Miércoles II – Tiempo Ordinario

Evangelio Marcos 3, 1-6

 

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.

 

Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados. Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes, con los del partido de Herodes, para matar a Jesús.

 

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¡Ora diez minutos diarios más y verás lo que sucede en este año!

 

  Gracias a Dios y a todas sus oraciones por mi familia; mi mamá, María Teresa, y mi  hermana, María del Carmen, están mejor de salud; aunque mi sobrina, Larisa sigue muy delicada. Les pido que sigamos unidos en oración por todas las necesidades de la iglesia, de nuestras familias y nuestro corazón. La oración es muy poderosa y para Dios no hay nada imposible.

 

 

 En el Evangelio de hoy vemos la quinta controversia, que es el clímax donde Jesús declara que es el Señor del sábado y los fariseos se han abierto a la hostilidad. La presencia de un hombre con la mano tullida en la sinagoga, en vez de despertarles compasión, se convierte en la oportunidad de traer cargos legales contra Jesús. En cuanto entra, lo están espiando con recelo para mirar si Él lo sanará en sábado y así acusarlo de quebrantar la Ley.

 

¿Cuál es tu actitud al acercarte a Jesús?

 

 

La mano que literalmente estaba seca, deteriorada y probablemente paralizada – una severa discapacidad en la sociedad donde casi todos los hombres hacían labor manual para vivir, esto implica que este hombre no tiene esperanzas de vivir y depende de los demás. El interés de los fariseos es ver si Jesús es capaz  de sanarlo a la vista de todos para acusarlo de que viola la ley del sábado.  Para los fariseos la sanación cuenta como un tratamiento médico prohibido en sábado. Jesús lejos de ser intimidado por los fariseos se asegura de que lo que está a punto de hacer, sea a la vista de todos. Jesús le dijo al tullido: “levántate”, egeirō, en griego y es usado en Mc 16,6 para referirse a la resurrección.  Esto significa no sólo la sanación física pero si una completa restauración de vida. Observemos que ante el poder de su Palabra, el enfermo quedó sano de inmediato.

 

¿Quién  o qué te paraliza para vivir como Dios manda  y no depender de nadie o de nada y ser feliz?

 

¿Confías en la Palabra de Jesús, dejas que penetre tu corazón y cambie tu vida totalmente?

 

¿Realmente no tienes tiempo para leer la Biblia a diario?

 

La retórica pregunta de Jesús sobre ¿Qué es licito? (Mc 3,4) nos recuerda a los fariseos cuando levantan cargos en contra de los discípulos (Mc 2,24). En un nivel la pregunta es obvia: es mejor hacer el bien que el mal, salvar la vida en lugar de matar en sábado como en cualquier otro día de la semana. Jesús les está mostrando una excepción a la Ley del sábado que los fariseos reconocen como legítima, por eso “ellos se quedaron callados.”

 

¿Qué haces en el día dedicado al Señor, el bien o el mal?

 

A menudo en Marcos, Jesús busca a sus alrededores a su audiencia con una mirada que penetra el corazón, el lugar interno que solo Dios puede mirar (1 Re 8, 39). A diferencia de Mateo y Lucas, Marcos nos muestra la reacción interior de Jesús: el está profundamente enojado y con tristeza por la dureza de sus corazones. Dureza de corazón significa la negación caprichosa de abrirse a Dios, una condición que a veces caracteriza también a sus discípulos (Mc 6, 52; 8,17). El enojo de Jesús es más una respuesta emocional humana.

 

¿Busco abrir mi corazón a Dios y hacer su voluntad?

 

¿Cuál es mi actitud ante la voluntad de Dios?

  

Lo ocurrido plantea la pregunta: ¿Por qué Jesús deliberadamente curó en sábado, sabiendo que esto provocaría tanto antagonismo furioso? Observa que en los 4 evangelios, cada una de las sanaciones donde Jesús toma la iniciativa son hechas en sábado. En otros días los enfermos, familiares o amigos se acercaban a buscar que Jesús los sanará, pero sólo en sábado Jesús toma la iniciativa.

