Viernes de la 1a Semana del Tiempo Ordinario (18 de enero de 2019)

MARCOS 2:1-12

 

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”

Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados – le dijo al paralítico –: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”

 

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 ¡Ora diez minutos diarios leyendo los Evangelios y verás lo que sucede en este año en tu vida!

 

Hoy comenzamos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Teniendo presente este anhelo, nacido desde el mismo corazón de Cristo, los invito a rezar devotamente en esta semana para que un día se llegue a la plena unidad de todo el Cuerpo de Cristo. El deseo de Jesús es “que todos sean uno…para que el mundo crea” (Juan 17, 21). Unámonos con el Papa y toda la Iglesia (comunidad de creyentes y bautizados) para dirigir nuestras peticiones a Dios Padre a través de Jesucristo para que las atienda favorablemente (Ver Juan 14, 13).

 

Hoy se realiza también en Washington, DC la Marcha Nacional en defensa de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, esperándose además que el Congreso o la Corte Suprema de los Estados Unidos ratifique lo que la Iglesia ha enseñado desde siempre: que el ser humano es “persona” desde el momento mismo de la concepción y por ende ponga fin al flagelo criminal del aborto, que ya ha cobrado más de 65 millones de vidas en los Estados Unidos desde 1973.

 

Después de completar su predicación por toda Galilea(1, 39), Jesús volvió a Cafarnaúm, a casa (probablemente la de Pedro); donde su presencia y mensaje han atraído a tanta gente, que ya no había sitio (1, 33). Jesús toma la oportunidad para cumplir con su misión para la cual ha venido, y a la misma que sus discípulos continuarán después de su resurrección (Mc 16,20): predicar la Buena Nueva, el Evangelio (1, 38; 1,15).

 

Mientras Jesús predicaba a la multitud, cuatro hombres que cargaban a su amigo paralítico en una camilla tenían problemas para acercarse a Jesús. A menudo aquellos que desean acercarse a Jesús se les presentan diferentes obstáculos (7, 27; 10,13 y 48). Ellos tienen una doble barrera: cargarlo y no poder acercarse. Ellos no se dan por vencidos, se las ingenian y luchan por sobre pasar los obstáculos que se les presentan. Lo cargan hasta el techo encima de donde estaba Jesús, hacen un agujero y por allí lo bajaron. Ante el daño al techo, ni Pedro (de quien tal vez es la casa) ni Jesús les reprochan a estos hombres, antes bien se exalta su fe.

 

¿Tus amigos te llevan a Dios?

¿Cómo ayudas a tus amigos y los llevas ante Jesús para que los sane?

¿Luchas ante los obstáculos para llevar a otros a Jesús o prefieres darte por vencido?

 

 No es claro si el paralítico tiene fe, pero la fe de sus amigos es suficiente para cargarlo y llevarlo ante Jesús y El con amor y misericordia le dice: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. La raíz de una parálisis más profunda es la herida interior que viene del pecado. En el Antiguo Testamento, la enfermedad se ve como castigo de Dios a su pueblo por la infidelidad a su Alianza (Dt 28, 21-35), aunque es algo contrario a la intención de Dios es consecuencia del pecado (2 Cro 26, 16-21; Sal 38, 2-18). No significa que la enfermedad sea atribuida a una falta personal: por ejemplo Job y el Siervo Justo del libro de los Salmos; a veces se la atribuyen a la de un familiar (Jn 9,2).

 

¿Tu fe es lo suficientemente grande para acercar a los demás a Jesús?

¿Has acercado a tus hijos a bautizar o recibir la Sagrada Comunión?

¿Te preocupas más por darle lo material a tu familia o por acercarla a Dios?

¿Hace cuánto que no te confiesas?

 

Los escribas quienes conocen la Ley, saben que el perdonar los pecados sólo le corresponde a Dios (Sal 51; Is 43, 25), por eso piensan que es una blasfemia. Jesús al hacerles saber lo que piensan les da la primera evidencia de que es Dios, que puede perdonar los pecados, porque soló Dios puede ver lo que hay en el corazón del hombre (1 Sam 16, 7; Jer 11, 20; Sir 42, 18). Otra evidencia que Jesús les da de su divinidad es al sanarlo (interior y exteriormente). Lo interior no es fácil de comprobar pero para que no haya duda alguna lo sana exteriormente. Cuando Jesús sana nuestro interior se refleja en nuestro exterior. Somos capaces de levantarnos inmediatamente, ponernos en movimiento cargando nuestra camilla sin estar atados a ella y a través de nuestras acciones los demás den gloria a Dios.

 

¿Dan gloria a Dios los demás al ver tus acciones?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Señor, gracias por poner personas en mi vida que me acercan cada día mas a ti mi Salvador. Gracias por la fe de mis padres, hermanos y amigos, especialmente de toda tu iglesia porque por sus oraciones y suplicas con fe de ellos TÚ me sanas y atiendes mis necesidades. Gracias por darme la sabiduría y fuerza necesaria para tomar control de mi vida y seguir adelante, y no que algo (camilla) o alguien (critica de los demás, algunos escribas) controlen lo que soy y hago. Señor transforma y sana mi cuerpo, mi mente y mi espíritu para que renovada mi vida puedan dar gloria los demás por mis palabras y acciones.

Señor, Dios de amor y bondad y Padre de todos los creyentes en Cristo concédenos sabiduría para terminar con las divisiones e infunde en nosotros una fe inquebrantable para luchar en defensa de la vida humana en todas sus etapas.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

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Jueves de la 1a Semana del Tiempo Ordinario (17-I-2019 – Memoria de San Antonio Abad)

Evangelio según san Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

 

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 ¡Ora diez minutos diarios leyendo los Evangelios y verás lo que sucede en este año en tu vida!

 

“Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: «Si tú quieres, puedes curarme».” (Marcos 1, 40).

