suyo, obedeciendo la invitación del Maestro: “el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34). No puede, por esto mismo, ver las necesidades de los otros como prioridad en su vida, obsesionado como está por sus propias necesidades, a cuya satisfacción dedica toda su actividad (“pidiendo limosna”).

 

Las dos son caras de una misma moneda: la pobreza desesperada del que vive sin Dios, que es lo mismo que vivir sin sentido, sin amor, sin horizonte, sin esperanzas, y, por ello, incapaz de ser sensible ante la pobreza de otros. Veamos ahora lo que el evangelio sugiere en estas circunstancias, que son, de entrada, comunes a todos los hombres.

 

“Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”…” Al oír… Todo comienza siempre de la misma manera. Oímos a otros hablar de Jesús, nunca llegamos a Él directamente, y lo que los otros nos dicen puede, o bien dejarnos indiferentes, o bien suscitar en nosotros la esperanza. ¿De qué depende una u otra reacción? En el fondo, es un misterio. Según la tradición católica, la propia inclinación al pecado (la concupiscencia) puede “ensordecer” el alma, en tanto que la inclina permanentemente hacia el placer, de modo que la palabra escuchada se quede sólo en el nivel más exterior de la persona. No se está dispuesto a cambiar, lo cual suele ser displacentero, por lo que Jesús no tiene ninguna oportunidad con nosotros. Por increíble que parezca, estamos apegados al mal, y no queremos saber de nada ni de nadie que pudiese atentar contra nuestro apego y egocentrismo. Porque el mal, aun conocido como tal, provoca siempre un determinado placer en el pecador.

 

Sin embargo, siempre existe la otra posibilidad, porque incluso los más grandes pecadores conservan un umbral de libertad desde el cual es posible atreverse a considerar la posibilidad de un cambio de vida. No sé qué resulte más misterioso, si el apego de quienes se resisten al cambio, aun teniendo a Cristo delante, o la inesperada apertura a la gracia de quienes vivían apegados al pecado.

 

El caso es que oír lo que otros nos dicen de Cristo puede, aunque no siempre, de hecho, lo consiga, movernos hacia Él, despertar una poderosa atracción, hasta entonces desconocida, inquietarnos como nadie lo había hecho… Si eso sucede, nada podrá evitar que quedemos atrapados en las redes de su amor, como nada impide que el díptero se mueva hacia la luz una vez que la descubre.

 

Eso es precisamente lo que sucede a Bartimeo: comenzó a gritar el nombre de Jesús. Quizás no haya una oración más bella que esta, la de solo gritar su nombre: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Es interesante el título. No lo llama: “Hijo de Dios”, “salvador del mundo”, “mesías esperado”, sino “hijo de David”, lo que acentúa una de las dos naturalezas, la humana. Es desde allí, desde la carne compartida (Encarnación) que puede comprender a ese hombre que está a la orilla del camino. La esperanza surge al contemplar la libertad plena en una naturaleza igual a la nuestra. No sabemos lo que los hombres le habían dicho sobre Jesús, pero una cosa le ha quedado clara al ciego de nuestro relato: ese es uno como él, vinculado a la raza por su distinguido antepasado y, al mismo tiempo, es totalmente distinto a él. Bartimeo se sabe ciego, pero intuye que Jesús es la luz misma; se sabe postrado a la orilla del camino, pero hay uno, tan hombre como él, que es “el camino, la verdad y la vida”; su vida, hasta ahora atrapada en un callejón sin salida, se muestra cargada de posibilidades, con las que nunca había siquiera soñado, con tan sólo haber oído hablar de Él. Descubre a Cristo, a la vez semejante y totalmente distinto, como el único puente que podría hacerle llegar al extremo opuesto del lugar que hasta ahora ha ocupado en el universo: el de la obscuridad. Por primera vez en su vida, ve como posible la experiencia de la luz. Y no está dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Por eso grita sin importarle que los otros lo quieran callar.

