DOMINGO XXIV. Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Evangelio según san Marcos: 8, 27-35

 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pobla­dos de Cesárea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que al­guno de los profetas”. Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus dis­cípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perde­rá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

 

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 Reto Trivia Vida de los Santos del mes de septiembre, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de septiembre la trivia de la vida de los santos del #104 al #133. A las personas que envíen sus respuestas en este mes de septiembre dedicado a la Biblia, les enviaré una Biblia Gratis. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

  

El evangelio de este domingo corresponde exactamente a la parte central del Evangelio de Marcos, y lo de “central” aplica en todos los sentidos: extensión y en la dinámica existencial del discipulado. En efecto, los discípulos han hecho ya un significativo recorrido con su Maestro: le han escuchado predicar el Reino de Dios, le han visto hacer señales prodigiosas, que son indicadoras de la llegada efectiva de dicho Reino, le han acompañado en sus disputas y discusiones con los escribas y fariseos, se han recostado con Él- y con toda la multitud que Él suele invitar- para comer, le han asistido en las reuniones multitudinarias y han captado la fascinación de la gente por su enigmática personalidad.

 

Jesús los invita a tomar una postura diferente de la de la “gente” ante Él, los cuestiona personalmente, “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, los lleva al  diálogo en el que ellos se encuentran comprometidos y han de asumir la responsabilidad de lo que dicen. Provoca en ellos una auténtica profesión de fe: “Tú eres el Mesías”.

 

Ese momento en el camino de la fe debe alcanzarnos a todos: Seguir a Jesús a lo largo de nuestra vida, tener un dialogo personal: “¿Quién es Jesús para mí?” No qué dice la gente, qué piensan los demás, sino qué pienso yo. Es la invitación personal y comprometedora. Y aquí no caben las respuestas del catecismo, aprendidas y a veces superficiales que no transforman nuestra vida. ¿Jesús es realmente mi Señor? ¿Él rige, como tal, mis decisiones y mis actos? ¿Es el dueño de mi persona y de mis cosas, de mi tiempo y de mis gustos? ¿Es el criterio último y definitivo de mis decisiones éticas?

 

No pensemos demasiado rápidamente que tenemos una respuesta clara a esta pregunta. Es muy posible que la mayoría de nosotros vea a Jesús como un gran personaje de la historia, como “alguno de los profetas”, pero Cristo quiere más. Para saber quién es Jesús para cada quien basta con hacer un breve análisis de nuestra manera de vivir. Si no hemos llegado aún al “absurdo” de amar a nuestros enemigos, de devolverles un bien por cada mal que nos hagan, de ofrecerles la otra mejilla cuando nos golpean la primera, de soltarles nuestros bienes por los que nos entablan querella, podemos estar seguros de una cosa: Cristo no es el Señor para nosotros, no es nuestro Dios ni nuestro guía y nuestro cristianismo es una careta que nos ponemos y lo hemos convertido en una farsa.

 

Nuestra vida religiosa nos debe llevar de  conocer íntimamente al Señor, en el sentido fuerte que el término “conocer” tiene en la Biblia: honda experiencia que desborda lo meramente intelectual para transformar la totalidad de la existencia misma, tener una  experiencia de intimidad con Cristo que nos lleve a: vivir nuestra vida como Él la vivió, ver al mundo como Él lo ve y amar a los demás como los ama Él.

 

“…Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie…” Pedro toma la palabra y responde por todos, por los discípulos de entonces, y por los de hoy. Y parece que su respuesta es correcta. Jesús es el Mesías, el esperado de todos los tiempos, el prometido por los profetas, aquél por quien ardían los corazones de los israelitas cada vez que celebraban la Pascua, con los ojos puestos en esa pascua futura en la que el Enviado del Señor los haría pasar de manera definitiva de las esclavitudes de la vida presente a la libertad plena prometida por Yahvé a los justos. Para Pedro, todo ese pasado de espera y de humilde sufrimiento con la confianza puesta en la acción futura de Dios, cobra ahora sentido en la persona de Jesús de Nazaret; Él da sentido a nuestro pasado. Jesús no será el Mesías tal y como se lo han imaginado los judíos: el vengador nacionalista que terminará por vencer a los enemigos de Israel y por instaurar, a punta de espada, el Reino de Dios. Por ello, les ordena que guarden silencio. Todavía tienen los discípulos que hacer aprendizaje del tipo de mesianismo que Jesús está dispuesto a encarnar, el mesianismo incomprensible y repugnante de la cruz, del sufrimiento por amor, de la entrega por la salvación de los enemigos. Por eso,

 

“…se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día…” Esta expresión “era necesario” tiene valor teológico en el evangelio de Marcos; hace alusión a la voluntad de Dios, único motor que rige la historia de la salvación y la vida de Jesús, su mesías. Por difícil que resulte para los seguidores del Maestro, el sufrimiento va apareciendo con toda claridad en el horizonte de su vida y ellos no pueden comprender por qué tiene que ser así. La misma perplejidad del primer grupo de seguidores de Cristo es nuestra hoy: ¿Cómo puede el amor fracasado salvar al mundo? Porque la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad, y, su sabiduría, en la necedad.

