Sábado de la 23a Semana del Tiempo Ordinario (12-Sept.-2020)


1 CORINTIOS 10:14-22

Queridos hermanos: Huyan de la idolatría. Me dirijo a ustedes como a hombres sensatos; ustedes mismos juzguen lo que voy a decir: El cáliz de la bendición con el que damos gracias, ¿no nos une a Cristo por medio de su sangre? Y el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan. Consideren al pueblo de Israel: ¿no es cierto que los que comen de la víctima sacrificada en el altar quedan unidos a él?

Con esto no quiero decir que el ídolo represente algo real, ni que la carne ofrecida a los ídolos tenga algún valor especial. Lo que quiero decir es que, cuando los paganos ofrecen sus sacrificios, se los ofrecen a los demonios y no a Dios.

Ahora bien, yo no quiero que ustedes se asocien con los demonios. No pueden beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios. No pueden compartir la mesa del Señor y la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar acaso la indignación del Señor creyéndonos más poderosos que él?

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

San Pablo está hablando sobre la Misa en la lectura de hoy.  “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es una participación en la Sangre de Cristo?  El pan que partimos, ¿no es una participación en el Cuerpo de Cristo?” Desde el momento de la última cena hasta hoy, se ha celebrado la Misa. Hay una cadena ininterrumpida desde la época de los Apóstoles hasta ahora de la Misa que se celebra en todo el mundo. Pienso en eso a menudo cuando celebro la Misa. Me pregunto: “¿Quién soy yo para hacer esto?” Me siento indigno, pero la llamada de Jesús nos hace dignos. Es Jesús quien celebra cada Misa a través del sacerdote. ¿Apreciamos plenamente el don de la Eucaristía que Jesús nos dejó? 

Cada vez que celebramos la Eucaristía recordamos el asombroso sacrificio que Jesús ofreció en la cruz del Calvario y también recordamos la última cena. Si alguna vez ha querido viajar en el tiempo, vaya a Misa. Imagínese sentado con los apóstoles alrededor de la mesa de la última cena. Al mismo tiempo, imagínese al pie de la cruz mientras Jesús ofrece Su cuerpo y sangre por nosotros.

Es por eso que San Pablo estaba advirtiendo a los Corintios contra la idolatría.  Había gente comiendo la carne de los animales ofrecidos a ídolos paganos y luego también asistiendo a Misa.  “Quiero decir que lo que sacrifican, se sacrifican a los demonios, no a Dios, y no quiero que se conviertan en participantes con demonios.  No puedes beber la copa del Señor y también la copa de los demonios”.

Hoy todavía participamos en la idolatría. No comemos carne sacrificada a los ídolos, pero seguimos adorando ídolos. Un ídolo común que tenemos somos nosotros mismos. Queremos ser alguien importante, así que buscamos el honor. Queremos controlar las cosas, así que buscamos el poder. Queremos sentirnos bien, así que buscamos placer. Queremos ser dueños de todo, así que buscamos riqueza. Todos estos sustitutos de Dios son un deseo de exultar al yo. También podemos adorar a otras personas, a los deportes, nuestro trabajo y muchas otras cosas. Cada vez que ponemos a alguien o algo sobre de Dios se convierte en un ídolo.

La verdadera adoración es poner a Jesús en el centro de nuestra vida. Participar en la Misa nos ayuda a quitarnos de ser el centro nosotros mismos o a otras cosas y a ponerlo directamente en el Señor. Cuando nos demos cuenta de que esta vida no se trata de nosotros y se trata de Jesús, comenzaremos a experimentar la verdadera paz y alegría. Asistir a la Misa es una de las mejores maneras de vaciarnos de nosotros mismos para que podamos adorar a Jesús. Escuchamos la palabra inspirada de Dios y luego reflexionamos sobre ella a través de la homilía.  Entonces profesamos nuestra fe y ofrecemos nuestras peticiones.  Entonces celebramos la Eucaristía y recordamos el amor sacrificial de Jesús. La culminación ocurre cuando podemos recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús en la Eucaristía. 

Cuando comprendemos lo que está sucediendo en la Misa y tenemos una relación con el Señor, nunca se vuelve aburrido. Si todos entendieran que pueden recibir a Jesús en la Eucaristía todos los días si lo desean, tendríamos sólo espacio de pie en nuestras iglesias  (fuera de las restricciones de Covid).

¿Realmente aprecio el regalo de Dios en la Eucaristía?

¿Pongo en mi vida a cualquier persona o cualquier cosa delante de Dios?

¿Qué puedo hacer para reordenar mi vida a fin de que Jesús esté en el centro?

¡Que tengan un fin de semana llena de bendiciones!

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

Miércoles XIII del Tiempo Ordinario (1º de julio 2020)

Mateo 8:28-34

Cuando Jesús vino al territorio de los Gadarenos, 
dos endemoniados que venían de las tumbas se encontraron con él. 
Ellos eran tan salvajes que nadie podía viajar por ese camino. 
Ellos gritaron, “¿Qué tienes que ver con nosotros, Hijo de Dios? 
¿Has venido aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?”
A cierta distancia había una manada de cerdos que se alimentaba. 
Los demonios le rogaron, 
“Si nos echas fuera, mándanos entrar en la manada de cerdos.” 
Y él les dijo, “¡Vayan, entonces!” 
Ellos salieron y entraron en los cerdos, 
y toda la manada se precipitó por un despeñadero al mar 
donde se ahogaron. 
Los criadores de cerdos huyeron, 
y cuando llegaron a la ciudad informaron todo, 
incluyendo lo que había pasado con los endemoniados. 
Luego toda la ciudad salió al encuentro de Jesús, 
y cuando lo vieron, le rogaron que se fuera de su distrito.

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En las Escrituras, siempre me parece muy interesante que los demonios reconozcan a Jesús por lo quien es: el Hijo de Dios. Los cristianos a menudo perdemos a Jesús cuando Él está justo en frente de nosotros.
 

Otra cosa que me llamó la atención fue la frase: “¿Has venido aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?” Los demonios están insinuando que ellos conocen el momento en el que Dios los atormentará. Jesús ganará la victoria y ellos lo saben.

Estaban tan asustados que pidieron ser enviados dentro de los cerdos. Piensa en eso. Ellos ni siquiera pelearon la batalla. No desafiaron a Jesús o trataron de escapar. Inmediatamente se sometieron al poder de Jesús, sabiendo que no tenían poder en comparación con Jesús, y voluntariamente se metieron en los cerdos y luego se ahogaron en el mar.