 

En el evangelio de hoy se nos presenta la sanación de un leproso que representa a cada uno de nosotros ante las consecuencias del pecado en nuestras vidas y, como Jesús nos libera de nuestros males y restaura nuestra relación con Dios, pero exige que nos acerquemos y confiemos en Él.

 

En la antigüedad la lepra era incurable, por lo tanto,  quien era diagnosticado estaba condenado a la muerte. En el contexto judío la lepra era considerada igual a la muerte y, por ello, curarla equivalía a resucitar a un muerto, y era, por tanto obra de Dios (ver 2 Re 5,7). La lepra marginaba a quien la padecía y lo obligaba a vivir al margen del Pueblo de Dios (ver Lev 13, 45-46), una enfermedad que dañaba no solo el cuerpo sino también la relación con Dios y los miembros de su pueblo. Peor aún, el leproso era impuro y esto le prohibía entrar en el templo, el lugar santo donde habita Dios.

 

¿Cuál es la lepra que me margina y aleja de Dios y de los demás?

 

El leproso al acercarse a Jesús sabe que rompe con la restricción de la Ley, pero él toma el riesgo, se arrodilla, que es un signo de suplica y reverencia (Salmo 22, 30; 95,6). Su suplica, “”Si tú quieres”, muestra su absoluta confianza en el poder de Jesús. El leproso va al punto, “puedes curarme”.

 

¿Confías en que Jesús puede sanarte y ayudarte en tus problemas?

 

Esto conmueve a Jesús y Él se compadeció de él. Jesús, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!”  Nuestra total confianza en Jesús, en su voluntad (si tú quieres), nuestras suplicas, adoración (reconocerlo como Señor); mueven su corazón a la compasión y a limpiarnos de nuestras impurezas.  Al tocar al leproso, Jesús no queda impuro por la lepra, sino al contrario, de inmediato al leproso “se le quitó la lepra y quedó limpio”.

 

Podemos ver que la curación milagrosa que obra Jesús tiene tres aspectos que podemos entender: el espiritual, el del alma y el físico.

 

La dimensión física es la más evidente, porque vemos al leproso de rodillas y a Jesús que extiende la mano y lo toca para curarlo y sucede el milagro “inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.”

Pero luego está el ámbito de la mente y de las emociones. Se entendía que la lepra era contagiosa, por lo que este hombre tenía que vivir aislado de su familia y de la sociedad, aparte de que había perdido su trabajo y su lugar en la comunidad. Al verlo Jesús se conmovió y tuvo compasión, por eso desde el corazón amoroso y lleno de ternura le contesta: “Quiero. Queda limpio.” Así, el hombre quedó sano no sólo en su cuerpo, sino también en su alma, porque ahora finalmente pudo volver a casa, integrarse a la sociedad, ir a reuniones y cualquier lugar público sin ser rechazado. Dios nos sana de nuestras emociones y nuestra mente, de toda nuestra vida.

 

En cuanto a la dimensión espiritual, siempre se ha pensado que este episodio es una alegoría de la lepra del pecado, que carcome el alma. Al recuperar la salud completa, este hombre puede reincorporarse a la sinagoga y a adorar a Dios. ¡Ha recuperado su vida espiritual! Ahora este hombre puede entrar al templo y elevar sus suplicas a Dios porque Jesús mismo, Palabra de Dios hecha carne, lo ha sanado y transformado.

 

Ahora bien, tú eres igualmente una increíble y maravillosa creación de Dios, quien quiere sanarte, limpiarte, restaurarte y bendecirte en tu persona completamente para que sanes en todas las áreas de tu vida y seas plenamente feliz, es decir, tengas paz contigo mismo, con los demás y con Dios. Que te aceptes tal y como eres y luches por buscar ser lo mejor de ti.

 

En ninguna parte se aprecia mejor esto que en la santa Misa porque allí, más que cualquier otra ocasión, tú puedes conectarte con Cristo en tu cuerpo y tu alma.

Medita por un momento en cómo tu cuerpo experimenta la Misa, especialmente cuando estás en la presencia de Jesús al recibir la Sagrada Eucaristía. Haces la señal de la cruz, te arrodillas, rezas el Credo y cantas himnos religiosos. Tu alma se beneficia cuando se proclaman las lecturas bíblicas porque la Palabra viva de Dios llega a tu mente a través del oído y, por último, la Eucaristía tiene el poder de despertar tu espíritu y llevarte a la comunión con Cristo Jesús.

 

Así pues, cada vez que vayas a Misa y, en realidad cada vez que recibas el Sacramento de la Reconciliación o cualquier otro Sacramento, piensa que tú eres el hombre del Evangelio de hoy, y que Jesús toca cada parte de tu vida, la sana y la vivifica plenamente.

 

  Jesús no nos juzga y nos prepara para ser restaurados y purificados. Jesús curó al leproso a su propio costo, tuvo que quedarse afuera de la ciudad, en lugares solitarios porque después de que él contó lo que había sucedido fue prácticamente imposible para Jesús entrar desapercibido.

 

Jesús toma nuestro lugar en la cruz y muere por causa de nuestro pecado, para perdonarnos. El mejor lugar para mostrarle a Dios mi lepra es en el sacramento de la confesión, ahí  mi confianza en su misericordia mueve su corazón con amor a limpiarme de mi pecado y transformar mi vida.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Señor y Salvador mío, te doy gracias por extender tu mano y tocarme en mi cuerpo, mi mente y mi espíritu y así renuevas mi vida para que sea plena con tu Palabra y sacramentos.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Miércoles I del Tiempo Ordinario (16 de enero de 2019)

MARCOS 1:29-39

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

 

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Reto: Orar por al menos diez minutos diarios. ¡Veras las maravillas que pasaran en este año!

 

En el evangelio de hoy se nos presenta la primer sanación física, inmediatamente después del primer exorcismo. Esta es otra manifestación visible de la presencia del Reino de los Cielos. Para los evangelios, la enfermedad está cercanamente relacionada a la opresión demoníaca, como parte de la condición de la naturaleza caída y signo de dominación de Satanás sobre los seres humanos; de los cuáles Jesús vino a liberarnos (Cfr. Mt 12, 22; Mc9,20.25; Lc 13,16).