 

“…Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo…” Pedro ha perdido piso, ya no puede seguir a su Señor; la perspectiva del sufrimiento ha cegado su visión y nublado su entendimiento. Está confundido, enojado. Todo parece indicar que el Maestro ha empezado a perder el juicio y alguien tiene que hacerle entrar en razón. Para eso está él allí, para aclararle al Maestro cómo deben ser las cosas. ¡Ay, cómo me parezco a Pedro! ¡Yo  muchas veces me identifico con Pedro y toda mi vida he intentado hacer que Jesús camine por mis tortuosos senderos, en vez de decidirme de una vez a irme yo por el suyo! Es la perspectiva del sufrimiento lo que parece insoportable a Pedro. Jesús no viene a explicar el sufrimiento, sino a revelar que todo sufrimiento puede convertirse en ofrenda, en fuente de vida, y que ni siquiera la muerte física puede poner freno al plan de Dios. ¿Entiendo que a través de las pruebas, caídas y sufrimiento Dios está más cerca de mí y yo le puedo ofrecer lo mejor de mí?

 

“…Jesús se volvió, y mirando a sus dis­cípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”… En el texto original griego lo que Jesús ordena a Pedro es: “ponte detrás de mí” (“hypague opiso mou”). Ese es para siempre tu lugar, Pedro, por más que te encante llevar la delantera a todos, incluyendo al Maestro: detrás, y no delante. Porque delante, sólo puedes ser un estorbo (“Satanás”, significa aquí precisamente eso: estorbo, tropiezo). Ser discípulo significa ir siempre detrás del Maestro, aun cuando el camino parezca cada vez más difícil y el Maestro cada vez más “equivocado”. Él traza el rumbo, no nosotros. Aquí se requiere la obediencia, en el más duro sentido de “negación de la propia razón”, en el abandono de la propia voluntad para dejarse mover por la voluntad del Señor. A veces nos convertimos en estorbos de Dios y hasta le queremos dar órdenes de lo que tiene que hacer, un ejemplo es cuando oramos a veces no pedimos sino exigimos, no dejamos que haga su voluntad sino la nuestra. En mi experiencia como sacerdote de casi 18 años he conocido mucha gente en la Iglesia que se siente a veces más que Cristo, Él vino a servir y ellos ni siquiera se acomiden a hacer las cosas o a ayudar, Jesús nos habla de ocupar los últimos puestos y ellos buscan cargos, títulos, o sentirse los primeros y que los admiren y vean todos los demás.

 

¿Buscas seguir a Jesús o eres un estorbo en su misión?

 

Ciertamente, seguir a Jesús en el camino de la pasión es confesar la fe en Jesús como Mesías.

 

“…Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perde­rá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”…” Y esta es siempre una oferta de libertad: “el que quiera”. Jesús no obliga a nadie. Si alguien quiere estar verdaderamente con Él, que tome la cruz  y que no lo pierda como centro de su propia vida, no privarse nunca de su palabra (la única que es “de vida eterna”) y de su amor, único refugio verdadero ante las angustias más variadas de la existencia humana, deberá, pues, seguirlo por este camino. Para ello será necesario hacer tres cosas: negarse a uno mismo, cargar con la propia cruz, y seguirle a él.

 

El primer paso, en realidad, es el más difícil; los otros dos, son mera consecuencia. Negarse a uno mismo implica una lucha abierta contra el propio ego, único verdadero obstáculo para el crecimiento espiritual. Lo que nos impide vivir las elevadas exigencias de la caridad es el ego, acostumbrado a servirse de los otros, más que a servirlos, a hacer prevalecer sus intereses a toda costa, a evitar cualquier incomodidad o sufrimiento, por pequeños que sean. El ego es el ídolo que se yergue en el altar de nuestro corazón desplazando a Dios, el ego desfigura el rostro del hermano y nos hace verlo como rival; el ego es avaricioso insaciable, por lo que rechaza con violencia las invitaciones de Cristo a la renuncia, a la comunión de vida y de bienes, a la solidaridad. Por un lado, es cierto que el ego es invencible a nuestras solas fuerzas, y que requerimos de la gracia en esta batalla; pero, por otro lado, de todos modos el Señor quiere que empeñemos toda nuestra energía en derrotar al ídolo, aunque sea él quien le dé realmente el tiro de gracia.

