XVIII Domingo ordinario – Ciclo B

Evangelio según san Juan 6, 24 – 35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que en aquella parte del lago no estaban Jesús ni sus discípulos, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste acá?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”.

Ellos le dijeron: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?” Respondió Jesús: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado”. Entonces la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué signo vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

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Reto Trivia Vida de los Santos del mes de agosto, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º  al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes. ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de agosto la trivia de la vida de los santos del #73 al #103. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

Uno asocia el pan con la idea de “ganarse el pan.” Y no está mal porque existe el pan “ganado,” o sea, el pan que nos ganamos a través del esfuerzo de sembrar, cultivar, cosechar, amasar, hornear. Pero no todo pan es esfuerzo; hay pan que es regalo; pan que nos recuerda que en el fondo todo es regalo, hasta el mismo esfuerzo. El pan, en efecto, es ante todo el símbolo del sustento para la vida. Pero, ¿no es la vida misma un regalo? Es decir: ¿qué hemos hecho para merecer existir? ¿Qué dimos a cambio para que en justicia se nos diera vivir? Y si el empezar a vivir fue regalo y puro don, entonces, estrictamente hablando, ¿qué puede haber dentro de la vida que no tenga radicalmente la condición de regalo y de don? ¡Incluso las mismas fuerzas con que nos esforzamos existen porque nosotros existimos, y ello es siempre regalo!

 

Este carácter esencial de la vida como “don continuado” uno lo olvida fácilmente. Pronto uno se acostumbra a que las cosas “deben ser” de un determinado modo y “tienen que estar.” Las damos por descontadas. Se vuelven parte del inventario de la vida y las consideramos como derechos adquiridos. En esta categoría están las leyes de la naturaleza, la estabilidad y seguridad de la vida en sociedad y la salud, cuando uno la tiene y disfruta. Es en este punto donde las contradicciones y sobre todo los imprevistos nos cambian la escena. Un accidente, o simplemente una circunstancia en que nos vemos sin esos recursos que ya considerábamos como “debidos” nos obligan a replantear la vida. Usualmente la primera reacción es inmadura y quejumbrosa, como Israel en el desierto. A su vez, la respuesta de Dios, cuando llega en ese contexto de incertidumbre y precariedad, adquiere un significado nuevo porque es un recordatorio de que todo viene de Él–incluyendo nuestra propia existencia.

 

El pan que llega como regalo, el “Pan del Cielo” es Cristo. Esa expresión indica varias cosas. Por lo pronto implica que Él es el gran recordatorio del plan y las condiciones iniciales, las de la creación. Luego, es una enseñanza viva: la salvación es gratuita, es por gracia, porque la existencia misma ya es una “gracia,” ya es un don. Y ambos dones, el de existir y el de ser salvo, nos han llegado por Cristo. Por otra parte, el Pan del Cielo no ha caído solo, ni ha caído porque sí. El Pan del Cielo ha sido regalado y todo receptor de este regalo ha de preguntarse por quién es el donante. El donante, según explica Cristo, es Dios nuestro Padre. Recibir a Cristo como don es recibir al Padre como donante. Y recibir al Padre como donante es admitir que uno mismo es don, a imagen de Cristo.

 

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de agosto. #77

Vástago de la familia real de Northumbria. Su padre fue el sanguinario e incendiario Eteelfrido que mereció el apodo de “Devastador”; por ello no es de extrañar que, una vez muerto, su hijo tuviera que salir para el destierro aunque solo fuera un niño. Pudo refugiarse en los escotos del Norte que ya era zona cristianizada por Columba desde hacía unos años antes de su llegada. Sólo tenía once años cuando -ya huérfano- encontró refugio en aquellas latitudes. Notó que allí todos hablaban del monje Columba, el gran misionero irlandés, y que en bastantes aspectos aquella gente vivía de un modo diferente al que él había presenciado desde siempre al lado de las hordas guerreras de su padre. Quizá esa curiosidad contribuyó a formarse como cristiano; de hecho, cuenta el principal relator de su vida y obras, el cronista nortumbrio Beda, que engrosó el número de los catecúmenos que se formaban en la nueva religión, aumentó el contacto con la comunidad cristiana llegando a familiarizarse con ella, se adaptó a su vida y costumbres -cosa nada fácil- y terminó pidiendo el bautismo. Como llegó a descubrir que el heroísmo no está reñido con el cristianismo, se convirtió en evangelizador de Cristo.