 

Jesús  después de salir de la sinagoga entra en la casa de Simón y Andrés. Tuve la oportunidad de estar en este maravilloso lugar hace dos años. Los arqueólogos han descubierto restos de unas ruinas probablemente de esta casa cerca de la sinagoga de Cafarnaúm, debajo de las ruinas de una iglesia antigua que fue construida sobre este lugar. Aquí oramos para que Jesús siga sanando a todas las mujeres enfermas, no sólo suegras, sino a todas aquellas que están pasando por una situación difícil, para que sientan como la comunidad ora por ellas (le avisan a Jesús), Él se acerca a ellas, las toma de la mano, las acompaña en sus padecimientos y les da la fortaleza y salud para que se levanten de donde el mal las tiene postradas.  Meditemos un poco más en esto.

 

No se menciona la esposa de Simón aquí, pero ella lo va acompañar después en sus viajes misioneros (1 Cor 9,5). Su madre esta postrada en cama con fiebre, en ese tiempo esto podría poner en peligro su vida. Su enfermedad era severa debido que no cumplió con sus deberes de hospitalidad al tener un invitado de honor en su casa. Los discípulos le avisaron enseguida, mostrando su responsabilidad ante los problemas de otros, aun sin saber lo que haría Jesús.

 

¿Cuándo ves los problemas de otros vas con Jesús y le avisas que lo necesitan?

¿Ante las necesidades de los demás buscas primero a Jesús para que los atienda?

 

Jesús se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. Ante nuestras necesidades Jesús siempre se acerca (Encarnación), nos toma de la mano (camina con nosotros) y nos levanta (Resurrección). “La levantó” es la misma palabra en griego que se usa para su resurrección (Mc 16,6). Esta mujer al recuperarse de su enfermedad es un anuncio de la resurrección en el último día (Mc 12, 24-26). Su inmediata reacción es modelo de lo que tiene que hacer el discípulo que ha sido sanado por Jesús, “se puso a servirles”. El verbo griego (diakoneō, servicio) después se convirtió en un término para el ministerio cristiano (Hech 6, 2), del cual deriva la palabra “diacono” (servidor). Para eso dijo Jesús que vino, “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10, 45). Esa es la forma correcta de responder ante un encuentro personal con Jesús, especialmente si nos ha sanado, necesitamos servirlo a Él y a sus discípulos, esto es a la Iglesia (la comunidad de bautizados) y a los demás. La mujer ejemplifica este servicio de manera particular en los evangelios (Mc 15, 41; Lc 10, 40; Jn 12, 2).

 

¿Qué te impide que te levantes de tus caídas?

Después de que te has encontrado con Jesús, ¿Cómo sirves a los demás?

 

El primer exorcismo y la primer sanación encienden la primera reunión multitudinaria alrededor de Jesús. Ahora es conocido como una figura pública, le llevan “a todos los enfermos y poseídos del demonio”, pero se los llevan al atardecer, cuando el sol se ponía porque las regulaciones del Sabbath (Sábado) prohibían cargar los cuerpos (Jer 17, 24). Para el Pueblo Judío los días comienzan al atardecer (Gn 1,5; Lev 23, 32), entonces el Sabbath abarca del atardecer del viernes al atardecer del sábado. Curó a muchos enfermos, eso hace Jesús con nuestras vidas porque Él es el médico y la medicina. El verbo griego curó, therapeuō, es raíz de la palabra terapia, esto implica tratamiento o tener cuidado de la persona enferma. Esto puede implicar que Jesús pasó tiempo con cada persona curándolos con amor, es decir, teniendo cuidado de ellos, no es un acto rápido y deliberado, sino que toma tiempo.

 

 

De madrugada…Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.” El evangelista nos muestra como Jesús estaba enfocado en su misión: hacer la voluntad de Su Padre – predicando la Buena Nueva, llamando al arrepentimiento, salvando almas, curando a los enfermos y expulsando demonios. ¿Qué mantuvo a Jesús enfocado en su misión? Jesús era disciplinado -levantándose temprano para orar. Su misión era hacer la voluntad del Padre, y la mejor manera de estar conectado con su misión es orar. Nos da muestra como tenemos que hacer un esfuerzo por orar, antes de empezar todas nuestras actividades. No se quedó en la cama o en la misma casa (salió), tenemos que salir de la comodidad para que las cosas cambien.

 

¿Por qué estoy dispuesto a levantarme temprano: el trabajo, la diversión, el estudio, etc.? Conozco verdaderos católicos que han cambiado su vida por despertar a las 5:00 am para orar, leer las Escrituras e ir a la iglesia a Misa o ante el Santísimo.

 

¿Pasas tiempo con las personas enfermas y los tratas con amor?

¿Eres paciente con aquellos que tienen alguna necesidad o discapacidad?

¿Eres paciente contigo mismo en el proceso de sanación de tu vida?

¿Qué vas hacer para orar, salir de tu comodidad y que tu vida cambie?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

Señor, ven a mi casa y sáname de mis enfermedades físicas, emocionales y espirituales. Acércate  a mi dolor y sufrimiento, tómame de tu mano y levántame de todo aquello que me impide servir y dar lo mejor de mí. Cúrame de todos mis males y expulsa todos los demonios que hay dentro de mí con tu palabra para que sea libre para amarte y entregarte mi toda.

Gracias por estar conmigo a través de la oración en los momentos más difíciles de mi vida y darme la confianza de que saldré victorioso porque Tú has vencido al mundo, a la muerte, al pecado y al demonio.  Gracias por amarme y estar conmigo.

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Martes I Tiempo Ordinario (15 de enero de 2019)

MARCOS 1:21-28

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.

