29º DOMINGO ORDINARIO – CICLO B

Mc 10, 35-45

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?” Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado”.

Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

 

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Reto Trivia Vida de los Santos del mes de octubre, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de octubre la trivia de la vida de los santos del #134 al #164. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

Jesús acaba de anunciar, por tercera ocasión, el trágico destino que le aguarda en Jerusalén, a donde se dirige con sus discípulos. El contraste entre los hijos del Zebedeo y el Maestro no podría ser mayor: mientras Él habla de su próxima pasión y muerte, ellos sólo piensan en categorías de poder. No sólo no han escuchado las palabras de Jesús sobre el rechazo del que será objeto por parte de las autoridades judías, sino que no han entendido nada sobre el servicio y entrega, para construir el Reino.

 

Santiago y Juan llaman a Jesús “Maestro”, como si lo que van a pedirle estuviera en consonancia con lo que han aprendido de Él. Pero es exactamente lo contrario. De este modo, el título no sólo no significa lo que anuncia (Él no es, en realidad, su maestro, pues no ha logrado enseñarles el camino de la vida) sino que aparece claramente como una burla, un contrasentido. Es como si quisieran adularlo primero, para pedirle lo que ansían después. La petición formulada por ellos deja ver que para ellos el viaje a Jerusalén dará inicio al reino mesiánico que encabezará Jesús y desean asegurar su posición en la nueva realidad política.

 

Una vez más, los discípulos nos representan a todos. También nosotros pensamos exactamente al revés de como piensa Jesús. Y también a nosotros nos incomoda su molesta insistencia en el tema de la pequeñez, el anonadamiento y la muerte.

 

“«Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»…” A la derecha y a la izquierda del rey se sentaban sus dignatarios más importantes, los que gozaban del mayor honor en la corte. Los discípulos desean los primeros puestos en el reino que se imaginan ya próximo, pero no quieren llegar a ellos por el camino que Jesús les ha propuesto: “Si alguno quiere llegar a ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). Ellos quieren ser los primeros pero sin hacerse últimos ni servir a nadie.

 

Utilizan el verbo “sentarse”, que denota un estado definitivo, pero no quieren saber nada del esfuerzo o de actividad alguna para lograrlo. No se ofrecen para colaborar en la obra del Mesías; sólo desean participar de su gloria. Para ellos, solo esa gloria, la humana, interesa. Su ceguera, fruto de su apego al poder y de su pánico al sufrimiento y al fracaso humano, les lleva a intentar manipular al Maestro. Utilizan la palabra “gloria” despojándola de su auténtico significado: en la Biblia la gloria de Dios es la salvación de los hombres. Para Santiago y Juan, la gloria es su propio encumbramiento sociopolítico, independientemente de lo que eso pudiese significar para el resto de los hombres. Han hecho de la gloria, término santo por excelencia, un ámbito demoníaco y perverso (el poder por el poder).

 

Eso hacemos nosotros cada vez que se nos olvida servir a los demás y nos concentramos únicamente en salvaguardar nuestros privilegios personales.

 

“Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?»…” De entrada, Jesús descarta la maldad de sus corazones. Los discípulos no saben lo que piden, como no saben con quién están hablando. Los confronta, no ya con la perversidad de la meta que anhelan, sino con la dimensión más ardua del camino del seguimiento: “beber la copa” y “bautizarse en el bautismo de Jesús”. Ellos siguen atrapados por las categorías del pasado, pero Jesús les presenta frente a los ojos un futuro de inusitada libertad.

 

Pueden resultarnos extrañas las imágenes con las que el Maestro alude a su propio sufrimiento. La primera, “beber la copa”, procede del lenguaje apocalíptico de los profetas, sobre todo a partir del destierro en Babilonia. Para Isaías, por ejemplo, la copa que ha bebido Israel en el destierro es la de la ira de Yahvé, justo castigo por las infidelidades del pueblo: “¡Despierta, despierta! ¡Levántate, Jerusalén! Tú, que has bebido de mano de Yahvé la copa de su ira. El cáliz del vértigo has bebido hasta vaciarlo.” (Is 51,17).

 

Pero Dios se arrepiente y decide librar a su pueblo de ese trago amargo, quitándole para siempre el cáliz del dolor: “Así dice tu Señor Yahvé, tu Dios, defensor de tu pueblo. Mira que yo te quito de la mano la copa del vértigo, el cáliz de mi ira; ya no tendrás que seguir bebiéndolo.” (Is 51, 22).

 

Jesús ve ahora cernirse sobre Él el amargo cáliz y está dispuesto a beberlo por todos. Sus discípulos, si en verdad desean participar no solo en su gloria sino, sobre todo, en su obra a favor de la humanidad, deberán asumir este costo como algo irrenunciable. Beber la copa es algo que uno decide hacer, es un acto libre y determina la propia identidad y misión.

 

La imagen del bautismo, literalmente “ser sumergido en las aguas”, evoca el mismo sufrimiento, pero esta vez en dimensión pasiva (uno es sumergido en las aguas – símbolo del dolor y de la muerte – por otro, en este caso, por el Padre, por quien Jesús se deja conducir a donde sea, incluso a la muerte).

 

Estas dos imágenes, de este modo, caracterizan, por un lado, la pasión del Mesías, tanto como fruto de su elección personal (beber la copa), como, a la vez, la consecuencia última de dicha elección, que es obedecer al Padre, cueste lo que cueste (ser sumergido por las aguas). Por otro lado, son la dinámica constitutiva de la espiritualidad del auténtico discípulo, que debe hacer aprendizaje de la obediencia a los designios del Padre, empezando por escuchar al Hijo, tal como se les había indicado a estos mismos discípulos, junto con Pedro, en la escena de la transfiguración, cuando la misteriosa nube había dicho: “Este es mi hijo amado. Escúchenlo.” (Mc 9,7). Esta dinámica obediencial le conducirá, gradualmente, a integrar como proyecto de vida la entrega total y definitiva por la liberación de los hombres, asumiendo el dolor y hasta la muerte que pudiesen desprenderse como consecuencias anejas a dicho proyecto (beber la copa).

 

Jesús, así, invita a los discípulos, los de entonces y los de siempre, a compartir su destino, proponiendo su muerte en la cruz como modelo que deben apropiarse en las circunstancias concretas que determine el Padre. Esto no significa, obviamente, que cada seguidor deba morir cruentamente, sino que todos deben asumir la entrega total al proyecto del reino de Dios, que es la salvación de los hombres (la gloria), sin echarse atrás ante las dificultades que encontrarán en su camino, dispuestos a todo, incluso a dar la vida.

 

“Ellos le dijeron: «Sí, podemos.»…” La inmediata respuesta de Santiago y Juan habla de su irreflexión. No sólo no comprenden el camino que se les propone, sino que responden desde la arrogancia más que desde la fe. Jesús ha cuestionado su capacidad para sufrir por los demás, y ellos no se han detenido ni un momento a considerar siquiera su disposición a emprender ese camino, el único que conduce a la gloria.

 

¿No es, acaso, esa misma postura irreflexiva la que refleja el cristianismo de nuestra época? ¿No son demasiados los padres de familia que llevan a bautizar a sus hijos sin parar en la implicación de muerte que el bautismo representa para todos los hijos de la Iglesia? ¿Serán ejemplo de servicio y entrega para sus hijos? ¿Estás dispuestos a que como familia sigan a Jesús hasta a aprender a autoinmolarse, en el altar cotidiano del amor perfecto, gratuito, profético, sobre todo a favor de los más pobres y necesitados del mundo? ¿Habrá suficiente conciencia de ello en la petición de los sacramentos de la iniciación cristiana en la sociedad superficial de nuestros días?

 

Y cada vez que vamos a Misa y nos atrevemos a comulgar, ¿somos conscientes de que estamos llamados a hacer nuestro el cuerpo del Crucificado, crucificando nuestro ego en aras del evangelio? ¿Estamos dispuestos a aniquilar todos nuestros ídolos (poder, placer, dinero, sexo, alcohol, chisme, etc.)  en el seno de nuestro propio corazón?

 

Los Zebedeos han respondido a la ligera, sin comprender el verdadero alcance de las palabras de Jesús. Son, por ello mismo, emblema perfecto de la Iglesia que hoy somos nosotros.

 

“Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.»…” Jesús responde a sus torpes discípulos, anunciándoles proféticamente la suerte que les espera. En efecto, ellos beberán la copa y serán sumergidos en el bautismo de la cruz. El Maestro no les está adivinando el futuro (Él no era ningún tipo de adivino), sino haciendo un voto de confianza en la victoria que la gracia logrará, finalmente, en sus corazones. Aunque ahora son ciegos y reacios a todo sufrimiento, cuando Él haya completado su obra, y, sobre todo, cuando, fruto de la misma, les haya hecho donación de su Espíritu, entonces sí que lo comprenderán todo y serán capaces de hacer las mismas obras que él hace “y aun mayores”.

 

Pero sentarse a su lado es algo que sólo el Padre concederá. No es que Jesús los esté descartando, de entrada, de ocupar una tal cercanía respecto a su persona en la gloria, sino que desea liberarlos de esa obsesión, recordándoles que el sentido final de la historia sólo el Padre lo conoce, y sólo Él puede retribuir a cada uno según sus obras y según su fidelidad al evangelio. No se puede garantizar nada desde ahora. La etapa penúltima –la historia- es la de la prueba, y a cada uno debe preocuparle una sola cosa: escuchar atentamente al Hijo y seguirlo a donde Él vaya. De la etapa última –la metahistoria- se encargará el Padre.

 

Pero una cosa debe quedar clara: esos puestos “de privilegio” en la gloria, no son fruto de la arbitrariedad del Padre, sino la exacta consecuencia de una vida de fidelidad en el amor, de entrega generosa y total, al servicio de los hermanos. Una vez más, lo que parecía una puerta que se cerraba, es, más bien, una puerta que queda abierta, no sólo para estos dos advenedizos, sino para todos los que deseen seguir a Jesús tomándose en serio sus exigencias más radicales.

 
Reto Trivia Vida de los Santos del mes de octubre. #154

Nuestro santo de la trivia del dia de hoy nació en 1504 en Bosco, en la diócesis de Tortona. En 1556, fue elegido obispo de Nepi y Sutri y al año siguiente, fue nombrado, Inquisidor General y Cardenal. Fue elegido Papa (1565) y llevo a cabo el Concilio de Trento. En 1568 se publicó un nuevo Breviario, en el cual se omitía las fiestas y extravagantes leyendas de algunos santos y se daba a las lecciones de la Sagrada Escritura su verdadero lugar. Además, se terminó el catecismo que el Concilio de Trento había mandado a redactar y el Pontífice mandó a traducirlo en diferentes lenguas.

El éxito del Papa se debió en gran parte, a la veneración que el pueblo le profesaba por su santidad; su oración era fervorosa y frecuentemente visitaba a los hospitales y asistía personalmente a los enfermos. Sin embargo, durante su pontificado, el Papa tuvo que enfrentar dos grandes amenazas: la difusión del protestantismo y las invasiones de los turcos, frente a lo cual trabajó incansablemente. En 1572, el Papa sufrió el violento ataque de una dolorosa enfermedad que le produjo la muerte el 1 de mayo del mismo año, a los 68 años de edad.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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