 

¿Estás dispuesto a negarte a ti mismo, cargar con tu propia cruz, y a seguir a Cristo en su pasión hasta la muerte para que puedas resucitar

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de septiembre. #119

El Santo de la trivia del día de hoy es el patrón de Nápoles, es famoso por el milagro que generalmente ocurre cada año desde hace siglos, el día de su fiesta, el 19 de septiembre. Su sangre, se licua ante la presencia de todos los testigos que deseen asistir.

Durante la persecución de Diocleciano, fueron detenidos en Pozzuoli, por orden del gobernador de Campania, Sosso, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio. El delito era haber públicamente confesado su fe.

Cuando nuestro santo tuvo noticias de que su amigo Sosso y sus compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas y los carceleros dieron cuenta a sus superiores de que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que le aprehendieran y lo llevaran a su presencia.  El santo de la trivia del día de hoy que fue obispo, Festo, su diácono y Desiderio, un lector de su iglesia, fueron detenidos dos días más tarde y conducidos a Nola, donde se hallaba el gobernador.

Los tres soportaron con entereza los interrogatorios y las torturas a que fueron sometidos. Poco tiempo después el gobernador se trasladó a Pozzuoli y los tres confesores, cargados con pesadas cadenas, fueron forzados a caminar delante de su carro.   En Pozzuoli fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban sus cuatro amigos. Estos últimos habían sido echados a las fieras un día antes de la llegada de nuestro  santo de la trivia y sus dos compañeros, pero las bestias no los atacaron. Condenaron entonces a todo el grupo a ser echados a las fieras. Los siete condenados fueron conducidos a la arena del anfiteatro y, para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas.

El pueblo, arrastrado y cegado por las pasiones que se alimentan de la violencia, imputó a la magia la mansedumbre de las fieras ante los cristianos y a gritos pedía que los mataran. Ahí mismo los siete confesores fueron condenados a morir decapitados. La sentencia se ejecutó cerca de Pozzuoli, y en el mismo sitio fueron enterrados. Los cristianos de Nápoles obtuvieron las reliquias de nuestro santo que, en el siglo quinto, fueron trasladadas y durante las guerras de los normandos, los restos del santo fueron llevados a Benevento y, poco después, al monasterio del Monte Vergine, pero en 1497, se trasladaron con toda solemnidad a Nápoles que, desde entonces, honra y venera a nuestro santo de la trivia del día de hoy como su patrono principal.

El milagro continúa

Nadie se puede explicar el milagro que ocurre con la reliquia del santo. Se trata de un suceso maravilloso que ocurre periódicamente desde hace cuatrocientos años. La sangre del santo experimenta la licuefacción (se hace líquida). Ocurre cada año en tres ocasiones relacionadas con el santo: la traslación de los restos a Nápoles, (el sábado anterior al primer domingo de Mayo); la fiesta del santo (19 de septiembre) y el aniversario de su intervención para evitar los efectos de una erupción del Vesubio en 1631 (16 de diciembre)

El día señalado, un sacerdote expone la famosa reliquia sobre el altar, frente a la urna que contiene la cabeza del santo. La reliquia es una masa sólida de color oscuro que llena hasta la mitad un recipiente de cristal sostenido por un relicario de metal. Los fieles llenan la iglesia en esas fechas. En un lapso de tiempo que varía por lo general entre los dos minutos y una hora, el sacerdote agita el relicario, lo vuelve cabeza abajo y la masa que era negra, sólida, seca y que se adhería al fondo del frasco, se desprende y se mueve, se torna líquida y adquiere un color rojizo, a veces burbujea y siempre aumenta de volumen.  Todo ocurre a la vista de los visitantes. Algunos de ellos pueden observar el milagro a menos de un metro de distancia. Entonces el sacerdote anuncia con toda solemnidad: “¡Ha ocurrido el milagro!”, se agita un pañuelo blanco desde el altar y se canta el Te Deum. Entonces la reliquia es venerada por el clero y la congregación.

El 5 de mayo del 2008, reporteros de 20 canales de TV, entre ellos CNN estaban presentes en la catedral cuando ocurrió el milagro.

El milagro ha sido minuciosamente examinado por personas de opiniones opuestas. Se han ofrecido muchas explicaciones, pero en base a las rigurosas investigaciones, se puede afirmar que no se trata de ningún truco y que tampoco hay, hasta ahora, alguna explicación racional satisfactoria. En la actualidad ningún investigador honesto se atreve a decir que no sucede lo que de hecho ocurre a la vista de todos. Sin embargo, antes de que un milagro sea reconocido con absoluta certeza, deben agotarse todas las explicaciones naturales, y todas las interrogantes deben tener su respuesta. Por eso la Iglesia favorece la investigación.

Bibliografía

1-Acta Sanctorum, sept. vol. VI
2- Butler, Vida de los Santos

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

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