 

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Al meditar este pasaje del Evangelio me transporté a ese lugar porque he tenido la bendición y oportunidad de visitar las ruinas de esta Sinagoga en Cafarnaúm en dos ocasiones. Por eso esta escena cobra vida para mí y la vivo con gran intensidad en mi corazón. Ruego a Dios para que cada uno de ustedes apreciables lectores y amigos tengan la bendición de poder algún día a Tierra Santa a conocer los lugares maravillosos donde Jesús caminó, predicó y realizó un sin fin de milagros. Estar allí es transportarse a tiempos de Jesús y comprender mejor las Sagradas Escrituras.

 

Al presentarnos una jornada típica del ministerio de Jesús, Marcos nos hace acercarnos al ministerio de su persona a través del impacto que ésta produce en la gente. Jesús enseña los sábados en la sinagoga, como los rabinos, pero la sorprendente autoridad de sus palabras es muy diferente. Él “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Jesús habló desde su propio ser, mientras que los escribas recibieron su autoridad del exterior. Jesús habla desde Su relación con el Padre, por eso es poderosa y transformadora su palabra. Su autoridad vino directamente de su relación con Dios Padre. Jesús no se limita a repetir y a comentar la tradición: la suya es “una doctrina nueva llena de autoridad”, que socava las costumbres tranquilizadoras y suscita en los corazones una pregunta inquietante: “¿Qué es esto? …” (v.27).

 

Sin embargo, hay “alguien” que da muestras de conocer bien al nuevo Maestro y grita fuerte la identidad de Jesús para comprometer el desenlace de su misión forzando sus tiempos y sus modalidades. El “espíritu inmundo” había podido ocupar un hombre sin ser molestado y permanecer sin ser advertido en un lugar de culto hasta que entró en la sinagoga “el Santo de Dios”. Su venida desenmascara al “padre de la mentira” (Jn 8, 44), que reconoce en Jesús a su enemigo, su ruina (Mc 1, 24). ¡Qué curioso que el espíritu inmundo (hombre poseído) está en la sinagoga!

 

¿Qué enseñanza nos quiere dar el evangelista? Mientras no esté Jesús, “el Santo de Dios”, en nuestras vidas podemos ser esclavos del enemigo. No basta con saber quién es Jesús, porque hasta el demonio lo sabe, sino hay que hacer su voluntad. Hay personas en la Iglesia que creen que es suficiente con tomar cursos o saber sobre Jesús, pero su vida no cambia, no hacen la voluntad de Dios.

 

“Jesús le ordenó: ‘¡Cállate y sal de él!’” Con dos breves, órdenes Jesús libera al hombre poseído por el demonio: es su primer milagro y tiene un valor programático. De este modo indica Marcos que Jesús ha venido a traer el Reino de Dios venciendo el dominio de Satanás y caracteriza toda la misión de Cristo como un encuentro frontal -hasta la muerte y, aún más, hasta al resurrección- contra el mal. Los exorcistas judíos empleaban largas fórmulas, encantamientos, ritos; a Jesús le basta con una palabra para hacer callar el estrépito del demonio y devolverle al hombre su dignidad. “El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia”, eso hace el enemigo con quien se esfuerza en cumplir la voluntad de Dios pero finalmente la gracia de Dios hace que salga el mal de la persona.

 

Crece el estupor de los presentes y la maravilla inquieta a los corazones acostumbrados también a las cosas de Dios: ¿quién es, pues, Jesús? Esta es una pregunta clave para cada uno de nosotros: ¿Quién es Jesús para ti? ¿Qué lugar ocupa Jesús en tu vida? ¿Qué espíritus inmundos (vicios, pecados, culpas, frustraciones, maldad, etc.) hay en tu vida que necesitan ser expulsados por Jesús a través de la confesión?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

Señor, expulsa con tu palabra poderosa todos los espíritus inmundos: vicios, pecados, culpas, frustraciones, maldad, envidias, rencores, deseos impuros y toda maldad que hay dentro de mí y no me permiten ser libre para amarte y entregarte mi toda.

Ayúdame a hacer una buena confesión de mis faltas y no permitas que el enemigo se esconda dentro de mí,  en mis pensamientos, deseos, emociones y en mi vida entera.  No permitas que me sacuda con violencia, pero si así fuera dame tu gracia,  fuerza y misericordia para poder vencerlo con tu poder.

Gracias por estar conmigo en los momentos más difíciles de mi vida y darme la confianza de que saldré victorioso porque Tú has vencido al mundo, a la muerte, al pecado y al demonio.  Gracias por amarme y estar conmigo.

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Lunes I del tiempo ordinario

Evangelio según san Marcos 1, 14-20

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús.

 

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Hemos empezado el tiempo ordinario y la primera lectura de hoy (Heb 1, 1-6) nos habla como Dios “en distintas ocasiones y de muchas maneras habló” a nuestros padres, por boca de los profetas y ahora, “nos ha hablado por medio de su Hijo”, quien es “es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser” y merece ser glorificado y adorado.

 

La liturgia del tiempo ordinario nos pone en camino con Jesús, “inmediatamente dejaron…y lo siguieron” (v.17), a fin de ir descubriendo, de una manera progresiva, su misterio y nuestra auténtica identidad. El fragmento de hoy recoge en síntesis el comienzo de su ministerio público. Jesús se inserta en el surco preparado desde los profetas hasta Juan el Bautista, precursor de Cristo incluso en el en el desenlace de su misión (v.14, literalmente: “entregado”). Sin embargo, su novedad es absoluta, porque Jesús no anuncia ya lo que Dios quiere llevar a cabo, sino que realiza el cumplimiento de las promesas divinas y de las expectativas humanas: el Reino de Dios y la salvación se vuelven una realidad presente con Él. Su misma persona es el Reino, el Evangelio (1, 1); Él inaugura el tiempo favorable (kayrós) en el que Dios somete a las fuerzas que disminuyen la vida del hombre (v. 15ª).