Los sajones y bretones habían mantenido entre ellos continuas guerras por poseer el territorio de Nortumbria. Corrían noticias de que el terrible Cadwallon, héroe de Bretaña, va eliminando uno a uno a todos los parientes del príncipe desterrado y un triste día se corrieron las voces de que había llegado hasta el extremo de asesinar a su hermano Eanfrido; este fue el detonante para que el santo decidiera plantarle cara al formidable bretón y sacarlo del territorio de sus mayores. Dispuesto a morir en el intento, reza antes de entrar en batalla, cerca de Hexham, hace una cruz con dos ramas cruzadas, y anima a sus huestes a luchar en nombre del Dios de los cristianos. La terrible pelea se resolvió con triunfo del ejército del santo, con la muerte del capitán adversario y con el sobrenombre de Lamngwin (el de la espada que relumbra) para el nuevo presidente de la Heptarquía y caudillo universal de los anglosajones.

Casó con la hija del primer rey cristiano de Wessex, y aquello fue como el alborear de una gran era. Su reinado duró sólo ocho años. Aprendió de los cristianos que el ideal no está en la guerra, sino en la búsqueda de la justicia que lleva a la paz. Consigue la unidad entre los irreconciliables reinos; llena su corte de sabios y muchos de ellos son monjes; construye el monasterio de Lisdisfarme para Aidan que con sus monjes avanza evangelizando desde el norte, mientras que los benedictinos recomienzan a hacerlo desde el sur, después del fracaso primero de Agustín de Cantorbery, cuando fueron obligados a replegarse por las sangrientas persecuciones y la ferocidad de los naturales del país. Ha descubierto en el santo monje Aidan las cualidades necesarias para ser el hombre de Dios apropiado para la evangelización por su amor a la pobreza, desprendimiento, rechazo de honores, comprensivo con los tardos, dulce con los tercos y exigente con los perezosos. Tanto es su aprecio que lo toma como asesor espiritual para él mismo. Y debió acertar, porque con sus consejos el propio santo aprende a pasar noches en oración donde tamiza las decisiones de gobierno de su pueblo; puso orden en su corte, es generoso en limosnas, piadoso con los enfermos y compasivo con los pobres.

Murió en pelea de guerra con el pagano Penda, rey de los mercios, en la batalla de Maserfelth. No pudo este rey soportar que santo se hiciera cristiano; pensó que se había hecho cobarde, traicionando a Odín. La fiereza de Penda y sus ansias de venganza llegaron al ensañamiento de pinchar en un palo la cabeza del rey vencido y muerto, manteniéndola en alto durante un año para que la contemplaran las gentes, hasta que fue rescatada por el vengador Oswy, continuador de la obra del santo. Aquellos tiempos eran así.

Frente a tanta fiereza, hay también episodios de generosidad y grandeza. Cuenta Beda que en un banquete de corte, estando el obispo Aidán dispuesto a dar la bendición, el encargado de las limosnas del palacio se aproximó al rey para notificarle que una muchedumbre de pobres estaba a la puerta, todos famélicos y hambrientos. Tiempo le faltó al santo para suspender el festejo, repartir los manjares entre los pobres y destrozar en pedazos la plata del ajuar para entregarlos como remedio a los necesitados.

El pueblo anglosajón tuvo al santo como mártir desde su muerte y como a tal le dio veneración por haber sabido ser rey, héroe y apóstol. Su culto se extendió por la Europa central, el sur de Alemania y el norte de Ita1ia. Se santificó con bondades rectas, con gobierno firme y con deseos evangelizadores a pesar de la buena dosis de barbarie propia de la época; quizá una mirada anacrónica desde el siglo XX le negara el honor de los altares, pero a cada cual le toca santificarse en su propio mundo, poniendo a disposición de Dios y de los hombres lo mejor de su voluntad. Y en el caso del santo aún no se habían inventado las monarquías democráticas.

 

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

  

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

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