¿Por qué es esto importante? Debemos darnos cuenta de dos cosas importantes: 

1) El diablo es real. Esto es importante porque el diablo quiere que creamos que él no existe. Cuando creemos que el diablo no existe, somos fácilmente engañados y caemos en la tentación. Por ejemplo, muchas personas no ven el mal en la pornografía, por lo que silenciosamente está destruyendo matrimonios, familias e individuos. San Pedro advierte: “Mantente sobrio y alerta. Tu oponente, el diablo, ronda como un león rugiente buscando a alguien a quien devorar” (1 Pe 5, 8) Cuando nos damos cuenta de que el diablo es real y estudiamos sus tácticas, lo reconocemos por lo que es. Quiere acusar, dividir, separar y conquistar. Él quiere que creamos mentiras como: “No eres digno del amor de Dios” o “Dios te ha abandonado”. Nos preparamos al pedir la gracia de Dios, especialmente en nuestras áreas de debilidad. Caemos de rodillas y pedimos la ayuda de Dios cuando somos tentados.

2)    El diablo no es igual a Jesús. Cuando permanecemos conectados con Jesús a través de la oración, las Escrituras y los sacramentos, no deberíamos temer nada ni a nadie. Si permanecemos cerca de Jesús, el diablo se someterá con miedo, como escuchamos en el Evangelio de hoy. Jesús nos dice: “Si permaneces en mí y mis palabras permanecen en ti, pide lo que quieras y se te concederá”. (Juan 15, 7) El diablo no es una fuerza igual y oponente a Jesús; el diablo fue creado por Dios – un ángel caído. Esto no quiere decir que debamos burlarnos del diablo o invitarlo a participar en actividades como sesiones de espiritismo, tablas de ouija o lectura de las manos. Esto no es un juego; es una batalla espiritual. Jesús ha ganado la victoria y debemos permanecer cerca de Él.

Hay muchas historias de los santos luchando contra el diablo. San Padre Pío y San Juan María Vianney son ejemplos famosos de unos hombres santos que tienen batallas físicas con el diablo. El diablo fue tras ellos, probablemente porque estaban haciendo un gran trabajo para el Señor.  Cada vez que queremos acercarnos más a Cristo o hacer ministerio en Su nombre, prepárate para una batalla espiritual.

¿Cómo nos preparamos para esta batalla espiritual? 


1) Orar a diario: oración personal, rosario, Coronilla de la Divina Misericordia.


2) Frecuenta los Sacramentos de la Eucaristía y la Confesión (mensualmente). 


3) Leer la Biblia con la diariamente.

4) Vive una vida de virtud y permanece en la gracia de Dios. 

5) Conoce tus debilidades y fortalece estas áreas con la gracia de Dios. Mantén tus ojos abiertos para las tácticas y las tentaciones del maligno.


¿Dónde experimento las tentaciones del maligno en mi vida?
¿Cómo fortalezco mi intelecto y deseo de elegir a Dios en cada momento de cada día?

¿Cuáles son las prácticas espirituales que debo comenzar para fortalecerme contra el mal?

Qué Dios los siga colmando de bendiciones.

Hoy empiezo mi servicio ministerial en la Parroquia de Corpus Christi en Council Bluffs. Me encomiendo a sus oraciones para poder seguir sirviendo al Pueblo de Dios con amor y entregar mi vida por la salvación de cada una de sus almas. Que nuestro Señor Jesucristo y nuestra Madre nos guíen y fortalezcan para ser fieles a nuestra misión para cual fuimos creados.

Padre Enrique Garcia

Viernes VII de Pascua (29-Mayo-2020)


Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 15-19

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

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En la primera lectura (Hch 25, 13-21) del día de hoy, Lucas parece un admirador del sistema jurídico romano e incluso saca a la luz algunos de sus principios rectores. Y pone de manifiesto la prontitud para explotar a favor del Evangelio este admirado ordenamiento jurídico. Pablo podrá ir a Roma gracias a su apelación al Cesar. Irá como prisionero, es verdad, pero irá a Roma. Es interesante leer la continuación del relato, donde se presenta el encuentro de Pablo con la extraña pareja y con el representante del Imperio Romano: también ellos están interesados en el asunto de Jesús y convierten la resurrección en tema de conversación. El valor de Pablo, que no teme exponerse, obliga a todo tipo de persona a ponerse frente al hecho de la resurrección, que ahora se ha convertido en el motivo fundador del nuevo camino de la salvación.

El Salmista alaba hoy y nos invita diciendo: “Bendigamos al Señor, que es el rey del universo. Aleluya.”  (Salmo 102, 1ss). Él anhela que “todo mi ser bendiga su santo nombre…y no te olvides de sus beneficios.” Nos muestra la grandeza de su amor por nosotros: “como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia.”

El Evangelio de hoy nos habla sobre la gran relación que existe entre Jesús resucitado y Pedro. Pedro conoce bien sus pecados—ha traicionado a Jesús tres veces. Jesús lo conduce a través del proceso de arrepentimiento y le da la llave para su transformación. Tres veces Pedro negó al Señor, y tres veces Jesús le pide que reafirme su fe: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Hay que tener en cuenta que el Cristianismo no es un conjunto de ideas, convicciones o principios. Es, más bien, la relación con una persona, con la persona de Jesucristo.

¿Amas a Jesús? ¿Se ha convertido en tu amigo? ¿Cómo es tu relación con Él? ¿Lo visitas en donde mora (el Sagrario) y cuánto pasas tiempo con Él? ¿Lees las Escrituras para conocerlo mejor?


A la pregunta de Jesús: ¿Me amas? Simón-Pedro dice sí, Jesús lo prueba: “Apacienta mis corderos; cuida mis ovejas; alimenta mis ovejas”. La prueba de amor es acción. ¿Estamos dispuestos a hacer lo que hizo Jesús? ¿Estamos dispuestos a misionar en su nombre? ¿Dejas que Él transforme tu vida? 

“Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. (Jn 21,18)  La última prueba del discipulado es la voluntad de abandonar nuestros egos y ser llevados por un poder más grande que nosotros mismos. “Cuando llegues a viejo, extenderás tus manos.” Cuando lees las palabras de Jesús a Pedro, probablemente pienses inmediatamente en la crucifixión de Pedro. ¡Y con buena razón! Jesús estaba prediciendo “por qué clase de muerte Pedro glorificaría a Dios” (Jn 21,19).

Aquí también hay un mensaje aquí para cada uno de nosotros, especialmente a medida que envejecemos o cuidamos a los seres queridos que han envejecido. Pedro no se limitó a extender sus manos sobre la cruz al revés. Él los extendió todos los días mientras servía a la Iglesia, hasta el final de su vida y lo hizo con alegría por amor a Jesús. Sin duda, envejecer no es fácil, no eres tan fuerte o ágil como cuando eras más joven. Puede ser más difícil recordar un nombre o hacer las cosas. Tal vez necesites ayuda con los quehaceres que alguna vez realizaste  fácilmente por tu cuenta. Hay que renunciar a parte de nuestra independencia, junto con algunos sueños que ya no son realistas, ¡pero anímese! El salmista le asegura que puede “dar fruto incluso en la vejez” (Salmo 92,15). ¿Cómo? Intentando estar abierto a las formas únicas de gracia disponibles en esta temporada de tu vida. Quizás no puedas hacer las cosas que solías hacer, ni para ti, ni para tu familia, ni para tu iglesia. Pero no dejes que eso te agobie. Dios tiene una misión para ti y cuenta contigo. Él tiene otras oportunidades guardadas para ti. Por ejemplo, si descubres que todo parece llevar más tiempo y puede aglomerar tantas actividades en tu día, quizás Dios te pida que simplifiques tu vida. Intenta enfocarte en lo que más importa: amar y ser amado. Si no puede hacer tanto por tu familia o amigos, puedes desarrollar un nuevo aprecio por simplemente estar con ellos o levantarlos en oración. Incluso tu necesidad de depender más de tu familia o amigos puede ayudarlos a aprender más acerca de cómo nos necesitamos los unos a los otros como miembros del cuerpo de Cristo. De hecho, al dejar que la gente te sirva, ¡Les estás dando la oportunidad de crecer! Al igual que Pedro, puedes extender tus manos a las personas que te rodean a medida que te haces mayor. ¡Dios todavía tiene un gran plan para ti y tienes  mucho que hacer!

“Jesús, quiero seguirte hoy y todos los días de mi vida”

¡Qué tengan una semana llena de bendiciones!

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

Jueves VII de Pascua (28-Mayo-2020)


Evangelio según san Juan 17, 20-26

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”.

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En la primera lectura (Hch 22, 30; 23, 6-11) tomada del segundo discurso de Pablo en su nueva condición de prisionero. Había subido a Jerusalén para visitar a aquella comunidad y había seguido, con “incauta” condescendencia, el consejo de Santiago de subir al templo. Lo descubren en él y, si no hubiera sido salvado por el tribuno romano, que le permite hablar a la muchedumbre, casi le cuesta la vida. De este modo tiene ocasión de contar, una vez más, su conversión, relato al que siguió una nueva intervención del tribuno romano ordenando a los soldados que lo llevaran al cuartel. Una vez allí, Pablo declara su ciudadanía romana. Al día siguiente le llevan ante el Sanedrín, donde pronuncia este habilidoso discurso.

Pablo juega con las divisiones entre fariseos y saduceos a propósito de la resurrección de los muertos, él dice “Hermanos: Yo soy fariseo, hijo de fariseos, y me quieren juzgar porque espero la resurrección de los muertos”. Con ello despierta un furor teológico que les hace llegar a las manos. Los fariseos, superando la prudente posición del mismo Gamaliel, se alinean con Pablo y en contra del adversario común. Los romanos tienen que salvar otra vez al apóstol, “El alboroto llegó a tal grado, que el comandante, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó traer a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.” La particular belicosidad de los judíos -belicosidad que se verifica en esta visita de Pablo- es un indicador de la tensión nacionalista que estaba subiendo en el ambiente: todo lo que amenazaba la identidad nacional era rechazado, hasta el punto de llegar a la abierta rebelión contra Roma. Son páginas que reproducen el clima de exasperación nacionalista que conducirá al drama de la destrucción de la ciudad.

Pablo es consolado y tranquilizado de nuevo sobre su alta misión de ‘testigo’, no sólo en Jerusalén, sino en el mismo corazón del mundo conocido, El Señor se le apareció a Pablo y le dijo: “Ten ánimo, Pablo; porque así como en Jerusalén has dado testimonio de mí, así también tendrás que darlo en Roma”. Fue una vida heroica la de Pablo, empleada exclusivamente al servicio del Evangelio. San Pablo nos da ejemplo de ser testigos, misioneros y predicadores de la Buena Nueva del Señor, “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Timoteo 4, 2).

¿Qué estás haciendo para anunciar la Buena Nueva de Dios? ¿Sientes el consuelo de Dios en los momentos de la tribulación?

Junto con el Salmista hay que exclamar: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya.”  (Salmo 15, 1ss). “Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio…tú eres mi Señor…mi vida está en sus manos…me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, y con él a mi lado, jamás tropezaré. Enséñame el camino de la vida…”

En la tercera parte de su “Oración sacerdotal” dilata Jesús el horizonte. Antes había invocado al Padre por sí mismo y por la comunidad de los discípulos. Ahora su oración se extiende en favor de todos los futuros creyentes (vv. 20-26). Tras una invocación general, “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos” (v. 20), siguen dos partes bien distintas: la oración por la unidad (vv. 21-23) y la oración por la salvación (vv. 24-26).

Jesús, después de haber presentado a las personas por las que pretende orar, le pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor para todos los creyentes. Jesús dice: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno”, esta unidad tiene su origen y está calificada por ‘lo mismo que’ (= kathós), es decir, por la co-presencia del Padre y del Hijo, por la vida de unión profunda entre ellos, fundamento y modelo de la comunidad de los creyentes. En este ambiente vital, todos se hacen ‘uno’ en la medida en la que acogen a Jesús y creen en su Palabra. Este alto ideal, inspirado en la vida de unión entre las personas divinas, encierra para la comunidad cristiana una vigorosa llamada de la fe y es signo luminoso de la misma misión de Jesús. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se representa así como una in-habitación: “Yo en ellos y tú en mí” (v. 23ª). En Cristo se realiza, por tanto, el perfeccionamiento hacia la unidad.

A continuación, Jesús manifiesta los últimos deseos en los que asocia a los discípulos los creyentes de todas las épocas de la historia, y para los cuales pide el cumplimiento de la promesa ya hecha a los discípulos (v. 24). En la petición final, Jesús vuelve al tema de la gloria, recupera el de la misión, es decir, el tema de hacer conocer al Padre (vv. 25s), y concluye pidiendo que todos sean admitidos en la intimidad del misterio, donde existe desde siempre la comunión de la vida entre el Padre y el Hijo. La unidad con el Padre, fuente del amor, tiene lugar, no obstante, en el creyente por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús, “para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”.

¿Eres causa de unidad entre tu familia, amigos y en la Iglesia o de división?

¿Qué pretendes con los comentarios que haces sobre otras personas?

Hoy pedimos por el aumento de las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, a la vida consagrada, al matrimonio y a la soltería. Vivamos intensamente nuestra vida hasta el último minuto de nuestra existencia de acuerdo a la voluntad de Dios para alcanzar la felicidad y la santidad. Preocúpate por agradar a Dios y no al mundo.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García-Elizalde

Miércoles VII de Pascua (27-Mayo-2020)

Evangelio según san Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos. Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad’’.

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Pablo se dirige a los responsables –presbíteros y obispos–  de la Iglesia, es decir, a los “pastores” encargados  de “apacentar la Iglesia de Dios”. En vez de especificar el contenido de estas funciones, insiste en el deber de la vigilancia.

Se perfilan muchos peligros en el horizonte, peligros desde el interior y desde el exterior. Peligros sobre todo de difusión de falsas doctrinas, obra de “lobos crueles”.  La Iglesia de Dios es una realidad preciosa porque ha sido adquirida “con la sangre del propio Hijo”, de ahí la gran responsabilidad  de los que la presiden. El pastor debe vigilar “noche y día”, con “lagrimas”, primero así mismo y después a los otros, para preservar a su propio rebaño de los enemigos. Pablo esboza aquí, en pocas palabras, las grandes responsabilidades de la vida del Pastor.

Consciente de que está pidiendo mucho, y casi para tranquilizarlos, los “confía a Dios y a su Palabra de gracia, que tiene fuerza para que crezcan en la fe y para hacerlos partícipes de la herencia reservada a los consagrados”. Parecería más lógico que confiara la Palabra a los responsables; sin embargo los responsable a la Palabra, porque ella es la que tiene fuerza para que crezcan en la fe y para hacerles partícipes de la herencia reservada a los santos.

Y, para terminar, otro recuerdo de su desinterés personal destinado a los pastores, para que se esmeren también en el desinterés en su ministerio. Cita una máxima que no se encuentra en los evangelios, pero que Pablo pudo haber recogido de viva voz en boca de los testigos.

Concluye aquí el ciclo de la evangelización dirigida al mundo griego. Nuevas fatigas y pruebas esperan ahora a Pablo, quien siente que entra en una fase diferente de su apasionada vida de apóstol.

El fragmento del Evangelio de hoy, que es continuación del de ayer, incluye la segunda parte de la “oración sacerdotal” de intercesión que Jesús, como Hijo, dirige al padre. Tiene como objeto la custodia de la comunidad de los discípulos, que permanecen en el mundo. El texto se divide en dos partes: al comienzo se desarrolla el contraste entre los discípulos y el mundo (vv. 11b – 16); a continuación se habla de la santificación de éstos en la verdad (vv. 17-19). Si, por una parte, emerge la oposición entre los creyentes y el mundo, por otra se manifiesta con vigor el amor del padre en Jesús, que ora para que los suyos sean custodios en la fe.

En el primer fragmento pasa revista Jesús a varios tmas de manera sucesiva: la unidad de los suyos (v. 11b), su custodia a excepción “del que tenía que perderse” (v. 12), la preservación del maligno y del odio del mundo (vv. 14s). En el segundo fragmento, Jesús, después de haber pedido al Padre que defienda a los suyos del maligno (v. 15) y después  de haber subrayado en negativo su no pertenencia al mundo (vv. 14. 16), pide en positivo la santificación de los discípulos; “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad” (v. 17). Le ruega así al Padre, al que ha llamado “santo” (v. 11b), que haga también santos en la verdad a los que le pertenecen. Los discípulos tienen la tarea de prolongar en el mundo la misma misión de Jesús. Ahora bien, éstos, expuestos al poder del maligno, necesitan, para cumplir su misión, no sólo la protección del Padre, sino también la obra santificadora de Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo.

¿Santificas a Dios viviendo tu vida en la verdad?

¿Qué te aparta de la verdad y de santificar a Dios? ¿Estás dispuesto a dejar eso que te aparta de Dios para vivir plenamente feliz?

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García-Elizalde

Tuesday of the 7th Week of Easter (May 26, 2020)

Acts 20:17-27

From Miletus Paul had the presbyters
of the Church at Ephesus summoned.
When they came to him, he addressed them,
“You know how I lived among you
the whole time from the day I first came to the province of Asia.
I served the Lord with all humility
and with the tears and trials that came to me
because of the plots of the Jews,
and I did not at all shrink from telling you
what was for your benefit,
or from teaching you in public or in your homes.
I earnestly bore witness for both Jews and Greeks
to repentance before God and to faith in our Lord Jesus.
But now, compelled by the Spirit, I am going to Jerusalem.
What will happen to me there I do not know,
except that in one city after another
the Holy Spirit has been warning me
that imprisonment and hardships await me.
Yet I consider life of no importance to me,
if only I may finish my course
and the ministry that I received from the Lord Jesus,
to bear witness to the Gospel of God’s grace.

“But now I know that none of you
to whom I preached the kingdom during my travels
will ever see my face again.
And so I solemnly declare to you this day
that I am not responsible for the blood of any of you,
for I did not shrink from proclaiming to you the entire plan of God.”

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In today’s reading, St. Paul is saying goodbye to the leaders of the Church in Ephesus.  In his farewell speech, he tells the leaders that he has served the Lord in humility and has not shrunk from the task.  He preached the Good News of Jesus Christ, despite the “tears and trials” that came to himfrom people who were trying to kill him.

Now Paul is feeling compelled by the Holy Spirit to go to Jerusalem, even though he anticipates “that imprisonment and hardships await” him.  Jesus too went to Jerusalem knowing that death awaited Him.  Jerusalem was the place where salvation would occur.  That is why Jesus said to Peter, “Get behind me Satan” when Peter wanted to deny Jesus’s mission to Jerusalem.  Nothing should get in the way of God’s plan.  Do I trust the Father enough to go to Jerusalem, even if there is suffering involved?

Neither Jesus nor Paul worried about death because their mission was to be obedient to the Father and bear witness to the Gospel of God’s grace, love and mercy, despite impending dangers.  Paul had shared the Good News with everyone – now it was up to them to act upon it.  “I am not responsible for the blood of any of you, for I did not shrink from proclaiming to you the entire plan of God.”  His conscience was clean because he completed the mission that God had given him.

Wouldn’t it be great if we could echo these words of St. Paul near the end of our lives?  Will we be able to say, “I have completed the mission that God has given me?”  Will we have any regrets on our death bed?  Life is short.  Let us live every day to the full.  Let us preach the Gospel to everyone that the Lord asks us to evangelize. Let us be obedient to the will of God at each moment of our lives.

Can we say, like Paul, “I did not shrink from proclaiming to you the entire plan of God?”  It is very difficult to watch someone die when they have deep regrets. Grieving is more challenging for families when they wish they had said or done certain things. In the end, is there anything more important than placing our faith in Jesus?

Am I living out the plan God has for me?

Do I have any regrets about the way I have lived my life?

Have my loved ones heard the Gospel?

If I could change anything in my life right now, what would it be?

Never it is too late to change.  Start over today asking God for the grace to live out the mission He has given to you.

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Martes de la 7a Semana de Pascua (4 de junio 2019)


Hechos 20:17-27

En aquellos días, hallándose Pablo en Mileto, mandó llamar a los presbíteros de la comunidad cristiana de Éfeso. Cuando se presentaron, les dijo:

“Bien saben cómo me he comportado entre ustedes, desde el primer día en que puse el pie en Asia: he servido al Señor con toda humildad, en medio de penas y tribulaciones, que han venido sobre mí por las asechanzas de los judíos. También saben que no he escatimado nada que fuera útil para anunciarles el Evangelio, para enseñarles públicamente y en las casas, y para exhortar con todo empeño a judíos y griegos a que se arrepientan delante de Dios y crean en nuestro Señor Jesucristo.

Ahora me dirijo a Jerusalén, encadenado en el espíritu, sin saber qué sucederá allá. Sólo sé que el Espíritu Santo en cada ciudad me anuncia que me aguardan cárceles y tribulaciones. Pero la vida, para mí, no vale nada. Lo que me importa es llegar al fin de mi carrera y cumplir el encargo que recibí del Señor Jesús: anunciar el Evangelio de la gracia de Dios.

Por lo pronto sé que ninguno de ustedes, a quienes he predicado el Reino de Dios, volverá a verme. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie, porque no les he ocultado nada y les he revelado en su totalidad el plan de Dios”.

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En la lectura de hoy, San Pablo le está diciendo adiós a los líderes de la Iglesia de Éfeso. En su discurso de despedida, les dice a los líderes que ha servido al Señor en humildad y no se ha rehuido de la tarea. Él predicó la Buena Nueva de Jesucristo, a pesar de las “penas y tribulaciones” que le llegaron de personas que estaban tratando de matarlo.

Ahora Pablo se siente obligado por el Espíritu Santo para ir a Jerusalén, a pesar de que siente que “le aguardan “cárceles y tribulaciones”. Jesús también fue a Jerusalén, sabiendo que la muerte lo esperaba. Jerusalén era el lugar donde se produciría la salvación. Es por eso que Jesús le dijo a Pedro: “Apártate de mí, Satanás”, cuando Pedro quiso negar la misión de Jesús a Jerusalén. Nada debe interponerse en el camino del plan de Dios. ¿Tengo suficiente confianza en el Padre para ir a Jerusalén, aunque haya sufrimiento?

Ni Jesús ni Pablo se preocuparon por la muerte porque su misión era ser obedientes al Padre y dar testimonio del Evangelio de la gracia, amor y misericordia de Dios, a pesar de los peligros inminentes.  Pablo había compartido la Buena Nueva con todos – ahora dependía de ellos actuar. “No soy responsable de la suerte de nadie, porque no les he ocultado nada y les he revelado en su totalidad el plan de Dios”. Su conciencia estaba limpia porque había completado la misión que Dios le había dado.

¿No sería magnífico si pudiéramos resonar estas palabras de San Pablo cerca del final de nuestras vidas? ¿Podríamos decir: “He completado la misión que Dios me ha dado”? ¿Tendremos algún remordimiento en nuestro lecho de muerte?  La vida es corta. Vivamos cada día al máximo. Prediquemos el Evangelio a todos los que el Señor nos pide evangelizar. Seamos obedientes a la voluntad de Dios en cada momento de nuestra vida.

¿Podemos decir, como Pablo, “No he rehuido de anunciarles todo el designio de Dios?”  Es muy difícil ver a alguien morir cuando desearía haber hecho las cosas de manera diferente. El duelo es más desafiante para las familias cuando desean haber dicho o hecho ciertas cosas. Al final, ¿hay algo más importante que poner nuestra fe en Jesús?

¿Estoy viviendo el plan que Dios tiene para mí?

¿Me arrepiento de la forma en que he vivido mi vida?

¿Han oído mis seres queridos el Evangelio?

Si pudiera cambiar algo en mi vida ahora mismo, ¿qué sería?

Nunca es demasiado tarde para cambiar. Comienza el día de hoy pidiéndole a Dios la gracia de vivir la misión que Él te ha dado.

Martes VII de Pascua (26-Mayo-2020) 

Evangelio según san Juan 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.

He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

Tras la sublevación de los orfebres de Éfeso, reemprende Pablo sus viajes. Pasa a Grecia, se detiene en Tróade (donde devuelve la vida a un muerto durante una larguísima vigilia eucarística) y a continuación baja a Mileto, en las cercanías de Éfeso, desde donde manda a llamar a los responsables de esta Iglesia. Con ellos mantiene una amplia conversación. Se trata del tercer discurso de Pablo referido por Lucas: el primero, reflejaba la predicación dirigida a los judíos (capítulo 13); el segundo, la dirigida a los paganos (capítulo 17), y el tercero, la dirigida a los pastores de la Iglesia (Primera lectura de hoy, Hch 20, 17-27).

Se trata de un discurso clásico de despedida o de un “testamento espiritual”. San Pablo se está despidiendo de los líderes de la Iglesia de Éfeso. Hay tres características de notar:

1) La humildad en el servicio del Señor: se trata de una virtud desconocida en el mundo pagano, engrandecida y hecha apetecible por ejemplo del Señor Jesús, que vino a servir y no a ser servido;

2) El valor: Pablo ha anunciado el Evangelio “con lágrimas, en medio de las pruebas”, sin renunciar por quienes se oponen e incluso quieren quitarle la vida;

3 El Desinterés, no sólo trabajando con sus propias manos, sino impulsándose hasta decir: “Nada me importa mi vida, ni es para mí estimable, con tal de llevar a buen término mi carrera”. Pablo dice: “Pero la vida, para mí, no vale nada.” Eso me recuerda la canción de José Alfredo Jiménez y creo que en este pasaje se inspiró para componer su canción de “Caminos de Guanajuato” más conocida como “La Vida no vale nada”.  

El valor más importante es el Evangelio, no la conservación de la propia vida; para Pablo, lo más importante es lo que recogen las últimas palabras de este episodio: “Lo que me importa es llegar al fin de mi carrera y cumplir el encargo que recibí del Señor Jesús: anunciar el Evangelio… no les he ocultado nada y les he revelado en su totalidad el plan de Dios.”

Pablo se siente movido por el Espíritu Santo para ir a Jerusalén, a pesar de que siente que “le aguardan cárceles y tribulaciones”. Esto nos recuerda que Jesús también fue a Jerusalén, sabiendo que la muerte lo esperaba. Jerusalén es la Ciudad Santa, tierra de salvación. Ni Jesús ni Pablo se preocuparon por la muerte porque su misión es cumplir y hacer la voluntad del Padre, dar testimonio del Evangelio y compartir la Buena Nueva con todos – ahora dependía de ellos actuar. “No soy responsable de la suerte de nadie, porque no les he ocultado nada y les he revelado en su totalidad el plan de Dios. Su conciencia estaba limpia porque había completado la misión que Dios le había dado. Padres de familia si han educado a sus hijos con los valores del Evangelio, les han dado ejemplo, criado con humildad, valor, desinterés y ellos no han seguido el buen camino, no es su culpa. Ellos han tomado sus propias decisiones.

Ojalá que todos como San Pablo al final de nuestras vidas tengamos la dicha de decir: “He completado la misión que Dios me ha dado”. No tendremos ningún remordimiento en nuestro lecho de muerte. Recuerda que el problema no es que la vida sea corta, sino que la empezamos a vivir bien muy tarde y algunos nunca viven en plenitud.   Vivamos cada día al máximo. Me encanta la frase que nos dicen cuando nos ordenamos sacerdotes: “Vive cada Misa como si fuera la primera de tu vida, la última de tu vida y la única de tu vida”.  Y esto lo aplico para todas las cosas que realizo y cada día que Dios me permite vivir. Como decía el Santo Papa Juan Pablo II, “Quiero llegar con el tanque de mi vida vacío el día que Dios me llame.” Recuerda que al final de nuestras vidas cuando estemos en la presencia de Dios, será como ver con Él la película de toda nuestra vida. Estamos a tiempo de corregir nuestra vida y que no salgan escenas que nos avergüencen. No es demasiado tarde para cambiar. Comienza el día de hoy pidiéndole a Dios la gracia de vivir la misión que Él te ha dado con su gracia y su amor.  

 
¿Estoy viviendo mi vida como Dios quiere o como yo quiero sin hacer su voluntad? ¿Me arrepiento de la forma en que he vivido mi vida?
 

Jesús está preparando su despedida “Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti (Padre); pero ellos se quedan en el mundo’’. El Evangelio de hoy es la primera parte de la “Oración Sacerdotal” está compuesta por dos fragmentos (vv. 1-5 y vv. 6-11ª), unidos entre sí por el tema de la entrega de todos los hombres a Jesús por parte del Padre. Los vv. 1-5 se concentran en la petición de la gloria de parte del Hijo. Jesús sabe que está llegando al final de su misión en este mundo, con el gesto típico del hombre espiritual -levantar los ojos al cielo, es decir, al lugar simbólico de la morada de Dios-, da comienzo su oración.

¿Cada vez que realizas tus actividades te pones en oración?

Lo primero que pide es que su misión llegue a su culminación definitiva con su propia glorificación. Pero esa glorificación la pide sólo para glorificar al Padre (v. 2). Jesús ha recibido todo el poder del Padre, que ha puesto todas las cosas en sus manos, hasta el poder de dar la vida eterna a los que el Padre le ha confiado. Y la vida eterna consiste en eso: en conocer al único Dios verdadero y aquel que ha sido enviado por Él a los hombres, el Hijo (v. 3). La vida eterna se entiende como la vida que se adquiere a través de la fe. Ésta es participación en la vida íntima del Padre y del Hijo. De este modo, al término de su misión de revelador; profesa Jesús que ha glorificado al Padre en la tierra, cumpliendo en su totalidad la misión que el Padre le ha confiado. Jesús no quiere la gloria como recompensa, sino solamente llegar a la plenitud de la revelación con su libre aceptación de la muerte en cruz. A continuación piensa Jesús en sus discípulos, a quienes ha manifestado el designio del Padre. Éstos han respondido con la fe y así glorificarán al Hijo acogiendo la Palabra y practicándola en el amor.

¿Buscas tu glorificación o la gloria de Dios en cada una de las cosas que haces?

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

 Padre Enrique García-Elizalde

Sábado VI de Pascua (23-Mayo-2020)



Hechos de los Apóstoles18, 23-28

En aquellos días, después de haber estado en Antioquía algún tiempo, emprendió Pablo otro viaje y recorrió Galacia y Frigia, confirmando en la fe a los discípulos.

Un judío, natural de Alejandría, llamado Apolo, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, había ido a Éfeso. Aquel hombre estaba instruido en la doctrina del Señor, y siendo de ferviente espíritu, disertaba y enseñaba con exactitud lo concerniente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.

Apolo comenzó a hablar valientemente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con mayor exactitud la doctrina del Señor. Como él deseaba pasar a Grecia, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allá para que lo recibieran bien. Cuando llegó, contribuyó mucho, con la ayuda de la gracia, al provecho de los creyentes, pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando, por medio de las Escrituras, que Jesús era el Mesías.

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

En la primera lectura (Hch 18, 23-28) vemos que Pablo empieza a viajar de nuevo desde Antioquía, que se ha convertido el punto de partida y de referencia para la misión a los paganos, como lo era Jerusalén para los judíos cristianos. Sin embargo la atención ahora se dirige a la comunidad de Éfeso, otra ciudad importante, donde se habían detenido el fiel matrimonio de Priscila y Aquila (nótese la precedencia otorgada a la mujer). Y aquí, en ausencia de Pablo, conocen a Apolo, un notable predicador, teólogo y misionero, que enseña exactamente lo que se refería a Jesús, aunque de manera incompleta, dado que sólo conocía el bautismo de Juan. Lo mismo sucede cuando no tenemos un encuentro personal con Cristo podremos saber mucho de Él, solamente la razón, pero muy poco convivir con Él (oración-corazón). 

¿Dedicas un tiempo del día para orar en silencio y estudiar las enseñanzas de Cristo?

Frente a estas afirmaciones debemos confesar que conocemos bastante poco sobre la situación de las comunidades primitivas, sobre los circuitos de comunicación de la fe, sobre la geografía de la difusión, sobre las corrientes de pensamiento o sobre los grupos ligados a los distintos personajes. Apolo, que viene de Egipto, a donde ha llegado la Buena Noticia, ¿ha sido convertido por los discípulos de Juan que conocieron a Jesús? La vida de las primeras comunidades es muy viva, y lo que se nos presenta en el libro de Hechos de los Apóstoles es solo una muestra  de la gran empresa de la evangelización, aunque una parte autorizada –ciertamente- por estar centrada en las dos columnas que son Pedro y Pablo; con todo, debe andar muy lejos de proporcionar un cuadro completo de la situación. Al mismo tiempo tenían lugar los acontecimientos narrados en Hechos de los Apóstoles, un gran número de misioneros, aptos y entusiastas como Apolo, recorrían el mundo anunciando la Buena Nueva.

¿Estás dispuesto a anunciar la Buena Nueva? ¿Cómo evangelizas a los demás?

También es digna de destacar la tarea de los laicos, que se permiten “corregir” a muchas personalidades, proporcionando una contribución muy importante y esencial al arraigo del nuevo “camino del Señor” en Grecia, gracias a la cultura y a la dialéctica de un Apolo “puesto al día”. Toda la Iglesia participa en la misión de la evangelización, cada uno con sus capacidades y limitaciones, aunque con el apoyo y la maravillosa aportación fraterna de todos. Es verdaderamente maravillosa esta Iglesia fraterna, que parece tener en la cima de sus preocupaciones la difusión del Evangelio en todos los ámbitos. Ellos tenían muy presente que la vida se vive  sirviendo, porque si se vive sin servir uno no sirve para vivir plenamente.  Los niños solo saben pedir y recibir, las personas que maduran saben ofrecer y dar a los demás.

¿De qué manera sirves en la Iglesia o en tu comunidad? ¿Vives sirviendo o vives sin servir? ¿Solamente recibes de los demás o también ofreces todos tus dones a los demás? 


En el Evangelio de hoy (Juan 16, 23-28) se subraya el tema de la oración y la confianza en Dios,  “Jesús dijo a sus discípulos: ‘Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.’ ” Tenemos que tener una relación recíproca entre el Padre y el Hijo con el don de la oración. Los discípulos no estaban acostumbrados a orar en el nombre de Jesús (v.24). Ahora, sin embargo, por medio del Espíritu Santo enviado por el Padre, se ha inaugurado un tiempo nuevo en el que se pueden dirigir al Padre en el nombre de Jesús, porque su Señor, en virtud de su paso al Padre, se ha convertido en el verdadero mediador entre Dios y el hombre. Jesús es el puente entre Dios y los hombres por ser verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.

¿Reconoces a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre y no como un hombre especial?

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

Viernes VI de Pascua (22-Mayo-2020)


Evangelio según San Juan 16, 20-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.

Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada”.

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

En la primera lectura (Hch 18, 9-18) nos presenta información de utilidad: los hechos se desarrollan hacia el año 51-52, que es cuando el procónsul Galión, era procónsul de Acaya,  se encontraba en Corinto. Este actúa de manera inteligente como “laico”: no quiere entrometerse en cuestiones religiosas. A su modo de ver, las cuestiones por las cuáles los judíos someten a Pablo son discusiones internas al judaísmo, cuestiones que no tienen nada que ver con su función, por eso les dice: “Si se tratara de un crimen o de un delito grave, yo los escucharía, como es razón; pero si la disputa es acerca de palabras o de nombres o de su ley, arréglense ustedes”. Lucas lo subraya con toda intención, y da muestras de apreciar tanto la neutralidad de Roma como el hecho de que las autoridades romanas en general no se mostraran hostiles, en los comienzos,  a los cristianos. Hasta salvaron a Pablo en más de una ocasión del fanatismo de sus adversarios.

  

Los judíos no se dan por vencidos  llevando la situación al extremo para hacerle la vida difícil a Pablo. ¿Te suena esto familiar? ¿Alguien te ha hecho la vida más difícil? Pero todo lo contrario a lo que ellos podrían esperar, Pablo queda confortado y confirmado en su misión: está haciendo lo que quiere el Señor.  Es el Señor quien quiere que se dedique también a los paganos y se lo revela a través de una visión, “No tengas miedo. Habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá la mano sobre ti para perjudicarte. Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo”. Esto sucede porque Pablo tiene su confianza en Dios.  

Estos continuos conflictos expresan – una vez más – la seriedad del problema del paso a los paganos para las primeras generaciones cristianas. Es casi una idea fija: ¿Cómo explicar el hecho de que el pueblo de la promesa hubiera rechazado a Jesús, mientras que éste era acogido por los despreciados paganos? Pero es el Señor – nos asegura Lucas- quien dice: “En esta ciudad hay muchos que llegaran a formar parte de mi pueblo”, como en otras muchas ciudades, un pueblo constituido por algunos judíos y por muchos paganos. Y en Corintio, donde se encontraba lo mejor  y lo peor de la cultura griega, la confrontación con el paganismo no iba a ser algo fácil: dieciocho meses en Corintio representan una verdadera iniciación en la evangelización de los gentiles. Esto nos habla de que hay que perseverar en las tareas que no son fáciles y que lo que nos cuesta trabajo por lo general es lo que vale la pena.  No es hacer lo que me gusta sino hacer la voluntad de Dios y lo que mejor conviene para la salvación de los demás.

Finalmente, concluye Pablo, casi a hurtadillas, su viaje misionero, embarcándose con Priscila y Aquila, primero con destino a Jerusalén y después hacia Antioquía. A un misionero como Pablo, quedarse durante dieciocho meses en un solo lugar, aunque fuera con provecho, pudo parecerle excesivo.

Jesús, cuando apenas ha terminado de señalar una de las constantes de la experiencia cristiana (la dura espera del encuentro gozoso y definitivo con Él: v. 20), se vale de la imagen eficaz y delicada de la mujer que va a dar a luz un hijo (v. 21) para expresar el paso de la aflicción a la alegría sobreabundante. La alegría de la mujer es doble: han terminado sus propios sufrimientos de los dolores del parto y ha dado al mundo un nuevo ser, su hijo/a. La alegría cristiana va unida al dolor, pero desemboca en la vida nueva que es la Pascua del Señor. A continuación, sigue Jesús explicando la comparación en sentido espiritual (v. 22). El dolor por la muerte en la cruz del Hijo de Dios se transformará en gozo el día de la Pascua, en una alegría sin fin que “nadie podrá quitar” a los discípulos, porque está arraigada en la fe en Aquel que vive glorioso a la diestra de Dios.

¿Tu fe está arraigada en Dios? ¿Qué es lo que te quita tu  alegría sin fin?

Jesús ha hablado del tiempo inaugurado con su resurrección; a continuación, añade “Cuando llegue ese día, ya no tendrán necesidad de preguntarme nada” (v. 23b). La expresión “ese día” no se refiere sólo al día de la resurrección, sino a todo el tiempo que comenzará con ese acontecimiento. Desde ese día en adelante, la comunidad cristiana, iluminada plenamente por el Espíritu Santo, tendrá una nueva visión de las cosas y de la vida, y el Espíritu Santo iluminará interiormente a sus miembros y les hará conocer todo lo que sea necesario. Desde el bautismo hemos recibido al Espíritu Santo y estamos llamados a vivir una vida en plenitud.

¿Te dejas guiar por el Espíritu Santo y vives plenamente tu vida?

La alegría se sobre pone al sufrimiento y esto empieza en la vida del misionero como condición necesaria para lograr la alegría eclesial. Es decir, si tu vida no está llena de alegría y paz dada por el Maestro, como habrá paz y alegría en la Iglesia o en tu familia o en el mundo. El apóstol Pablo nos da ejemplo claro de ello, porque él en medio de las persecuciones que le vinieron a causa de la predicación del Evangelio, afirma: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones.” (2 Cor 7,4). Siguiendo su ejemplo los convertidos acogen “la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones.” (1 Tes 1,6). Los ministros de la Palabra están “como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos.” (2 Cor 6,10).

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 En Cristo y Santa María de Guadalupe

  Padre Enrique García Elizalde

Sábado V de Pascua (16-Mayo-2020)

Evangelio según san 15, 18-21

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”.

 

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Domingo 27 C

 

¡Ora más leyendo los Evangelios y veras lo que sucede en este año en tu vida! 

 

 

Hoy en la primera lectura (Hch 16, 1-10) como san Lucas empieza a narrar los acontecimientos misioneros de Pablo: el será el protagonista de la tercera parte de este libro. El fragmento de hoy presenta el segundo viaje misionero, ya avanzado. Entre tanto ha tenido lugar la separación de Bernabé, a causa –según san Lucas- de una diferente valoración de la persona de Juan Marcos. Pablo elige como nuevo compañero a un discípulo suyo al que siempre le unirá un gran cariño: Timoteo. Quien se convertiría como en un hijo para Pablo. Timoteo era “hijo de una mujer judía que era creyente, pero su padre era griego.” Pablo lo hizo circuncidar, aunque no viera para ello necesidad doctrinal. Pablo se hace en verdad “todo para todos” por el Evangelio. El Espíritu Santo hace las veces de guía, corrigiendo la ruta de los misioneros, dándoles fuerzas, sosteniéndolos, guiándolos, pero sobre todo estando con ellos. No se trata de una acción organizada por los planes de los hombres, aunque estén llenos de fe y de celo por el Evangelio es obra del Espíritu Santo. En la acción de Pablo, el gran evangelizador de todos los tiempos no había demasiada organización, sino una gran disponibilidad a la acción del Espíritu.

 

Juntos Pablo y Timoteo predicaron la Buena Nueva de Jesucristo y muchas personas fueron agregadas a sus números. Ellos escucharon atentamente los impulsos del Espíritu Santo y fueron a donde fueron llamados. Ellos se dejaron guiar por el Espíritu Santo en todo momento. ¡Imagina la gran influencia en la educación que Timoteo recibió siguiendo a San Pablo! ¡Qué bendición debió haber sido, ser instruido por uno de los más grandes evangelistas de todos los tiempos!  ¿De qué manera influyen los demás en mí? ¿Quién es tu mentor? ¿Has elegido seguir a personas que te inspiran a ser un mejor discípulo de Cristo? ¿Estás atento a los impulsos del Espíritu Santo en tu vida?

 

El pasaje del evangelio del día de hoy contiene una advertencia de Jesús dirigida a sus discípulos sobre el odio y el rechazo del mundo que tendrán por delante. Si la nota distintiva de la comunidad cristiana es el amor, ahora el Maestro presenta a los suyos lo que caracteriza al mundo que les rechaza: el odio (v.18). El Señor advierte y explica ese odio del mundo y emite un juicio sobre el mismo.

 

El odio del mundo hacia la comunidad cristiana es consecuencia lógica de una opción de vida: los seguidores del Evangelio no pertenecen al mundo, y éste no puede aceptar a quien se opone a sus principios y opciones. Los creyentes, en virtud de su opción de vida a favor de Cristo, son considerados como extraños y enemigos. Su vida es una continua acusación contra las obras perversas del mundo y un reproche elocuente contra los malvados. Por eso es odiado y rechazado el hombre de fe.

 

Pero ¿Cómo se manifiesta el odio del mundo contra los discípulos? Mediante las persecuciones que han de padecer los creyentes por el nombre de Cristo. No son en verdad estas pruebas las que deben desanimar a los discípulos en su camino de fe ni en su misión de evangelización. También su Señor experimento la incomprensión y el rechazo hasta la muerte (v. 20). Es más, la persecución y el sufrimiento son una de las condiciones de la gloria que toda la comunidad cristiana debe compartir con su Salvador. La suerte de los discípulos es idéntica a la de Cristo: si éste ha sido perseguido, también lo serán sus discípulos; si éste fue escuchado, también lo serán los suyos (vv. 20ss).

 

Hoy recuerda que si pretendes vivir según tus convicciones de fe, no debe sorprenderte encontrar a tu alrededor la indiferencia o la hostilidad. No debe deprimirte que los medios de comunicación social se rían a menudo de manera sutil del estilo de vida cristiano, o que cuando expreses tus convicciones te vean como un anticuado/a, o que la gente te considere como alguien que pertenece a una era pasada, a una época de la que ya nos hemos despedido. Que no te abata el desaliento: eso es señal de que eres fiel a Cristo perseguido y a su Palabra de cruz. No debes entrar en crisis porque muchos no piensan en esa cruz como los seguidores de Jesús. Tú no debes de preocuparte por agradar a los demás sino a Dios. Estamos en el mundo pero no pertenecemos a este mundo.

 

¡Qué tengan un fin de semana llena de bendiciones!

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

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Padre Enrique García Elizalde