 

Se trata de un mensaje espléndido y, al mismo tiempo, comprometedor, puesto que la obra de Dios solicita nuestra respuesta, una respuesta que se compone de conversión (cambiar de mentalidad y de orientación nuestros propios pasos) y de adhesión de fe a la alegre noticia. La vocación de los primeros discípulos nos ofrece un ejemplo práctico. A diferencia de la costumbre judía, en la que eran los discípulos quienes escogían, a su ‘rabí’, ahora la iniciativa corresponde, significativamente, a Jesús: es Él quien llama a algunos para que le sigan, para que sean discípulos suyos. Jesús pasa por la vida cotidiana de los hombres, ve con una intensa mirada de amor y de conocimiento, invita y promete una condición nueva.

 

Esta llamada se repite: es una invitación que se extiende, una alegría que se multiplica, un acontecimiento que también nos llega a nosotros, hoy. El que cree en el mensaje de Jesús cambia de estilo de vida deja el pasado, las seguridades, los afectos: “Se ha cumplido el plazo”, es preciso aprovechar la ocasión de gracia. “Está llegando el Reino de Dios”: a nosotros nos corresponde elegir si entramos en él. “Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron” (vv. 18.20b).

 

¿Estás dispuesto a dejar tu vida ordinaria para seguir a Jesús y vivir de manera extraordinaria?

¿Qué te impide seguir a Jesús y dejar todo aquello que no te hace pleno?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Señor, ayúdame a dejar todo aquello que me impide ser feliz, ser pleno y seguirte con todo mi corazón.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Baptism of the Lord (Bautismo del Señor, más abajo)

Lk 3:15-16, 21-22

The people were filled with expectation,
and all were asking in their hearts
whether John might be the Christ.
John answered them all, saying,
“I am baptizing you with water,
but one mightier than I is coming.
I am not worthy to loosen the thongs of his sandals.
He will baptize you with the Holy Spirit and fire.”

After all the people had been baptized
and Jesus also had been baptized and was praying,
heaven was opened and the Holy Spirit descended upon him
in bodily form like a dove.
And a voice came from heaven,
“You are my beloved Son;
with you I am well pleased.”

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 Today we begin Ordinary Time in the Catholic liturgy with the feast of the Baptism of the Lord in the Jordan, which in turn, closes the Christmas Season. While, of course, the mystery of Christian salvation begins with the incarnation of the Word (what we celebrate at Christmas), in reality all the evangelists consider the baptism of Jesus of Nazareth as the beginning of his public life, of his ministry and, therefore, of his work of redemption in favor of the whole human race.

 

“The people were filled with expectation, and all were asking…whether John might be the Christ.” St. Luke contextualizes the event of the baptism of Christ in the atmosphere of expectation of the people for the Messiah. From the Greek word prosdokóntos, “be in expectation”, it is a spiritual attitude that turns us to the future. Consider the present situation from the point of view of what was expected from God and the appearance of the Messiah. Israel awaited the arrival of the Messiah and his definitive action in favor of the kingdom of God. For St. Luke, the baptism of Jesus is precisely God’s response to these expectations.

 

In what sense does the baptism of Christ meet Israel’s expectations? It was not an earthly, political, and violent response, as most expected. The believing community sees the sign of the Trinity in the baptism of the Son, the true meaning of messianism and the liberating work of God. Let us not forget that baptism was first and foremost a sign of confession of sins. However, Christ did not have sins, so how could he confess them? Why was he baptized? Professor Duquoc of Christology states “Jesus is declared Messiah…refers to one of the songs of the servant in Isaiah. The servant is the one who bears the sins of his people. The first act of Jesus consisted of a submission to the confession of sins. He does not distance himself from the history of men. It is true that it was not an individual confession. John, in his Gospel, refers us to some of Christ’s words: “Which of you convicts me of sin?” (Jn 8:46). These words give us the understanding that Jesus was aware of his communion with God, his Father. The servant is not separated from men, but takes their sins upon himself. He becomes supportive of our humanity until his death. It is already suggested in the confession of sins, since death and sin have an intrinsic connection. Jesus confesses sins, but Jesus is not a sinner. He does not confess them for himself, but for us. With his baptism, Jesus takes humanity into its sinful reality and with his Spirit transforms humanity fulfilling its expectations. According to Matthew 4:1, after his baptism the Spirit leads Jesus into the desert to be tempted by the devil. “[1]

 

“… I am baptizing you with water, but one mightier than I is coming. I

am not worthy to loosen the thongs of his sandals. He will baptize you with

the Holy Spirit and Fire.” The Greek word used by Luke is isjyróteros, “the

strongest”. Now, the “Mighty One of Israel”, according to the Old Testament, is Yahweh

[2]. John indicates a difference between his baptism “with water” (a sign of repentance),

and the baptism that Jesus brings us. The expression “He will baptize you with Holy

Spirit and Fire”, which in Greek is autó hymás baptízei en pnéumati hagío kai pyrí,

literally: “he will immerse you in divine storm and fire”. Indeed, pneumatos is a term

that can have several translations, one of which is “spirit”. In general, it alludes to the

sudden hurricane winds of the Sinai. While John only had eyes to see the impending

punishment on the sinful people, God is thinking of very different categories. The

“storm” will hit, indeed, but not on all the people (who are guilty), nor on the enemies of

Israel (impure nations and “atheists”), but only on one: He who submerges himself in

water to assume the sin of all and therefore recognized by the Father as “the beloved

Son” in whom he is pleased, JESUS CHRIST.

 

“After all the people had been baptized and Jesus also had been baptized and was praying, heaven was opened and the Holy Spirit descended upon him in bodily form like a dove.” After the baptismal experience, Jesus becomes absorbed in prayer, in an intimate dialogue with the Father. The Son’s prayer, his dialogue with the Father, is resonance of the dialogue that manifests itself tangibly in the presence of the Holy Spirit.

 

St. Luke wants to convey to us that only in constant dialogue with the Father,

assuming the misery and pain of sinners, can we receive the liberating gift of the Spirit

that opens the doors to the absolutely transforming experience of filiation (Sons of God),

Every believer passing from the condition of sinner to that of a beloved son or daughter,

in whom the Father is pleased. How wonderful is this!

