XX Domingo Ordinario – Ciclo B

Evangelio según san Juan 6, 51 – 58

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.

 

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

 

Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

 

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

 

Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

 

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Reto Trivia Vida de los Santos del mes de agosto, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de agosto la trivia de la vida de los santos del #73 al #103. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

 

El día de hoy La liturgia nos ofrece hoy un espacio para meditar sobre el misterio del amor, Jesucristo que se dona en la Santísima Eucaristía y es alimento para todos.

 

Jesús celebra su Pascua como un banquete y sus discípulos le preguntan; “¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?” (Mt 26, 17).  El banquete que Jesús preside se celebra como la Pascua de los Judíos. Pero en este banquete existe una inmensa diferencia y novedad con respecto a la Pascua Hebrea.  La cena de Jesús se celebra en el contexto de su pasión y muerte, y Él, en la Eucaristía, anticipa simbólica y realmente su sacrificio de redención. Él es el sacerdote y la víctima de ese sacrificio, al mismo tiempo ofrenda y altar.

 

Jesús aquella noche sustituye y le da cumplimiento al Antiguo por el Nuevo Testamento: “esta es mi sangre…” (Mt 26, 28). A la antigua Pascua histórica y figurativa Él une y hace suceder su Pascua también histórica, definitiva, pero figurativa también ella de otro acontecimiento último, la Parusía final: “No beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo con vosotros en el Reino de mi Padre” (Mt 26, 29). Estas palabras dan a la Eucaristía el carácter de un banquete que tendrá su plena realización después de nuestra resurrección.

 

La Eucaristía es, de hecho, sacramento de comunión con el Cristo Pascual, con Cristo muerto y resucitado, que ha entrado en una nueva fase de su existencia, la gloriosa a la derecha del Padre. Comulgar con Jesús en la Eucaristía significa, por tanto, participar ya desde esta tierra en su vida gloriosa, en su comunión con el Padre. “Dichosos los invitados a las bodas del Cordero” (Ap 19, 9).

 

La liturgia canta bellamente: “Oh sagrado banquete en el que se recibe a Cristo, se renueva el memorial de su Pasión, el alma se colma de gracia, y se nos da una prenda de gloria futura”. Tomás de Aquino exclama: “¡Oh banquete precioso y admirable!”

 

Dice el texto del evangelio de hoy: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, vivirá por mí. El que coma este pan vivirá para siempre.” (Jn 6,54-59).

 

San Agustín comenta: “Los hombres quieren lograr con comida y bebida no tener hambre ni sed. Sin embargo, esto no lo otorga más que esta comida y esta bebida. Quien las toma se vuelve inmortal e incorruptible y se ve introducido en la comunión de los santos. Allí habrá paz y unidad completa y perfecta”.

 

Realmente es así: Jesucristo hizo en verdad un sacrificio inconcebiblemente grande, se dio a sí mismo en el Sacramento del altar, para poder permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos. La Pascua completa del Señor se extiende desde el principio de los tiempos hasta la venida final y definitiva (Mt 24,3). El es el Primogénito de toda la creación. A través de la persona del Verbo todo ha sido hecho y todo se sigue haciendo “y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1,3). Es más: toda la creación va convergiendo hacia la persona de Cristo resucitado como hacia un punto Omega. Todo existe a través de Él, con Él y por Él.

 

Jesús es prenda y esperanza. De esta gran esperanza de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia, no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto cada vez que se celebra este misterio “se realiza la obra de nuestra redención” (Plegaria Eucarística III del Misal Romano). Y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, alimento para vivir en Jesucristo para siempre” (San Ignacio de Antioquia, Eph. 20,2).

 

Jesús es la respuesta para todos nuestros problemas. Podemos tratar de llenar el vacío en nuestros corazones con deportes, éxito, alcohol, pornografía, dinero, poder, placer y muchas otras cosas que este mundo nos ofrece pero cada una de estas cosas creadas nos dejará vacíos. Solo Jesús puede llenarnos y satisfacer nuestra hambre infinita. La Eucaristía es cómo Jesús quiere alimentarnos a diario para que tengamos vida en plenitud. ¿Recuerdas la historia de Moisés y los Israelitas vagando por el desierto durante 40 años? Se quejaban a Moisés en el desierto de que no había comida ni agua. Deseaban que todavía fueran esclavos en Egipto, porque al menos allí había comida. A pesar de sus quejas, Dios les dio maná (pan) del cielo para sostenerlos en su viaje. Estas personas comieron el maná y aún murieron, como dice Jesús en el último versículo de esta lectura de hoy. Pero “El que come de este pan vivirá para siempre.”

 

Jesús vino como pan del cielo para que nos sostenga en nuestro viaje. Así como Dios se hizo hombre para salvarnos, Jesús se entrega en la Eucaristía para sostenernos. ¿Por qué es tan difícil de creer? ¿Por qué no vamos a Misa todos los días para recibir este Pan del cielo?

 

¡Concédenos Señor Jesús, por María tu Madre, gozar plenamente de tu vida divina en el banquete eterno que pregustamos en este sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre, y seamos ahora colmados de gracia y bendición! ¡Amén!

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de agosto. #91

 

En la segunda mitad del siglo XVI, vivía en Ri, Normandía, Francia, un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un Santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron otros cinco. El mayor recibió el nombre de Juan, y desde niño dio muestras de gran inclinación al amor de Dios, quién es el santo del día de hoy. Se cuenta que cuando tenía nueve años, un compañero de juegos le abofeteó; en vez de responder en la misma forma, el siguió el consejo evangélico y le presentó la otra mejilla.