 

¿Por qué Jesús prefiere tomar la iniciativa de sanar en sábado?  La declaración en Mc 2:28 e ilustrada en 3:1-6 nos da la respuesta. El hijo del hombre es Señor del sábado y ejerce su señorío por deshacer los efectos del pecado e inaugurando la nueva creación por la cual la humanidad es restaurada completamente de la vida que Dios destino desde el principio para él, y que sólo a través de Jesucristo se puede lograr al hacerlo el Señor de su vida.  De este modo Jesús cumple el propósito original del sábado: llevar a la humanidad a la comunión con Dios.

 

¿Has hecho a Jesús el Señor de toda tu vida?

¿Qué te impide que Jesús sea tu Señor?

¿Ante la voz de Jesús vas a levantarte como el hombre que tenía tullida una mano y hacer lo que Dios te pida para tener una vida nueva y ser restaurado?

 

 

¡Para Dios no hay nada imposible! (Lc 1, 37) 

San Antonio, Ruega por nosotros.

 

En Cristo,

 

Padre Enrique Garcia

 

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Martes II Tiempo Ordinario

Evangelio de San Marcos 2, 23-28

Un sábado, Jesús iba caminando entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le preguntaron: “¿Por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?”
Él les respondió: “¿No han leído acaso lo que hizo David una vez que tuvo necesidad y padecían hambre él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes sagrados, que sólo podían comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros”. Luego añadió Jesús: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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¡Ora diez minutos diarios más y verás lo que sucede en este año!

 

Mi familia y yo agradecemos de todo corazón  por sus oraciones por la salud de mi hermana María del Carmen, mi sobrina Larisa, que nació prematura (20 semanas) y mi mamá. Gracias a Dios mi mama y mi Hermana  están major, aunque no nos dan muchas esperanzas de mi sobrina, la ponemos en las manos de Dios. La oración es muy poderosa y para Dios no hay nada imposible. Sigamos unidos en oración.

 

 

 En el Evangelio de hoy se nos presenta una controversia sobre la comida en el camino y en el día sagrado (Sábado), el equivalente en la antigüedad a comida rápida. Jesús hoy nos llama a reconocerlo como Señor. Reconocer el señorío de Jesús significa que nuestra vida tiene que cambiar, que el Señor de todo cuanto somos y tenemos le pertenece.

 

  Los fariseos atacan a Jesús de algo que según ellos no está permitido hacer por la Ley en sábado (Ex 34,21) que prohíbe cosechar ese día. Aunque, Deuteronomio 23,25 hace la diferencia entre arrancar los granos para comer y cosechar, los fariseos prohíben hasta el grado extremo olvidándose del sentido de la Ley.

 

¿Has usado los mandamientos de la Ley de Dios para atacar a otros?

¿Te fijas en los errores de otros más que tratar de entenderlos por qué lo hicieron?

 

  En su comentario al Evangelio de San Mateo, San Hilario hace una comparación alegórica y dice que “Jesús al caminar entre los sembrados”, significa su paso por el mundo a través de la Encarnación, las espigas son la cosecha de las almas listas para creer en el Evangelio y estar unidos a la Iglesia por los discípulos que tienen hambre.

 

 Jesús al decirles: “¿Acaso, no han leído…?” es un insulto muy fuerte para el orgullo intelectual de los fariseos que creían saberlo todo (Mt 12,5; 19,4; 21,16 y 42; 22,31). Además, hace un paralelo con David y sus compañeros que padecían hambre (1 Sam 21, 1-6) y él y sus discípulos quienes tienen hambre. Así como David es el ungido del Señor que unió en reino de Israel, así Jesús es el Ungido de Dios (el Hijo del hombre) que va a unir a todas las naciones. Esto implica que si los discípulos son culpables de pecado, entonces David mismo sería culpable también. Así como Jesús al comparar a sus discípulos y él mismo con David y sus compañeros, Jesús compara a los fariseos con el antiguo sacerdocio (Abiatar), es decir, los fariseos representan la antigua alianza que expiró y les va a pasar lo que le pasó a Abiatar, perecer por no aceptar a Jesús, (Dios Salva, la salvación).

 

Ante la enfermedad, la perdida de un ser querido o una dificultad ¿Cuál es tu actitud? ¿Aceptas su voluntad o te enojas con Dios?  

 

  De acuerdo a Jesús, Dios dedico el Sábado al Señor para beneficio del hombre no para oprimirlo, “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.” Es decir, las cosas de este mundo están para el hombre y no el hombre para las cosas, todo lo puso Dios para nuestra salvación y hacer uso de ellas, no para ser sus esclavos.

 

¿Trabajas para vivir o vives para trabajar?

¿Usas las cosas tienes o ellas te usan a ti?

¿Tú controlas el uso del celular, el televisor, la comida, etc. o todo eso te controla y reaccionas sin pensarlo cada vez que están frente a ti?

 

 “Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Para muchos, esta es una noticia buena y liberadora. Pero para otros, es una tremenda amenaza. Si Jesús es Señor, mi ego no puede ser Señor. Mi religión no puede ser Señor, mi país, mis convicciones y mi cultura no pueden ser Señor.

 

¿Qué cosa o a quién has puesto en lugar de Dios?

¿Qué hace te falta para que Jesús sea el Señor de tus pensamientos y amistades, de tu tiempo y corazón?

 

En Cristo,

Padre Enrique García

 

Domingo II Tiempo Ordinario

Evangelio   Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa ‘maestro’). Él les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir ‘roca’).

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Escuchamos el llamado de Samuel y de los primeros Apóstoles en las Lecturas de hoy, ellas arrojan luz sobre nuestro propio llamado a ser seguidores de Cristo.

Samuel era el niño que nació por milagro de Ana, debido a que ella tenía problemas para concebir y ella le rogo a Dios en el templo que le diera un hijo. Dios escuchó su oración, le dio un hijo, a quien llamó Samuel. Asombrosamente, Ana ofreció su hijo a Dios – desde bebé ella se lo dio al sacerdote Eli para criarlo en el templo.

 

¿Qué hago con los dones y talentos que Dios me ha dado? ¿Ofrezco mis hijos a Dios en respuesta a Su generosidad conmigo?

 

Samuel está durmiendo cerca del Arca de la Alianza donde mora la gloria de Dios cuando oye una voz tres veces que dice su nombre: “Samuel, Samuel”. Este va ante el sacerdote Eli para decirle: “Aquí estoy. Me has llamado.” Eli se dio cuenta de que Dios era quien lo estaba llamando, así que lo dirige hacia Dios. La siguiente vez, Samuel le dice a Dios: “Habla, Señor, tu siervo te escucha.” Samuel escuchó la palabra de Dios y el Señor estaba con él. Y Samuel, por su palabra, convirtió a todo Israel en Señor (ver 1 Samuel 3:21; 7: 2-3).

 

Juan señala a Jesús y dice: “He aquí el Cordero de Dios.” Estas son las palabras que el sacerdote dice cuando hace la elevación del Cuerpo de Cristo en la Misa. Los discípulos también fueron dirigidos por Juan, escucharon y siguieron a Jesús. ESCUCHAR y SEGUIR, palabras que escuchamos repetidamente en el Evangelio. Ellos se quedaron con el Señor y por su palabra (predicación) y testimonio llevaron a otros a Dios.

¿Mis palabras animan o destruyen? ¿Llevan a otros a Dios? ¿Yo llevo a los demás a Dios o impido que se acerquen a Él?

Los dos discípulos inmediatamente siguen a Jesús, y les dice: “¿Qué buscan?” Hoy Él nos pregunta, “¿Qué buscan?”

 

¿Es el dinero, el poder, el placer y el honor? ¿Es la felicidad, la paz, la alegría? “¿Qué buscan?”¡Responde esta pregunta sinceramente!

 

Los discípulos responden diciendo, “¿Dónde vives?” Ellos querían pasar tiempo con Jesús. ¡Esta es la clave! Cuando pasamos tiempo con Jesús, Él cumple los deseos más profundos de nuestros corazones.

 

¿Dedico tiempo para la oración todos los días?¿Leo la Biblia y sigo a Jesús diariamente?

 

“Eran como las cuatro de la tarde.” Este Evangelio fue escrito unos 30-40 años después, pero recordaron el tiempo en que  conocieron a Jesús. Cuando nos encontramos con Jesús nuestras vidas nunca son las mismas y recordamos los detalles de nuestro primer encuentro.

 ¿Recuerdas los detalles de cuándo conociste a Jesús por primera vez?

 

Lo primero que hizo Andrés fue ir a buscar a su hermano Simón Pedro y no dudó en compartir la Buena Nueva. Y por supuesto, Simón Pedro se convirtió en Cefas, la Roca sobre la cual Jesús edificaría Su Iglesia. Imagínense lo que habría pasado si Andrés no hubiera traído a su hermano Simón Pedro a Jesús…

 

¿Después de encontrarme con Jesús, comparto la Buena Nueva con los demás?

¿A quién necesito traer a Jesús hoy?

Sábado I Tiempo Ordinario

Evangelio Mc 2, 13-17

 

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?” Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”.

 

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Hoy el evangelio nos habla de la vocación de Leví (Mateo) y de la de cada uno de nosotros. Se nos presenta a la multitud que sigue a Jesús, a quienes Él les predicaba; cuando al pasar vio a Leví trabajando, le dijo: “Sígueme”. Éste se levantó y lo siguió. Después, Jesús fue con sus discípulos para comer con Leví, y éste invito a sus amigos que se sentaron a la mesa con ellos. Allí los escribas critican a Jesús por comer con  pecadores y publicanos, y cuestionan a sus discípulos por ello. Por último, Jesús nos dice para qué ha venido.

 

Al igual que los cuatro pescadores (1: 16-20), Leví o “Mateo” (Mt 9,9)  está trabajando cuando Jesús lo llama, él lo abandona todo para seguirlo y después será llamado apóstol (3,18). Dios siempre llama a quien está trabajando, al que está ocupado en sus cosas pero dispuesto a escucharlo.

 

Tienes muchas cosas qué hacer, ¿no será que Dios está buscándote para llamarte a seguirlo?

 

 

Por ser cobrador de impuestos era despreciado como “pecador” (2,15), lo relacionaban con los paganos, por ayudar a los romanos era considerado como traidor, además de corrupto. Pero a pesar de ser mal visto por los demás Jesús se fija en él y lo llama. Jesús conoce su presente, su pasado, su vida entera pero lo llama a una misión aun mayor: a seguirlo. Él al escuchar la voz de Jesús, palabra potente y poderosa, se levanta de inmediato y lo sigue. Va en busca de la perla preciosa de gran valor (Mt 13, 45-46).

 

¿Cuál es el mayor obstáculo que pones o tienes para seguir a Jesús?

 

Hay que estar atentos ha escuchar la voz de Dios en medio de nuestra rutina diaria y de nuestro trabajo porque Jesús nos llama a levantarnos de la mesa que nos esclaviza (la que busca solamente las cosas pasajeras o materiales) para ir otra mesa: la de su Palabra y de su Presencia (la Eucaristía), la que nos da fuerza y transforma nuestra vida y la de los que están a nuestro alrededor. Busquemos saciar no solo nuestro cuerpo sino también nuestra alma. Estar a la mesa significa aceptar a la persona y mutua amistad en Oriente. Leví invito a sus amigos para que coman con Jesús, es decir, disfruten de su Palabra y su Presencia.

 

¿Invitas a tus amigos a escuchar la voz de Dios e ir a su presencia?

¿Qué estás haciendo para que muchos sigan a Jesús?

 

La maldad que se ha gestado en el corazón de los escribas va subiendo de tono, han pasado de “pensar mal de Jesús” a criticarlo /juzgarlo y compartir sus juicios con otros. A veces podemos tomamos el lugar del que critica y juzga la voluntad de Dios, en lugar de pedir sabiduría para entenderla y aceptarla.

 

 ¿Cuál es tu actitud ante Jesús, lo sigues o lo criticas?

 

¡Jesús vino a llamar a los pecadores! Y yo soy el primero de ellos a quien llama, porque el médico es para los enfermos y yo soy uno de ellos. Esto me recuerda cuando alguien se me acercó y me dijo: “Padre. Yo no voy a la iglesia porque ahí hay puros pecadores e hipócritas”. A lo que yo le contesté: “Usted, tiene razón, los que estamos en la Iglesia necesitamos del médico de almas (Jesús) para que nos sane. ¡Siempre serás bienvenida porque siempre hay un lugar para uno más.” Recuerda que para eso vino Jesús y te está esperando.

 

¡Confía en la misericordia de Dios y Él transformará tu vida!

 

En Cristo,

Padre Enrique Garcia

 

Viernes I Tiempo Ordinario

Evangelio Mc 2, 1-12

 

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”

Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados –le dijo al paralítico–: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”

 

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Después de completar su predicación por toda Galilea (1, 39), Jesús volvió a Cafarnaúm, a casa (probablemente la de Pedro); donde su presencia y mensaje han atraído a tanta gente, que ya no había sitio (1, 33). Jesús toma la oportunidad para cumplir con su misión para la cual ha venido, y a la misma que sus discípulos continuaran después de su resurrección (Mc 16,20): predicar la Buena Nueva, el Evangelio (1, 38; 1,15).

 

  

Mientras Jesús predicaba a la multitud, cuatro hombres que cargaban a su amigo paralítico en una camilla tenían problemas para acercarse a Jesús. A menudo aquellos que desean acercarse a Jesús se les presentan diferentes obstáculos (7, 27; 10,13 y 48). Ellos tienen una doble barrera: cargarlo y no poder acercarse. Ellos no se dan por vencidos, se las ingenian y luchan por sobre pasar los obstáculos que se les presentan. Lo cargan hasta el techo encima de donde estaba Jesús, hacen un agujero y por allí lo bajaron. Ante el daño al techo, ni Pedro (de quien tal vez es la casa) ni Jesús les reprochan a estos hombres, antes bien se exalta su fe.

 

¿Tus amigos te llevan a Dios?

¿Ayudas a tus amigos y los llevas a Jesús?

¿Luchas ante los obstáculos para llevar a otros a Jesús o prefieres darte por vencido?

 

 

No es claro si el paralítico tiene fe, pero la fe de sus amigos es suficiente para cargarlo y llevarlo ante Jesús y El con amor y misericordia le dice: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. La raíz de una parálisis más profunda es la herida interior que viene del pecado. En el Antiguo Testamento, la enfermedad se ve como castigo de Dios a su pueblo por la infidelidad a su Alianza (Dt 28, 21-35), aunque es algo contrario a la intención de Dios es consecuencia del pecado (2 Cro 26, 16-21; Sal 38, 2-18). No significa que la enfermedad sea atribuida a una falta personal: por ejemplo Job y el Siervo Justo del libro de los Salmos; a veces se la atribuyen a un familiar (Jn 9,2).

 

¿Tu fe es lo suficientemente grande para acercar a los demás a Jesús?

¿Has acercado a tus hijos a bautizar o recibir la Sagrada Comunión?

¿Te preocupas más por darle lo material a tu familia o por acercarla a Dios?

 

Los escribas quienes conocen la Ley, saben que el perdonar los pecados sólo le corresponde a Dios (Sal 51; Is 43, 25), por eso piensan que es una blasfemia. Jesús al hacerles saber lo que piensan les da la primera evidencia de que es Dios, que puede perdonar los pecados, porque soló Dios puede ver lo que hay en el corazón del hombre (1 Sam 16, 7; Jer 11, 20; Sir 42, 18). Otra evidencia que Jesús les da de su divinidad es al sanarlo (interior y exteriormente). Lo interior no es fácil de comprobar pero para que no haya duda alguna lo sana exteriormente. Cuando Jesús sana nuestro interior se refleja en nuestro exterior. Somos capaces de levantarnos inmediatamente, ponernos en movimiento cargando nuestra camilla sin estar atados a ella y a través de nuestras acciones los demás den gloria a Dios.

 

¿Dan gloria a Dios los demás al ver tus acciones?

 

¡Confía en la misericordia de Dios y transformará tu vida!

 

En Cristo,

Padre Enrique García

Jueves I del Tiempo Ordinario

Evangelio   Mc 1, 40-45

 

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”. Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

 

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¡Ora diez minutos diarios y veras lo que sucede en este año!

 

   En el evangelio de hoy se nos presenta la sanación de un leproso que representa a cada uno de nosotros ante las consecuencias del pecado en nuestras vidas y, como Jesús nos libera de nuestros males y restaura nuestra relación con Dios, pero exige que nos acerquemos y confiemos en Él.

 

   En la antigüedad la lepra era incurable, por lo tanto,  quien era diagnosticado estaba condenado a la muerte. En el contexto judío la lepra era considerada igual a la muerte y, por ello, curarla equivalía a resucitar a un muerto, y era, por tanto obra de Dios (ver 2 Re 5,7). La lepra marginaba a quien la padecía y lo obligaba a vivir al margen del Pueblo de Dios (ver Lev 13, 45-46), una enfermedad que dañaba no solo el cuerpo sino también la relación con Dios y los miembros de su pueblo. Peor aún, el leproso era impuro y esto le prohibía entrar en el templo, el lugar santo donde habita Dios. 

 

¿Cuál es la lepra que me margina y aleja de Dios y de los demás?

 

   El leproso al acercarse a Jesús sabe que rompe con la restricción de la Ley, pero él toma el riesgo, se arrodilla, que es un signo de suplica y reverencia (Salmo 22, 30; 95,6). Su suplica, “Si tú quieres”, muestra su absoluta confianza en el poder de Jesús. El leproso va al punto,puedes curarme”.

 

¿Confías en que Jesús puede sanarte y ayudarte en tus problemas?

 

   Esto conmueve a Jesús y Él se compadeció de él. Jesús, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Nuestra total confianza en Jesús, en su voluntad (si tú quieres), nuestras suplicas, adoración (reconocerlo como Señor); mueven su corazón a la compasión y a limpiarnos de nuestras impurezas. Al tocar al leproso, Jesús no queda impuro por la lepra, sino al contrario, de inmediato al leprosose le quitó la lepra y quedó limpio”.

 

  Jesús no nos juzga y nos prepara para ser restaurados y purificados. Jesús curó al leproso a su propio costo, tuvo que quedarse afuera de la ciudad, en lugares solitarios porque después de que él contó lo que había sucedido fue prácticamente imposible para Jesús entrar desapercibido.

 

 Jesús toma nuestro lugar en la cruz y muere por causa de nuestro pecado, para perdonarnos. El mejor lugar para mostrarle a Dios mi lepra es en el sacramento de la confesión, ahí  mi confianza en su misericordia mueve su corazón con amor a limpiarme de mi pecado y transformar mi vida.

 

 Jesús te espera en el confesionario ¿Estás dispuesto a ir a su encuentro?

 

¡Confía en la misericordia de Dios y transformará tu vida!

 

En Cristo,

Padre Enrique García

 

Miércoles I del Tiempo ordinario

Evangelio Mc 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

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Reto: Orar por al menos diez minutos diarios. ¡Veras las maravillas que pasaran en este año!

 

En el evangelio de hoy se nos presenta la primer sanación física, inmediatamente después del primer exorcismo. Esta es otra manifestación visible de la presencia del Reino de los Cielos. Para los evangelios, la enfermedad está cercanamente relacionada a la opresión demoníaca, como parte de la condición de la naturaleza caída y signo de dominación de Satanás sobre los seres humanos; de los cuáles Jesús vino a liberarnos (Cfr. Mt 12, 22; Mc9,20.25; Lc 13,16).

 

 Jesús  después de salir de la sinagoga entra en la casa de Simón y Andrés. Tuve la oportunidad de estar en este maravilloso lugar hace dos años con mis amigos Jodie y Ron Wingert de la Diócesis de Des Moines, quienes me han aceptado como parte de su familia; y la Cuaresma pasada fui con mi amigo el Padre Burke Masters y peregrinos de la Diócesis de Joliet. Ahora el meditar este pasaje cobra un sentido más profundo en mí.  Los arqueólogos han descubierto restos de unas ruinas probablemente de esta casa cerca de la sinagoga de Cafarnaúm, debajo de las ruinas de una iglesia antigua que fue construida sobre este lugar. Aquí oramos para que Jesús siga sanando a todas las mujeres enfermas, no sólo suegras, sino a todas aquellas que están pasando por una situación difícil, para que sientan como la comunidad ora por ellas (le avisan a Jesús), él se acerca a ellas, las toma de la mano, las acompaña en sus padecimientos y les da la fortaleza y salud para que se levanten de donde el mal las tiene postradas.  Meditemos un poco más en esto. 

   No se menciona la esposa de Simón aquí, pero ella lo va acompañar después en sus viajes misioneros (1 Cor 9,5). Su madre esta postrada en cama con fiebre, en ese tiempo esto podría poner en peligro su vida. Su enfermedad era severa debido que no cumplió con sus deberes de hospitalidad al tener un invitado de honor en su casa. Los discípulos le avisaron enseguida, mostrando su responsabilidad ante los problemas de otros, aun sin saber lo que haría Jesús.

 

¿Cuándo ves los problemas de otros vas con Jesús y le avisas que lo necesitan?

¿Prefieres contarle a Jesús de las necesidades de otros o se las cuentas a los demás?

 

Jesús se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. Ante nuestras necesidades Jesús siempre se acerca (Encarnación), nos toma de la mano (camina con nosotros) y nos levanta (Resurrección). “La levantó” es la misma palabra en griego que se usa para su resurrección (Mc 16,6). Esta mujer al recuperarse de su enfermedad es un anuncio de la resurrección en el último día (Mc 12, 24-26). Su inmediata reacción es modelo de lo que tiene que hacer el discípulo que ha sido sanado por Jesús, “se puso a servirles”. El verbo griego (diakoneō, servicio) después se convirtió en un termino para el ministerio cristiano (Hech 6, 2), del cual deriva la palabra “diacono” (servidor). Para eso dijo Jesús que vino, “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10, 45). Esa es la forma correcta de responder ante un encuentro personal con Jesús, especialmente si nos ha sanado, necesitamos servirlo a Él y a sus discípulos, esto es a la Iglesia (la comunidad de bautizados) y a los demás. La mujer ejemplifica este servicio de manera particular en los evangelios (Mc 15, 41; Lc 10, 40; Jn 12, 2).

 

¿Qué te impide que te levantes de tus caídas?

Después de que te has encontrado con Jesús, ¿Cómo sirves a los demás?

 

El primer exorcismo y la primer sanación encienden la primera reunión multitudinaria alrededor de Jesús. Ahora es conocido como una figura pública, le llevan “a todos los enfermos y poseídos del demonio”, pero se los llevan al atardecer, cuando el sol se ponía porque las regulaciones del Sabbath (Sábado) prohibían cargar los cuerpos (Jer 17, 24). Para el Pueblo Judío los días comienzan al atardecer (Gn 1,5; Lev 23, 32), entonces el Sabbath abarca del atardecer del viernes al atardecer del sábado. Curó a muchos enfermos, eso hace Jesús con nuestras vidas porque Él es el médico y la medicina. El verbo griego curó, therapeuō, es raíz de la palabra terapia, esto implica tratamiento o tener cuidado de la persona enferma. Esto puede implicar que Jesús pasó tiempo con cada persona curándolos con amor, es decir, teniendo cuidado de ellos, no es un acto rápido y deliberado, sino que toma tiempo. Al final, nos muestra como Jesús de madrugada, se levantó y se puso a orar. Nos da muestra como tenemos que hacer un esfuerzo por orar, antes de empezar todas nuestras actividades. No se quedo en la cama o en la misma casa (salió), salir de la comodidad para que las cosas cambien.

 

¿Pasas tiempo con las personas enfermas y los tratas con amor?

¿Eres paciente con aquellos que tienen alguna necesidad o discapacidad?

¿Eres paciente contigo mismo en el proceso de sanación de tu vida?

¿Qué vas hacer para orar y salir de tu comodidad?

  

En Cristo,

Padre Enrique Garcia