 

Prayer can do everything, because it changes the heart, transforms the soul,

opening it up to the irruption of the divine Spirit, who molds it in the image of the Son

and directs it with the almost irresistible force to the Father. A person who prays

faithfully cannot continue in sin or remain tied to his fears and complexes; he sees

sadness banished from his heart and experiences the birth of supernatural joy that

nothing nor nobody can take away.

 

Here is an epiphany, an experience reserved in the intimacy of the heart of Jesus;

a mystic “vision” and “hearing” which confirm Him in the sense of his mission as

Messiah. The mention of the “form like a dove” represents the permanent action of the

Spirit in the work of salvation.

 

“You are my beloved Son; with you I am well pleased.” God longs to

please man, his exalted creature, living him as a beloved son. Sin, until now, has made it

impossible. However, with Christ’s coming among humanity everything begins to be

different, the Father can now have hope.

 

Our task, as disciples of the beloved Son, is to receive the Spirit that also

transforms us, and to invest all the energy of our hearts in making this the victory of

God over every human heart on earth: the salvation of all. Ordinary Time could not have

commenced at a better moment than a time to live it in an extraordinary way with the

power of the Spirit. Indeed, what is Christian life without the Holy Spirit? It is a

marriage without love, a flower without perfume, a body without life. We must receive

the Holy Spirit, “Lord and giver of life.” “Lord” because it indicates what the Spirit is

(God of the same nature as the Father and the Son). The expression “life giver” indicates

what the Holy Spirit does, gives life. Our parents give us natural life or body; however,

they cannot give us supernatural life, soul, or eternal life. Jesus said to Nicodemus:

“Truly, truly, I say to you, unless one is born of water and the Spirit, he cannot enter the

Kingdom of God. That which is born of the flesh is flesh, and that which is born of the

Spirit is spirit “(See John 3: 4-6). Therefore, the first condition to receive the Holy Spirit

is to be reborn from water and Spirit, that is, to receive baptism. From Jesus’ baptism,

we naturally continue to speak of our baptism. On the day of Pentecost, Peter said to the

people: “Repent, and be baptized every one of you in the name of Jesus Christ for the

forgiveness of your sins; and you shall receive the gift of the Holy Spirit.”(Acts 2, 37s.).

Baptism is the door of entry into salvation. Jesus himself in the Gospel says:

“He who believes and is baptized will be saved; but he who does not believe will

be condemned.”(Mark 16:16). Believing leads us to accept living the life of Christ in us

and letting ourselves be guided by his Spirit.

 

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[1] Cfr. C. DUQUOC, Cristología. Ensayo dogmático sobre Jesús de Nazaret,

Sígueme, Salamanca 1985, 54-55

[2] “Therefore the Lord says, the LORD of hosts, the Mighty One of Israel: Ah, I

will vent my wrath on my enemies, and avenge myself on my foes. I will turn my hand

against you and will smelt away your dross as with lye and remove all your alloy.” (Is 1:

24-25)

Fr. Enrique Garcia

 

Read the Bible, trust in the Lord’s mercy, and your life will transform!

 

“Lord, help me to listen for your voice of truth.  I want to rejoice that you are leading me to your kingdom”. 

 

In Christ and Our Lady of  Guadalupe!

 

Fr.  Enrique García

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Domingo del Bautismo del Señor

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas         3, 15-16. 21-22

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

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Hoy comenzamos el Tiempo Ordinario en la liturgia católica con la fiesta del Bautismo del Señor en el Jordán que, a su vez, cierra el Tiempo de Navidad. Si bien, como es lógico, el misterio de la salvación cristiana da inicio con la encarnación del Verbo (lo que celebra la Navidad), en realidad todos los evangelistas consideran el bautismo de Jesús de Nazaret como el inicio de su vida pública, de su ministerio y, por lo tanto, de su obra de redención a favor de todo el género humano.

 

 “…el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías…” San Lucas contextualiza el acontecimiento del bautismo de Cristo en el ambiente de expectación del pueblo por el Mesías. Del griego prosdokóntos, “estar a la expectativa”. Se trata de una actitud espiritual que hace volverse al porvenir, considerar la situación presente a partir de lo que se espera de parte de Dios para un futuro no precisado más que por la aparición del Mesías. Todo Israel esperaba la llegada del Mesías y a su acción definitiva en favor del reino de Dios. Para san Lucas el bautismo de Jesús es precisamente la respuesta de Dios a dichas expectativas.

 

¿En qué sentido el bautismo de Cristo satisface las expectativas del pueblo? No un mesianismo terreno, político y violento, como la mayoría esperaba. La comunidad creyente, ve en el signo realizado por la Trinidad, en el bautismo del Hijo, el verdadero sentido del mesianismo y de la obra liberadora de Dios. Porque el bautismo, no lo olvidemos, era ante todo un signo de confesión de los pecados. Pero Cristo no los tenía, ¿cómo podía confesarlos? ¿Por qué se hizo bautizar? El profesor Duquoc de Cristología afirma que “Jesús es declarado Mesías, es decir, remite a uno de los cánticos del siervo en Isaías. El siervo es aquel que lleva los pecados de su pueblo. El primer acto de Jesús consiste en someterse a la confesión de los pecados. No se pone a distancia de la historia de los hombres. Es verdad que no se trata de una confesión indi­vidual. Juan, en su evangelio, nos refiere unas palabras de Cristo: «¿Quién de ustedes puede probar que soy pecador?» (Jn 8, 46). Estas palabras nos dan a entender que Jesús tenía conciencia de su comunión con Dios, su Padre. El siervo no está separado de los hombres, sino que toma sobre sí sus pecados. Él se hace solidario de nuestra humanidad hasta su muerte. Está ya como sugerida en la confesión de los pecados, ya que la muerte y el pecado tienen una vinculación intrínseca. Jesús confiesa los pecados, pero Jesús no es pecador. No los confiesa para sí, sino para nosotros. Jesús con su bautismo toma a la humanidad en su realidad pecado­ra y con su Espíritu transforma a la humanidad y llena sus expectativas. Según Mateo 4,1, tras su bautismo el Espíritu conduce a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo.»[1]

