Domingo XVI Ordinario – Ciclo B

Evangelio según san Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”, porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer.

Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo. La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.

Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

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Reto Trivia Vida de los Santos del mes de julio, cada día publicaré la vida de un santo y deberás de enviar tus respuestas del mes correspondiente al correo electrónico penriquegarcia@gmail.com del 1º al 5 de cada mes.  Los resultados se publicaran el día 10 de cada mes.  ¿Aceptas el Reto de la Trivia de la Vida de los Santos? Para el mes de julio la trivia de la vida de los santos del #43 al #72. ¡ESPERO SUS RESPUESTAS!

 

Hoy damos la palabra a san Agustín de Hipona, llamado con razón el “Doctor de la Gracia”, por su admirable y extensa exposición del amor divino y su obra redentora en nosotros. En efecto, tanto la primera lectura como el evangelio de este domingo traen a nuestra mente la imagen del pastor y de pastorear. Y hay un texto clásico en san Agustín, sobre este tema vital; es su sermón 46 “sobre los pastores”.

Ya que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo que se les dice por medio del profeta. Vosotros escuchad con atención, y nosotros escuchemos con temor.

Me vino esta palabra del Señor: “Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles.” Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos comentarla con vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea. Esto dice el Señor: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?” Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas. Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos sacerdotes. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser sacerdote, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser sacerdote, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son sacerdotes y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también sacerdotes, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.

“No fortalecéis a las ovejas débiles”, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su mala salud. Pues me parece que hay alguna diferencia entre estar débil, o sea, no firme -ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad-, y estar propiamente enfermo, o sea con mala salud.

Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando por distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no nos sintamos defraudados, diré lo que siento, como comentario a las palabras de la Escritura. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo.

Piensen en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a soportar el mal. De manera que aquellos que dan la impresión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se hallaran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena.

 

Reto Trivia Vida de los Santos del mes de julio. #63

En los Evangelios se habla de nuestro santo del dia, la pecadora (San Lucas 7, 37-50),  una de las mujeres que seguían al Señor (San Juan 20, 10-18) y María de Betania, la hermana de Lázaro (San Lucas 10, 38-42). La liturgia romana identifica a las tres mujeres con este nombre, como lo hace la antigua tradición occidental desde la época de San Gregorio Magno. El nombre se deriva de Magdala, una población situada sobre la orilla occidental del mar de Galilea, cerca de Tiberíades, en la que el Señor encontró por primera vez a aquella mujer. San Lucas hace notar que era una pecadora, aunque no afirma que haya sido una prostituta, como se supone comúnmente.

Cristo cenaba en casa de un fariseo, donde la pecadora se presentó. Al momento se arrojó al suelo frente al Señor, se echó a llorar y le enjugó los pies con sus cabellos. Después le ungió el perfume que llevaba en un vaso de alabastro. El fariseo interpretó el silencio de Cristo como una especie de aprobación del pecado y murmuró en su corazón.

Jesús le recriminó por sus pensamientos. Le preguntó en forma de parábola, cuál de dos deudores debe mayor agradecimiento a su acreedor: aquel a quien se perdona una deuda mayor, o al que se perdona una suma menor. En el capítulo siguiente, San Lucas habla de los viajes de Cristo por Galilea. Dice que le acompañaban los Apóstoles y que le servían varias mujeres.

En la hora más oscura de la vida de Cristo, nuestro santa del día de hoy contemplaba la Cruz a cierta distancia. Acompañada por “la otra María”, descubrió que alguien había apartado la pesada piedra del sepulcro del Señor.

Fue ella la primera persona que vio, saludó y reconoció a Cristo Resucitado. La contemplativa, fue el primer testigo de la Resurrección del Señor, sin la cual, vana es nuestra esperanza.El Hijo de Dios quiso manifestar la gloria de su Resurrección a aquella mujer manchada por el pecado y santificada por la penitencia.

La tradición oriental afirma, que después de Pentecostés, fue a vivir a Efeso con la Virgen María y San Juan, muriendo ahí. Pero, según la tradición francesa adoptada por el Martirologio Romano y muy difundida en occidente, se fue con Lázaro y Marta a evangelizar la Provenza. Pasó los treinta años de su vida en los Alpes Marítimos en la caverna de la Sainte Baume. Poco antes de su muerte, fue trasladada milagrosamente a la Capilla de San Maximino, donde recibió los últimos sacramentos y fue enterrada por el Santo.

 

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

  

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

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