 

A los catorce años, ingresó en el Colegio de los Jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero el, que había hecho voto de virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén, con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales.

Sin embargo, poco después determinó ingresar en la Congregación del Oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el Superior General en 1623 y era un hombre ejemplar en todo.

 

Al cabo de un año en París, fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del Padre Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, “estaba hecho para educar Ángeles”. El fin de la Congregación del Oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal, y el Santo tuvo la suerte de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle. Dos años más tarde, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al Obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: “La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las Órdenes Sagradas, y que su Diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida”.

 

El Santo pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al Oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del Convento. Pasó los diez años siguientes en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado. En aquella época empezaron a organizarse las misiones populares en su forma actual.

 

El Santo se distinguió entre todos los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que según él, “el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros”. Monseñor Le Camus, amigo de San Francisco de Sales, dijo refiriéndose al Santo: “Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia, y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen Padre”. El Santo predicó en su vida unas ciento diez misiones.

 

Una de las experiencias que adquirió durante sus años de misionero, fue que las mujeres de mala vida que intentaban convertirse, se encontraban en una situación particularmente difícil. Durante algún tiempo, trató de resolver la dificultad, alojándolas provisionalmente en las casas de las familias piadosas, pero cayó en la cuenta de que el remedio no era del todo adecuado. Magdalena Lamy, una mujer de humilde origen que había dado albergue a varias convertidas, dijo un día al Santo: “Ahora os vais tranquilamente a una iglesia a rezar con devoción ante las imágenes, y con ello creéis cumplir con vuestro deber. No os engañéis; vuestro deber es alojar decentemente a estas pobres mujeres que se pierden porque nadie les tiende la mano”. Estas palabras produjeron profunda impresión en el Santo, quien alquiló en 1671 una casa para las mujeres arrepentidas, en la que podían albergarse mientras encontraban un empleo decente.

 

Viendo que la obra necesitaba la atención de religiosas, el Santo la ofreció a las visitandinas, quienes se apresuraron a aceptarla. Después de mucho orar, reflexionar y consultar, el Santo abandonó la Congregación del Oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles, y que la congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios.

 

El Padre Condren, que había sido nombrado Superior General, estaba de acuerdo con el Santo. Pero su sucesor, el Padre Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caén. Entonces, el Santo decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso.

 

La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643 en Caén, con el nombre de “Congregación de Jesús y María”. Sus miembros, como los del Oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto.

 

El Santo y sus cinco primeros compañeros se consagraron a “la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio”. El distintivo de la Congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María, como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres.

 

La Congregación encontró gran oposición, sobre todo por parte de los jansenistas y de los padres del Oratorio. En 1646, el Padre Eudes envió a Roma al Padre Manoury, para que recabase la aprobación pontificia para la Congregación, pero la oposición era tan fuerte, que la empresa fracasó.

 

En 1650 el Obispo de Coutances pidió a San Juan que fundase un seminario en dicha ciudad. El año siguiente, M. Oliver, que consideraba al Santo como “la maravilla de su época”, Ie invitó a predicar una misión de diez semanas en la Iglesia de San Sulpicio de París.

 

Mientras se hallaba en esa misión, el Padre Eudes recibió la noticia de que el Obispo de Bayeux acababa de aprobar la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres arrepentidas de Caén.

 

En 1653, San Juan fundó en Lisieux un seminario al que siguió otro en Rouen en 1659. En seguida, el Santo se dirigió a Roma a tratar de conseguir la aprobación pontificia para su Congregación. Pero, los Santos no siempre tienen éxito, y San Juan Eudes fracasó en Roma.

 

Un año después, una bula de Alejandro VII aprobó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Ese fue el coronamiento de la obra que el Padre Eudes y Magdalena Larny habían emprendido treinta años antes en favor de las pecadoras arrepentidas.

 

San Juan siguió predicando misiones con gran éxito. En 1666, fundó un seminario en Evreux y en 1670, otro en Rennes. Al año siguiente, publicó un libro titulado “La Devoción al Adorable Corazón de Jesús”.

 

Ya antes, el Santo había instituido en su Congregación una fiesta del Santísimo Corazón de María. En su libro incluyó el propio de una Misa y un oficio del Sagrado Corazón de Jesús.

 

El 31 de agosto de 1670 se celebró por primera vez dicha fiesta en la Capilla del Seminario de Rennes, y pronto se extendió a otras Diócesis.

 

Así, pues, aunque San Juan Eudes no haya sido el primer Apóstol de la devoción al Sagrado Corazón en su forma actual, fue sin embargo él “quien introdujo el culto del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María”‘, como lo dijo León XIII en 1903.

 

El decreto de beatificación añadía: “Él fue el primero que por divina inspiración, les tributó un culto litúrgico.”

 

Clemente X publicó seis breves por los que concedía indulgencias a las Cofradías de los Sagrados Corazones de Jesús y María, instituidas en los seminarios de San Juan Eudes.

 

Durante los últimos años de su vida, el Santo escribió su tratado sobre “el Admirable Corazón de la Santísima Madre de Dios”; trabajó en la obra mucho tiempo y la terminó un mes antes de morir.

 

Su última misión fue la que predicó en Sain-Lö en 1675 en plena plaza pública con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El esfuerzo enorme acabó con su salud, y a partir de entonces, se retiró prácticamente de la vida activa.

 

Su muerte ocurrió el 19 de agosto de 1680. Canonizado en 1925, su fiesta fue incluida en el calendario de la Iglesia de occidente en 1928.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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