 

“…Yo los bautizo con agua; pero viene otro más poderoso que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego…”. La palabra griega utilizada por Lucas es isjyróteros, “el más fuerte”. Ahora bien, el “Fuerte de Israel”, según el Antiguo Testamento, es Yahvé[2]. Juan hace una diferencia de su propio bautismo “con agua” (en señal de arrepentimiento), con el bautismo que Jesús nos trae. La expresión “Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego”, que en griego es autó hymás baptízei en pnéumati hagío kai pyrí, literalmente sería: “él los sumergirá en tormenta divina y fuego”. En efecto, pnéumatos es un término que puede tener varias traducciones, una de las cuales es “espíritu”. En general, alude al viento huracanado de las tormentas repentinas del Sinaí. Mientras que Juan sólo tenía ojos para ver el castigo inminente sobre el pueblo pecador, Dios está pensando en categorías muy diversas. La “tormenta” caerá, efectivamente, pero no sobre todo el pueblo (que es culpable), ni sobre los enemigos de Israel (naciones impuras y “ateas”), sino sobre uno solo: Aquel que se sumerge en las aguas para asumir el pecado de todos y por ello puede ser reconocido por el Padre como “el Hijo amado” en quien él se complace, JESUCRISTO.

 

“…Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma…” Tras la experiencia bautismal, Jesús queda absorto en oración, en diálogo íntimo con el Padre. La oración del Hijo, su diálogo con el Padre, es resonancia del diálogo que se manifiesta tangiblemente en la presencia del Espíritu Santo.

 

San Lucas quiere transmitirnos que sólo en el diálogo constante con el Padre, asumiendo la miseria y el dolor de los pecadores del mundo, se puede recibir el don liberador del Espíritu que nos abre las puertas a la experiencia absolutamente transformadora de la filiación (Hijos de Dios), pasando todo creyente, de la condición de pecador a la de hijo amado, en quien el Padre se complace. ¡Qué maravilloso es esto!

 

La oración todo lo puede, porque cambia el corazón, transforma el alma, abriéndola a la irrupción del Espíritu divino, quien la moldea a imagen del Hijo y la dirige con fuerza casi irresistible al Padre, origen y meta última de la existencia humana. Un verdadero orante no puede seguir en el pecado, no puede permanecer atado a sus miedos y complejos, ve desterrada de su corazón la tristeza y reconoce admirado el nacimiento de la alegría sobrenatural, que nada ni nadie puede apagar en su interior.

 

Aquí hay una epifanía, experiencia que queda reservada a la intimidad del corazón de Jesús, tiene “una visión” y una “audición” místicas, que le confirman en el sentido de su misión de Mesías. La mención de la “forma de paloma” representa la acción permanente del Espíritu en la obra de la salvación.

 

“…«Tú eres mi Hijo, el amado. En ti me complazco»” Dios ansía complacerse en el hombre, su criatura excelsa, viviéndole como hijo amado. El pecado, hasta ahora, lo ha imposibilitado. Pero con la llegada de Cristo a la humanidad todo comienza a ser distinto, el Padre puede ahora tener esperanza.

 

Nuestra tarea, como discípulos del Hijo amado, es recibir el Espíritu que nos transforma también a nosotros, e invertir todas las energías de nuestro corazón en lograr que esta sea la victoria de Dios sobre cada corazón humano sobre la tierra: la salvación de todos. No podía comenzar mejor el Tiempo Ordinario para vivirlo de manera extraordinaria con la fuerza del Espíritu. En efecto, ¿qué es la vida cristiana sin el Espíritu Santo? Es un matrimonio sin amor, una flor sin perfume, un cuerpo sin vida. Debemos recibir el Espíritu Santo, “señor y dador de vida”. “Señor” porque indica lo que el Espíritu es (Dios de la misma naturaleza del Padre y del Hijo); la expresión “dador de vida” indica lo que el Espíritu Santo hace, da vida. La vida natural o del cuerpo nos la dan los padres; pero la vida sobrenatural o del alma, la vida eterna, no nos la pueden dar los padres. Jesús dijo a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne, lo nacido del Espíritu, es Espíritu” (Ver Juan 3, 4-6). Por lo tanto, la primera condición para alcanzar el Espíritu Santo es renacer del agua y del Espíritu, esto es, recibir el bautismo. Y así, del bautismo de Jesús pasamos con toda naturalidad a hablar de nuestro bautismo. El día de pentecostés, Pedro le dijo a la gente: “Que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 37s.). El bautismo es la puerta de ingreso en la salvación. Jesús mismo en el Evangelio dice:

“El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16,16). Creer nos lleva a aceptar vivir la vida de cristo en nosotros y dejarnos guiar por su Espíritu.

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[1] Cfr. C. DUQUOC, Cristología. Ensayo dogmático sobre Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca 1985, 54-55

[2] “Por eso –oráculo del Señor Yahvé Sebaot, el Fuerte de Israel-: ¡Ay! Voy a desquitarme de mis contrarios, voy a vengarme de mis enemigos. Voy a volver mi mano contra ti y purificaré al crisol tu escoria, hasta quitar toda tu ganga.” (Is 1, 24-25)

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Rey y Señor mío, enséñame a vivir como verdadero hijo amado tuyo.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Saturday after Epiphany (Jan 12, 2019) Sábado después de la Epifanía (abajo)

 

John 3:22-30

Jesus and his disciples went into the region of Judea,
where he spent some time with them baptizing.
John was also baptizing in Aenon near Salim,
because there was an abundance of water there,
and people came to be baptized,
for John had not yet been imprisoned.
Now a dispute arose between the disciples of John and a Jew
about ceremonial washings.
So they came to John and said to him,
“Rabbi, the one who was with you across the Jordan,
to whom you testified,
here he is baptizing and everyone is coming to him.”
John answered and said,
“No one can receive anything except what has been given from heaven.
You yourselves can testify that I said that I am not the Christ,
but that I was sent before him.
The one who has the bride is the bridegroom;
the best man, who stands and listens for him,
rejoices greatly at the bridegroom’s voice.
So this joy of mine has been made complete.
He must increase; I must decrease.”