 

¡Qué bien ha sabido Bartimeo llamar a la puerta de la compasión! ¿Qué hay que mueva con mayor fuerza el corazón de Dios que su infinita compasión por nosotros? ¿No es eso lo que imploramos al inicio de cada celebración eucarística: “Kyrie eléison”, “Señor, ten piedad de nosotros”? ¿No es esa compasión suya lo único que necesitamos para salir de todas nuestras esclavitudes y sanar todos nuestros dolores? Fíjense cómo la salvación no depende de obra alguna, Bartimeo no tiene méritos; es su sola miseria, puesta al descubierto, lo que pone en movimiento la obra salvífica de Dios. Quizás su único mérito sea no haber olvidado cómo gritar y no importarle lo que los otros piensan de él, sino únicamente buscar llamar la atención de Jesús.

 

“Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”…” “Jesús se detuvo…” Jesús no puede seguir de largo cuando hay un hombre gritando su nombre. Hay una fuerza más poderosa que cualquier otra cosa, que ejerce auténtico poder sobre el mismísimo hijo de Dios: la fuerza de un corazón que grita compasión. ¡Ah, si los hombres fuéramos siempre conscientes de este enorme poder que nuestra oración tiene sobre la divinidad! No haríamos más que gritar al cielo y confiar, gritar y esperar, gritar y sabernos ya atendidos por Dios y que hemos comenzando a sanar.

 

“Maestro, que pueda ver”. Dado que la ceguera era símbolo de la incapacidad para descubrir en el camino de la entrega el de la verdadera liberación, la petición: “que pueda ver”, significa: “Haz, Señor, que comprenda cómo el amor gratuito, generoso, hasta el sacrificio, puede ser para mí y para los otros el camino de la verdadera libertad”.

 

Cada vez que sintamos incomodos ante el sacrificio, la renuncia a nosotros mismos, ante el perdonar a nuestro enemigo, no olvidemos hacer la petición de Bartimeo: “Maestro, que pueda ver” porque la comodidad y le mediocridad me han segado. Recordemos que debemos morir, como el grano de trigo, para dar fruto. Pidamos de la mano del ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver”. Ante cualquier situación difícil debemos suplicar “Maestro, que pueda ver” y que todo suceda para el bien de los que te aman (Cfr. Rm 8, 28).

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de octubre. #161 Santa

Nuestra Santa  de la trivia del día de hoy, vivió en la ciudad que hoy es Bremen. Es la primera mujer habitante de la ciudad conocida por su nombre.

Ella vivió a principios del siglo XI y nació en la familia Immedinger. Los Immedingers eran la nobleza sajona descendiente del legendario rey Widuking, que luchó contra Charlemange.

El padre de ella era un conde y su hermano un obispo (Meinwerk de Paderborn). Ella se casó con Liudger, el hijo de un duque sajón. Su matrimonio resultó en un hijo, un niño llamado Imad. Se convertiría en obispo de Paderborn en 1051.

Se dice que ella tenía un temperamento violento cuando era joven. Su esposo visitó Rusia en 1011, cayó enfermo y murió. Tras esta tragedia, ella se refugió en la fe. Su temperamento se volvió suave. Ella fue una gran benefactora de iglesias, estableciendo muchas parroquias pequeñas. Su preocupación por los pobres era legendaria.

Después de su muerte, fue enterrada en una tumba en la catedral de Bremen. Años más tardes su tumba fue abierta y su cuerpo se había convertido en polvo excepto su mano derecha, con la cual solía dar regalos. Su mano intacta fue enviada a la abadía de St. Ludger en Werden.

Fue venerada como una santa después de su muerte. Tiene dos días festivos conocidos, el 3 de diciembre, que es la fecha registrada de su muerte en 1038 y el 19 de abril.

Si tienes un mal carácter pídele a nuestra santa del día para que interceda por ti ante Dios y transforme tu carácter en suave y amable.

¿Tal vez necesitas pedirle a ella por alguien que tenga mal carácter?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

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