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The best man… rejoices greatly at the bridegroom’s voice. (John 3:29)

 

When John speaks these words, he is not only a well-known figure throughout Israel, but he is also regarded as a prophet.  People have taken his preaching on repentance seriously, and many have flocked to him to be baptized in the Jordan River.

 

Now try to picture John as he tells his disciples that he is handing off the baton to Jesus.  He knows it’s the end of his ministry, so you might think it would be a sad and solemn occasion.  But the best man—whose job in John’s time was to arrange the wedding—is happy when he hears the bridegroom’s voice.  So it’s more likely that John is saying these words joyfully.  He is glad that Jesus is coming on the scene and that he is stepping away.  He is glad that Jesus is coming on the scene and that he is stepping away.  He is content to “decrease” so that Jesus can “increase” (John 3:30).

 

We can learn something from John’s attitude.  We all need to “decrease” in certain ways so that Christ can live more fully in us.  Perhaps we need to decrease in our impatience or our anger or our selfishness.  Perhaps gossip needs to decrease, or judgmental thoughts, or the amount of time spent online.  If you are sensing any of these things, don’t get frustrated or upset.  Rejoice instead! It means that Jesus loves you enough that he wants to become more involved in your life.

 

That’s the best part about the spiritual life.  No matter what you are asked to give up, God always promises something far greater.  No matter how much you need to change, the Holy Spirit promise that “changed you” will be so much better—happier, more peaceful, more gentle.  More like Jesus.

 

That’s how you can tell you are hearing the bridegroom’s voice, whether it comes through Scripture, a homily, a friend, or just a new thought that comes to you: his voice is never harsh or demanding.  It never leaves you feeling miserable.  On the contrary, it gives you hope that you can change.  It gives you joy that Christ is with you.

 

Although some part of you may have to diminish, Jesus will never try to diminish you.  He will only make you grow—in faith, in love, and in joy.

 

Read the Bible, trust in the Lord’s mercy, and your life will transform!

 

“Lord, help me to listen for your voice of truth.  I want to rejoice that you are leading me to your kingdom”. 

 

In Christ and Our Lady of  Guadalupe!

 

FR. Enrique García

 

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Sábado después de la Epifanía (12 de enero de 2019)

 

JUAN 3:22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.

Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”.

Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”.

 

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San Juan Bautista sabía perfectamente que debía disminuir y desaparecer. En el Evangelio según San Juan esta es la última vez que lo vemos, y ni siquiera se menciona su arresto ni su martirio; simplemente se va desvaneciendo en el trasfondo mientras la figura de Jesús va apareciendo más claramente en primer plano. Juan el Bautista había reunido muchos seguidores ya que muchos pensaron que podría ser el Mesías. Sin embargo, su misión fue señalarles a Jesús cuando llegara. Sus discípulos de Juan estaban confundidos cuando la gente empezó a ir a Jesús para el bautismo. Sabemos que Jesús es el Mesías, pero ellos no lo sabían.

 

Juan usa aprovecha cada momento para enseñar a sus seguidores más sobre la identidad de Jesús. Primero, Juan les dice que él sólo puede hacer lo que se le ha dado a él desde arriba. Es Dios Padre, que le dio a Juan la misión de preparar el camino del Señor, y él estaba cumpliendo fielmente su misión. Juan no era el Mesías, pero vino para señalar a todos a Jesús.

 

Juan nos presenta una hermosa analogía sobre la novia, el novio y el padrino. Juan era el “amigo del novio” o como diríamos hoy el “padrino de bodas” de Jesús (Juan 3,29). En la tradición judaica, el amigo del novio era el encargado de hacer los preparativos para la boda y su última función era acompañar a los recién casados hasta la recámara nupcial y luego desaparecer. Juan es el padrino, “que está allí y lo escucha” y “goza grandemente a la voz del esposo”. Jesús es el esposo y la Iglesia es la novia. Jesús ha venido a unirse con todos nosotros, la Iglesia, con el fin de llevarnos de regreso al Padre. ¡Esa es la misión y tú y yo somos parte de ella!

 

Lo más hermoso es que lo Cristo dice sobre Juan, que fue el más grande de todos los hombres (Mateo 11, 11), pero el mismo Juan no se consideraba digno de “desatarle la correa de sus sandalias” (Juan 1, 27). En cada momento y palabra de Juan descubrimos su auténtica humildad y misión. La afirmación del Bautista de que “Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”. Lo que le tocaba hacer era simplemente señalar a Jesús y luego quitarse de en medio para que las personas llegaran a conocer y amar al Señor.

 

¡Que hermosa figura de la evangelización! Los cristianos también estamos llamados a ser amigos del novio y llevar a los demás al corazón de Cristo; luego, debemos quitarnos de en medio y dejar que Jesús mismo convenza a las personas de su amor. Esto es lo que significa ser “la sal de la tierra” (Mateo5, 13), porque un poquito de sal provoca sed; demasiada produce malestar. Nuestra misión es despertar en las personas aquella sed que solamente Jesús puede saciar.

 

¿Qué puede hacer uno para que sus familiares y amigos conozcan al Señor? Los evangelizadores más eficaces son los que viven en la práctica el mismo Evangelio que predican; es decir que, incluso sin predicar, sus acciones y actitudes hablan elocuentemente de su mejor amigo, Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo nosotros? Lo mejor es contar nuestra propia historia de fe y darle al Señor el mérito por lo que ha hecho en nuestra vida; en pocas palabras, hacer lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: “Se Jesús, comparte a Jesús.”

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Rey y Señor mío, enséñame a disminuir para que tú crezcas en mí y seas dueño de mi vida.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde