13° DOMINGO ORDINARIO – CICLO C

Evangelio Segun San Lucas 9, 51-62.

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?”
Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

Domingo XIII Tiempo Ordinario. Ciclo C

Hoy estamos celebrando el decimotercer Domingo del Tiempo Ordinario. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre nuestra vocación, el llamado que Dios nos hace a cada uno de nosotros.

En la primera lectura (1 Reyes 19, 16b. 19-21), el profeta Eliseo se convierte en el discípulo del profeta Elías. Él era de una familia bien acomodada, quien desea servir al Dios de Israel como todo buen judío. Él responde al llamado de Dios destruyendo su equipo de trabajo (arado), sacrificando la yunta de bueyes y celebrando una fiesta de despedida con sus amigos y familia. Esta celebración significa el final de esta parte de su vida y el principio de otra. Pudo haber sido que fue la causa para empezar una nueva vida con nuevos ideales, sueños, ilusiones y proyectos, dejando así atrás su pasado (no necesariamente malo) o que descubrió una manera de vivir y hacer algo trascendental para Dios y su pueblo, siendo primero discípulo y dejándose formar, aprendiendo de un verdadero maestro y eso fue motivo de celebración. Eso lo nos lo dice el texto Sagrado, pero nos invita a reflexionar ¿qué debemos dejar atrás para empezar una nueva vida? Además, si queremos estar al servicio de Dios y que Él cambie nuestra vida, debemos estar dispuestos a ser discípulos y aprender de las personas que Dios pone en nuestra vida. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?

Otro detalle importante: Dios busca a personas trabajadoras, Eliseo estaba arando. Dios nunca busca a gente floja para su servicio, de esos ya hay muchos. Si tú dices que no tienes tiempo porque tienes muchas cosas que hacer o mucho trabajo, seguramente que Dios te está buscando y te quiere a su servicio. ¿Escuchas la voz de Dios que te llama a servirle? ¿Alguna vez te han invitado a un retiro y has dicho que no tienes tiempo? ¿No vas a misa porque tienes mucho trabajo? Dios busca personas trabajadoras y tú eres uno de ellos. ¿Conoces alguna persona que sea trabajadora y que sientas que Dios lo está llamando a su servicio como sacerdote, monja, misionero, catequista, miembro del coro, etc.?

Junto con el salmista aclamemos desde lo más profundo de nuestro ser: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida.” (Salmo 15) porque solo Él es nuestro refugio y nuestra vida está en sus manos. Bendigámoslo y tengámoslo siempre presente para que jamás tropecemos. Y si le fallamos, Él nunca nos abandonará. Busquémoslo porque solo Él tiene palabras de vida eterna.   

 

En la segunda lectura (Gal 5, 1. 13-18), de san Pablo a los Gálatas, nos recuerda que nuestra vocación es a vivir en libertad, porque por el bautismo estamos injertados en Cristo y Él nos ha liberado para que seamos libres. La libertad no es hacer lo que nosotros queramos, eso es libertinaje. Libertad es buscar la perfección en nosotros, es decir, buscar lo que nos ayuda a lograr la mejor versión de nosotros mismos.  Por eso nos invita a ser servidores, porque quien ama, vive para servir; y el que no ama no sirve para vivir. Todo bautizado, por ser discípulo de Cristo y ser templo del Espíritu Santo, está llamado a Amar a su prójimo como a sí mismo. El que no ama se destruye así mismo porque fue creado por amor, para el amor y solamente en el amor se perfecciona. Lo contrario al amor es el egoísmo, y buscar solo nuestro beneficio a costa de los demás es un acto de egoísmo y destrucción personal.  

Cuando ya se acercaba el tiempo de su ascensión («el tiempo en que tenía que salir de este mundo«). Con esta expresión alude el evangelista Lucas al tiempo de la entrega de Jesús, que incluye su «ascensión» a la cruz y su ascensión a la gloria del Padre. Morir en la cruz, según una mirada meramente mundana romana, sería descender hasta lo más bajo imaginable; en el caso de Jesús, esa es, precisamente, su verdadera exaltación. Porque lo que ennoblece al hombre, lo que verdaderamente le permite encumbrarse hasta lo más alto es la vivencia radical del amor, la obediencia sin matices a la voluntad de Dios, la entrega de todo lo que se es en aras de un «bien mayor»: el de los otros, cumpliendo la voluntad de Dios. Esa es la locura de la cruz, la de considerar como bien mayor el bien ajeno, supeditando a él los bienes menores: los propios. Y es esa entrega absurda por los enemigos lo que constituye gloria para Dios. La gloria de Dios es la salvación del hombre. Por eso, Jesús cumple en el mismo gesto ambos fines: muriendo en la cruz salva a los hombres y glorifica al Padre.

«…tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén…»  Traducido literalmente del griego sería:endureció su rostro y esta expresión significa tomar una decisión férrea  («endureció») con la que se identifica todo el ser («rostro») asumiendo un único propósito, que en el caso de Jesús es emprender el viaje a Jerusalén. Es claro que dicho viaje a Jerusalén implica el destino de rechazo total y muerte que habrá de enfrentar el Salvador, por lo que cabe interpretar la «firme determinación de ir a Jerusalén» como la decisión inamovible de aceptar la muerte que allí le espera.

Muchas veces, a lo largo de la vida, el discípulo cristiano enfrentará situaciones adversas que invitan a desviarse de la fidelidad. Jesús ha sido rechazado, primero en su propia tierra (cosa que Lucas narra en el capítulo 4 de su evangelio) y ahora enfrenta el rechazo de los samaritanos. Aun así, nada le desvía de su camino. Nada podrá apartarle de cumplir el proyecto del Padre, la salvación. De igual manera, si quieres ser discípulo enfrentarás muchas veces el rechazo, la oposición y la incomprensión de quienes te rodean. Experimentarás, incluso, la oposición de tu mismo corazón a la propuesta transformadora y desafiante del evangelio. ¿Qué debemos hacer? Al mirar y contemplar al Maestro, nos sentiremos invitados a «endurecer nuestro rostro», a no dejarnos mudar de decisión y a seguir adelante con la propuesta de Dios. Quien no contempla al Maestro, puede muchas veces caer en rostros blandengues y volubles, incapaces de mantenerse firmes en la vivencia de la fe. Estamos llamados como discípulos de Cristo a tener claridad, firmeza, radicalidad y una pasión total por amar y salvar el mundo. Muchos católicos vamos por el mundo, clamando justicia, eso sí, contra nuestros enemigos, pero incapaces de dar la vida por ellos.

«Endurecer el rostro» no significa asumir actitudes intolerantes, desde la arrogancia de una supuesta superioridad, sino, al contrario, ser capaces, cada vez con mayor vehemencia, de abrazar a todos los hombres, pero, sobre todo, a los enemigos, a los antipáticos, a los que no piensan, ni creen como nosotros. «Endurecer el rostro» nos hace capaces de hacernos cercanos a todos, sin perder nuestra propia identidad, sin asimilarnos a la cultura circundante y sin vivir los antivalores que imperan en el mundo, pero garantizando en todo momento nuestra solidaridad con los demás y nuestra decisión de arriesgar la vida por su libertad, no ser esclavos del pecado. Es la «dureza» de un corazón que no está dispuesto a abandonar por ningún motivo la causa del amor, aunque le vaya la vida en ello.

Jesús, pues, parte. Deja la orilla del lago de Genesaret, donde ha llamado a sus primeros discípulos, quienes parten con Él. Comienza para ellos una nueva etapa. El evangelista san Lucas lo indica: esta partida de la Galilea anuncia la gran partida de su muerte (abandono de este mundo y de esta vida), de su resurrección (nueva e inigualable penetración del mundo y de la vida) y de su ascensión (penetración del mundo de Dios, sin abandonar la historia de los hombres). Para los discípulos que han dejado ya todo para seguirlo, es también la partida sin retorno hacia la muerte, la de Jesús y la suya propia, aunque todavía no son capaces de comprender mucho lo que les espera. Ellos también inician un viaje, que habrá de arrancarles para siempre de su anterior vida  (como la de Eliseo). Ellos deben dejar a tras su mentalidad antigua de esperar un Mesías triunfalista y guerrero, de tener pretensiones nacionalistas judías. Ellos deben estar abiertos sufrir, a morir, y al redescubrimiento de los hombres –de todos- como hermanos necesitados de descubrir su verdadera identidad como hijos del mismo Padre. Es un viaje que habrá de enfrentarles a sus propios miedos y llevarles al puerto de la esperanza aún en medio de la gran tribulación.

Jesús quiere cambiar su mentalidad pasada, por ello, los reprende vivamente. A partir de este momento, los invita a abandonar la idea errónea que todavía tienen de la propia misión: no han sido escogidos para invocar el fuego del cielo sobre aquellos que les oponen resistencia. Los caminos de Jesús no son los caminos de ellos. Por el momento, Jesús no dice más. Sólo en Jerusalén, delante del Maestro crucificado y resucitado, comenzarán a comprender hasta dónde los llevará el camino que están emprendiendo: también ellos deberán, cada uno a su manera, caminar hasta el martirio y sufrir aquella muerte que hoy quieren infligir a los otros. Sólo en Jerusalén se revelará la meta que su corazón está invitado a alcanzar: la de un amor más grande, más loco y más arriesgado, el único amor capaz de transformar el mundo. El amor de Dios por nosotros.

Los inicios anuncian y prefiguran el fin. Desde el inicio del gran viaje, Jesús no es recibido por aquellos a quienes anuncia la Buena Nueva. Ya en su propia aldea, al inicio de su predicación, no había sido acogido: la gente de Nazaret, los suyos, lo habían arrastrado fuera de la ciudad y había tenido que marcharse. De la misma manera, la aldea en la que ahora quiere entrar, dejando la Galilea, se niega a recibirlo. Todos lo rechazan, los suyos y los samaritanos, los de dentro y los de fuera. Jesús y los discípulos deben retomar la marcha hacia alguna otra aldea. Ya habrá quien quiera aceptar la buena nueva que hoy muchos rechazan. Es importante fijarnos que el rechazo no mueve al abandono de la propia misión. La Iglesia no depende de la aceptación de su mensaje para continuar anunciándolo; ella debe saber partir siempre más allá de las comunidades que rechazan el evangelio, para ir a proponerlo a los demás pueblos. El misterio de la aceptación o rechazo de las enseñanzas de Jesús no nos toca descifrarlo: sólo nos toca ser fieles a dichas enseñanzas, intentado vivirlas en cada momento de nuestra vida, y anunciándolas por todo el mundo.

Por el camino, varios se irán agregando al grupo: algunos toman la iniciativa, otros son llamados por Jesús. Ya sea que estén dispuestos a partir sin condiciones o que pidan un poco de tiempo, Jesús pone, en tres fórmulas, lapidarias como proverbios, las exigencias de la vocación: dejar todo para seguirlo. La vida evangélica, en primer lugar, implica renunciar a toda seguridad: «…el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza…» Quizás todos somos llamados a revisar, en este punto, nuestra vida cristiana. Normalmente, nuestro seguimiento de Cristo está condicionado a la protección de nuestras seguridades más básicas: salud, casa, familia, situación económica, prestigio. Salvaguardados estos elementos irrenunciables de la existencia humana, estamos dispuestos a hacer algún «apostolado», a prestar algún servicio en nuestra parroquia, a adentrarnos un poco más en el conocimiento de la fe y a tratar de aplicar lo que vamos aprendiendo a nuestra vida, sobre todo, en lo que se refiere a hacer ajustes morales a la misma. Pero Jesús pide más que esto. Pide exactamente lo que no estamos dispuestos a darle: comprometer esas cinco realidades que hemos anhelado como seguridad básica: salud, casa, familia, dinero y prestigio. Mientras no seamos capaces de permitir que el seguimiento de Cristo comprometa estas dimensiones, seremos todo menos discípulos: simpatizantes con la causa, admiradores del Galileo, creyentes, promotores de la «moral católica», pero no discípulos. Seguidores a medio tiempo o creyentes, en el fondo, no son discípulos.

Tal vez, el tiempo que estamos viviendo esté exigiendo un tipo absolutamente nuevo de cristianos… discípulos-misioneros libres, apasionados y radicales, el de quienes lo dejan todo por el evangelio.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique GARCIA ELIZALDE

Domingo XVI Tiempo Ordinario

Lecturas del día.

Evangelio según san Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.

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Las lecturas de este domingo nos centran en la hospitalidad como expresión de nuestro amor a Dios y a los demás, pero sobre todo de cómo nos dejamos transformar por ese huésped, Jesucristo, en nuestras vidas.  

En la primera lectura (Gen 18, 1-10ª),  nos presenta como Abraham en el encinar de Mambré (desierto) muestra su hospitalidad a tres hombres a la hora del calor más intenso. Este es un pasaje muy interesante porque nos presenta a la Santísima Trinidad de manera velada, que después Jesús nos la vendrá a revelar de manera plena. Se postra ante ellos y se dirige en singular, “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte.” Pero inmediatamente cambia al plural: “Haré que traigan un poco de agua para que se laven los pies y descansen…para que recobren las fuerzas y después continuarán su camino, pues sin duda para eso han pasado junto a su siervo». Pero ese tema lo explicaré en otra reflexión. Abraham manda a preparar pan y un ternero asado para ellos. Por su amor a Dios y a los demás, mostrado a través de su hospitalidad, Dios le promete que tendrá un hijo de su esposa Sara, quien es estéril.  Como dice el Salmo de hoy (Salmo 14, 2-5) ¿Quién será grato a tus ojos, Señor? El hombre que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia.

Las primeras palabras de este pasaje evangélico nos recuerdan el viaje que Jesús ha emprendido hacia Jerusalén. Recordemos que el evangelio fue puesto por escrito después la muerte de Jesús. Por lo tanto, san Lucas quiere reflejar el caminar de la comunidad de creyentes a través del ejemplo de estas dos mujeres.

Lo primero que se dice de Marta es que “lo acogió en su casa”. En el judaísmo no era bien visto que una mujer recibiese a un hombre en su casa, ni siquiera con la presencia de otros familiares o invitados. Pero Jesús fue más bien libre en su relación con las mujeres, llamando a varias al discipulado, dejándose tocar y besar incluso por mujeres de mala reputación. En el nivel ejemplar, Marta representa una actitud dentro de la comunidad que san Lucas quiere mantener siempre viva: la capacidad para acoger al Señor “durante el camino”. Es cierto que aquí se trata del camino “de él” hacia Jerusalén, y, en el fondo, hacia la muerte redentora; pero, para Lucas, Jesús sigue haciendo su camino a través de las acontecimientos de la vida de sus discípulos, que también caminan, cada uno a su modo y según las circunstancias previstas por la Providencia, hacia su propio destino pascual.

La acogida de un huésped significa en la simbología semítica la incorporación de un elemento extraño en un sistema familiar. Si las mujeres en el evangelio de Lucas representan comunidades, el pasaje estaría aludiendo al impacto que la irrupción de Jesús y su mensaje tuvo en la “atareada” religiosidad de la comunidad judía, mas abocada al cumplimiento de “múltiples tareas” en el ámbito del culto que a la auténtica actitud de escucha atenta de la Palabra de Dios. A veces nos puede suceder lo mismo, que muchos vamos a infinidad de retiros o cursos, hemos ya leído la Biblia completa o nos la sabemos al derecho y al revés, pero nuestra espiritualidad deja mucho que desear. ¿Cómo mejorar esto? Es precisamente lo que Jesús como maestro nos va enseñar.

Marta representaría a quienes acogen a Jesús y a su mensaje, al menos en un principio, pero demasiados “distraídos” en la pesada actividad del culto, del templo, de los cumplimientos rituales, como para dejarse mover tan espontánea y libremente por un mensaje radicalmente novedoso como el de Cristo. María, fascinada precisamente por esa novedad que Cristo representa, es capaz de liberarse de todo ese “ajetreo” religioso para adoptar una actitud de total receptividad, de escucha atenta, de disposición al cambio.

Cristo nos invita a como Iglesia a tener una actitud de la escucha atenta de la Palabra, en contra del excesivo “activismo” eclesial, del acento puesto demasiado enfáticamente sobre el culto, la liturgia, la pastoral sacramental y las prácticas de piedad, mientras se posterga lo referente a la oración, al silencio contemplativo, a la exploración de los senderos de la mística, al estudio profundo de la Escritura y la transformación en nosotros.

El encuentro con el Señor debe tener ciertas condiciones para que sea realmente provechoso. Dice el texto: “Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Con la breve descripción de la actitud de María, Lucas pinta la auténtica actitud del discípulo: estar allí sólo para escuchar al Señor, dejando cualquier otra cosa aparte, con concentración amorosa, atenta y abierta. Ponerse a los pies del Maestro, y no simplemente en una silla, enfrente o a un lado, implica el reconocimiento de la grandeza y la autoridad del que enseña. El israelita se veía a sí mismo colocado permanentemente “bajo la escucha de la Torá”, descubriendo en la palabra revelada el cielo y el horizonte de su vocación como miembro del pueblo de Dios. De igual forma, el cristiano, al mirar hacia lo alto se encuentra con la mirada y, sobre todo, con la palabra que sale de la boca de Cristo, y de ella hace permanentemente norma para su vida.

“…mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.»…” La escena, que en sus primeras líneas se ha mostrado cargada de armonía, presenta aquí una crisis. El verbo que aquí se ha traducido como “estaba atareada en muchos quehaceres”, es el verbo griego perispómai, que significa “estar en tensión, aturdido, distraído, inquieto por muchas cosas, agobiado por muchas preocupaciones”. Es cierto que, en primer término, la actitud de Marta parece plenamente justificable: se está ocupando de todo lo necesario para atender adecuadamente a Jesús.

Se habla de muchos quehaceres, que provocan inquietud, y que se limitan a la preocupación por servir al Señor. ¿Está Lucas aludiendo al conflicto, en la iglesia de su tiempo, entre el ministerio de la palabra (María) y el servicio de los pobres (Marta)? O, como apuntábamos más arriba, ¿está contraponiendo el servicio del culto (Marta) a la actitud de escucha de la Palabra (María)?

Es probable que Lucas sólo quiera presentar el peligro de un desbordamiento de actividades, comprensible pero desproporcionado, que termina “distrayendo” de la “única cosa necesaria”. Esto significa que nos está invitando a considerar cuál es el eje de nuestra vida y qué proporción guarda cada actividad concreta en relación con la actividad esencial e irrenunciable: la de la escucha de la Palabra.

“… Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada»…” El énfasis de la respuesta de Jesús no está en el tema del servicio, sino en el de las preocupaciones y la agitación de Marta. La invitación de Jesús a Marta lo es también a sus discípulos de todos los tiempos. Por ello, Lucas no lo llama “Jesús” sino “el Señor”, título con el que se referían los cristianos de su tiempo, sobre todo en las comunidades griegas, a Cristo Resucitado. Es, pues, una respuesta con carácter de ejemplaridad, destinada a modelar la vida discipular.

El verbo utilizado para aludir a las preocupaciones de Marta es el verbo merimnáo, que significa la inquietud por una persona o por una cosa, que ve el futuro con angustia y bloquea o precipita la acción. Todos los seres humanos vivimos entre múltiples preocupaciones; la fe no es un antídoto contra ellas, sino una invitación a ponerlas en manos de Dios. El Señor intenta prevenirnos contra una tentación muy común a los hombres: la de pensar que nuestra autorrealización depende de todo lo que hagamos, y de que hagamos lo más posible, y con toda la eficacia posible. En la época de la competitividad en la que vivimos, esta tentación quita la paz a la mayoría de las personas que desean ser exitosas.

El cristiano sabe que su autorrealización no depende de lo que haga, sino de su identidad. Dios le ha regalado una nueva identidad, injertándolo en Cristo por el bautismo, constituyéndolo en templo del Espíritu Santo, en miembro de un pueblo de reyes y sacerdotes, capaces de vencer el mal en todas sus manifestaciones. Es cierto que el ser se debe manifestar en el hacer, pero no hace falta el “debe”: simplemente, el ser se manifiesta espontáneamente en el hacer, sin que nada pueda evitarlo. Por lo tanto, el énfasis debe estar en el ser, ya que el hacer se desprenderá como consecuencia natural.

Pero, ¿qué puede uno hacer por el ser, si este ha venido ya donado por la gracia? He aquí, precisamente, el dinamismo de la espiritualidad cristiana. El ser debe ser siempre redescubierto, fortalecido, potenciado, purificado. Porque la gracia no transforma mágicamente la naturaleza, sino que la va perfeccionando conforme esta se va abriendo a su influjo, que sólo podría ser frenado por una ruptura con el amor y una vuelta a las viejas afecciones mundanas y carnales, egoístas y generadoras de muerte. Pero, aun en ese panorama desolador, la gracia continúa actuando, incitando a la conversión, seduciendo de nuevo los corazones, atrayéndolos a las redes del amor divino.

De este modo, cuando el ser viene permanentemente atendido, con la diligencia que la conversión permanente exige, entonces van apareciendo otras preocupaciones, estas válidas y en nada contrapuestas a la propia vocación: son las preocupaciones del amor, del servicio, de la edificación mutua, como dice Pablo a los corintios: “que los miembros [de la comunidad] tengan una preocupación común unos por los otros” (1 Cor 12,25).

El Señor previene contra otro peligro, íntimamente vinculado a las preocupaciones que distraen de lo fundamental. Es la palabra thorybazo, que hemos traducido por “agitación”. Son las preocupaciones que uno se busca y que le aíslan de Cristo y de la comunidad. Uno termina tan preocupado por todo lo que tiene que hacer, que va perdiendo calidad y relevancia el encuentro con el otro, y con el totalmente Otro.

El relato desemboca en el elogio que el Señor hace de la actitud de María, que ha escogido “la mejor parte”. Aquí es donde se carga toda la intensidad del mensaje que Lucas quiere transmitir a su comunidad. Ante todo, se subrayan dos verbos referidos a María, uno en voz activa y otro en voz pasiva: ella “ha escogido” (activa) la mejor; “no le será quitada” (pasiva). Su elección determina su destino. A ella le toca escoger; otro se encargará de que eso que ha escogido no le sea jamás arrebatado. ¡Esto es maravilloso!

Según el contexto, la “mejor parte” que María ha escogido es la presencia del Señor y la escucha de su palabra. Ahora bien, la palabra que traducimos como “parte”, es la palabra griega merís, que evoca también la retribución escatológica (después de la muerte), expresada, en el realismo hebreo, con la imagen de la repartición de la tierra, como sucedió cuando la instalación de las tribus en la Tierra Prometida. En el pensamiento cristiano, pasó a significar la imagen de la herencia prometida a los discípulos fieles, por ello ella es siempre calificada como “la mejor parte”, es decir, como querida por Dios. Cristo es la parte que nosotros hemos escogido como herencia: lo demás, todo lo demás, se lo dejamos a los hombres. Para nosotros, nuestro tesoro es uno solo, y hacia él confluyen todos nuestros esfuerzos.

Cristo se presenta a sí mismo como la única cosa necesaria para los cristianos. En él está todo lo que ellos necesitan para realizarse en plenitud. Todo lo demás sobra. Quizás esto nos parezca demasiado. Es un buen momento para preguntarnos: ¿pero, realmente, con Cristo tenemos suficiente? La respuesta a esta pregunta define lo que somos y lo que queremos ser.

Vayamos a la aplicación práctica: La acogida de un huésped, según la simbología bíblica semítica, significa la incorporación de un elemento extraño en un sistema familiar. En primer lugar, Cristo es ese extraño que quiere ser acogido en nuestras vidas. Por muy “consagrados” que nos sintamos y unidos a Él por nuestro bautismo y nuestra ordenación, Cristo siempre es extraño para nuestro “sistema familiar”. ¿Qué tanto descubro esa extrañeza que me desafía y qué tengo que cambiar para recibirle auténticamente?

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará! 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

Sábado XV del Tiempo Ordinario

Lecturas del día.

Evangelio según san Mateo 12, 14-21

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías:

Miren a mi siervo, a quien sostengo;

a mi elegido, en quien tengo mis complacencias.

En él he puesto mi Espíritu,

para que haga brillar la justicia sobre las naciones.

No gritará ni clamará,

no hará oír su voz en las plazas,

no romperá la caña resquebrajada,

ni apagará la mecha que aún humea,

hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra;

y en él pondrán todas las naciones su esperanza.

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Iglesia de Nuestra Senora de Carter Lake en Iowa.

El profeta Miqueas era nativo de Judá y contemporáneo del profeta Isaías durante la región de Ezequías. Dos profetas no podrían ser más diferentes. Si Isaías era urbano y estaba involucrado en las cosas del Templo, Miqueas era en gran medida el hombre rústico de la tierra un tanto anti-urbano en su visión de Jerusalén y Samaria como lugares de corrupción. El mal que Miqueas condena, sin embargo, es el mismo que señala solo Isaías. El profeta Miqueas habla de la justicia que sufrieron los terratenientes a manos de sus arrendatarios. Había sido testigo de la devastación Asiria del norte y ahora anticipa la amenaza venidera al sur como un juicio de Dios. Las mismas tierras que estos terratenientes codiciaban les serían arrebatadas y se convertirían en el hazmerreír de otros. Miqueas fue el primer profeta del Antiguo Testamento que predijo la destrucción de Jerusalén.

“Quien más tiene, más quisiera tener”. Se trata de un viejo dicho acuñado por la constatación de lo insaciable que se muestra el instinto de posesión. Es de una tragedia que pongamos nuestro corazón en las cosas de este mundo porque esto hiere nuestra existencia física, psíquica y espiritual. Por la ambición al dinero, poder, placer y al tener la gente está dispuesta a todo, y pisotea afectos y valores éticos. Así, las autoridades civiles y religiosas del tiempo de Jesús fueron capaces de condenarlo aunque Él solo hacia el bien.

La lectura del Evangelio de hoy sugiere los diferentes enfoques que Jesús usó en su ministerio. Mateo cita a Isaías para mostrar que Jesús también proclamará la justicia no gritando palabras de condenación sino más sutilmente, poniendo en práctica su mensaje. Vemos un contraste aquí en los estilos proféticos. Hay diferentes formas de vivir el Evangelio: algunas lo hacen de manera dramáticamente pública. Otros lo hacen de una manera que lo es menos. Es importante que el mensaje del Evangelio sea predicado y llevado al corazón de las personas. No es necesario que ningún individuo en particular reciba el crédito por hacerlo.

Cada uno de nosotros finalmente encuentra su propia manera de vivir la Palabra de Dios. No hay un estilo cristiano único. El Espíritu utilizará nuestras personalidades individuales ya veces idiosincrásicas.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará! 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde

Saturday 15th Ordinary Time

Daily Readings

Gospel MT 12:14-21

The Pharisees went out and took counsel against Jesus
to put him to death.

When Jesus realized this, he withdrew from that place.
Many people followed him, and he cured them all,
but he warned them not to make him known.
This was to fulfill what had been spoken through Isaiah the prophet:

Behold, my servant whom I have chosen,
my beloved in whom I delight;
I shall place my Spirit upon him,
and he will proclaim justice to the Gentiles.
He will not contend or cry out,
nor will anyone hear his voice in the streets.
A bruised reed he will not break,
a smoldering wick he will not quench,
until he brings justice to victory.
And in his name the Gentiles will hope.

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The prophet Micah was a native of Judah and a contemporary of prophet Isaiah during Hezekiah’s region. Two prophets could not be more different. If Isaiah was urban and urbane and involved in things of the Temple, Micah was very much the rustic man of the land somewhat anti-urban in his view of Jerusalem and Samaria as the seats of corruption. The evil that Micah condemns, however, is the same as that pointed out only by Isaiah.  Micah speaks of the justices which owners suffered at the hands of their landlords. He had witnessed the Assyrian devastation of the North and now anticipates the coming threat to the South as a judgment of God. The very lands that these landlords coveted would be taken from them as they became the laughingstock of others. Micah was the first Old Testament prophet to predict the destruction of Jerusalem.

Today’s Gospel reading suggests the different approaches that Jesus used in His ministry. Matthew quotes Isaiah to show that Jesus also will proclaim justice not by crying out words of condemnation but more subtly, by putting His message into practice.  We see a contrast here in prophetic styles. There are different ways of living the Gospel: some do so in a way that is dramatically public. Others do so in a way that is less so. It is important that the Gospel message be preached and brought to bear on people’s hearts. It is not necessary that any particular individual receive the credit for doing so.

Each of us eventually finds his or her own way to live out God’s Word. There is no single Christian style. The Spirit will use our individual and sometimes idiosyncratic personalities.

In Christ,

Fr. Enrique GARCIA

Friday 15th Ordinary Time

Daily Readings.

Gospel MT 12:1-8

Jesus was going through a field of grain on the sabbath.
His disciples were hungry
and began to pick the heads of grain and eat them.
When the Pharisees saw this, they said to him,
“See, your disciples are doing what is unlawful to do on the sabbath.”
He said to the them, “Have you not read what David did
when he and his companions were hungry,
how he went into the house of God and ate the bread of offering,
which neither he nor his companions
but only the priests could lawfully eat?
Or have you not read in the law that on the sabbath
the priests serving in the temple violate the sabbath
and are innocent?
I say to you, something greater than the temple is here.
If you knew what this meant, I desire mercy, not sacrifice,
you would not have condemned these innocent men.
For the Son of Man is Lord of the sabbath.”

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Today’s Gospel passage, the heads of grain plucked by the disciples, is one of the best known of the Gospel and one of the most significant from the point of view of the Christian spirit. It is a wonderful page, in which we see Christ-Teacher ready to defend His disciples, to teach the true meaning of things and of Scripture itself, which allows Jesus to proclaim Himself «Lord of the Sabbath» (v. 8) and more important than the temple in Jerusalem itself.

 

Jesus, well versed in the Holy Scriptures, resorts to them to support His argument and cites the case of King David, who, in a time of need, together with his companions, ate the loaves reserved for the priests (1 Sam 21, 1 -10). He offers yet another argument: the same priests, by performing their rites on the Sabbath, infringe the prescribed rest, precisely because of the different liturgical actions. Consequently, the same Law, when it comes to a sufficient reason (both for the glory of God and for the good of man) can be broken. The law is not an unbending, stable, absolute object (as the Pharisees claimed); it is also a means set by God for the good and salvation of the human being. Therefore, the law also has a relative importance.

The Law has a relative importance; the foundation of all Law is Love and the Supreme Good, that is, God Himself. Love moves us to do everything for the good of others. The fulfillment of the commandments should lead us to love our brothers more. Many people, under the pretext of wanting to enforce the law, do so in an arrogant manner and do not realize that charity comes first. Let us remember that Saint Pope John Paul II invited us to proclaim the truth and correct others with love as we would like to be corrected ourselves, that is, «treat others as you want to be treated.»

Have you discovered that living the sacraments, listening to the Word of God and keeping His commandments help us to love our family and friends, the people around us and even our enemies more?

Also, Jesus proclaims himself superior to the temple and the Sabbath, the two sacred institutions for the Jews; these words sound like blasphemy in the ears of those who listen to Him, who are shocked. However, Christ does not back down, does not muffle His affirmations: He possesses authority, a fullness, truth and novelty that are explained only by His messianic and divine reality, hidden from the eyes – voluntarily closed – of the opponents of Him. Using a phrase from the prophet Hosea (6, 6), Jesus reproaches the Pharisees for their hardness of heart in condemning the disciples for the action of the spikes. Their hardness of heart is accompanied by their blindness. What really counts in the Law of God is mercy, not merely external ritual sacrifices.

Jesus is the Friend of all man and women, the true Savior and Liberator. Jesus has given this authentic meaning to human life and has shown its importance and dignity, superior to anything, law or prescription, even religious. The evangelist Mark, in the parallel passage of the grains, adds this ingenious phrase of Jesus: «The Sabbath was made for man, not man for the Sabbath» (Mk 2, 27). It is a liberating phrase that puts people and things in their right place, ordering the latter for the good of the former.

Religion, for its part, can also sometimes become a burden, oppression, slavery. The law itself, the foundation of Old Testament religiosity, if considered exclusively in its literal aspect, without the Spirit, becomes – according to Saint Paul – a burden and a curse from which the Christian must be freed, because Christ «has rescued from the curse of the law” (Gal 3, 13). The Lord Jesus has broken all the chains that bound and humiliated man: “That we may be free, Christ has set us free. Stand firm therefore and do not let yourselves be subjected again to the yoke of slavery” (Gal 5, 1). With this liberation, Christ has given us interior freedom, exempt from constrictions and legalism, and with it the true believer, under the action of the Holy Spirit, and builds his own Christian personality. 

Only the good heart is capable of understanding the true meaning of the Law, which looks at the glory of God and the good of man; and is capable of understanding that only in mercy and kindness towards others is the common thread of authentic Divine Will found.

Have you experienced the mercy of God in all the works of mercy that you do?

In Christ,

Fr. Enrique GARCIA

Viernes XV del Tiempo Ordinario

Lecturas del día.

Evangelio según san Mateo 12, 1-8

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

Él les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes?

¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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El pasaje evangélico de hoy, las espigas arrancadas por los discípulos,  es uno de los más conocidos del evangelio y uno de los más significativos desde el punto de vista del espíritu cristiano. Se trata de una página estupenda, en la que vemos a Cristo- Maestro dispuesto a defender a sus discípulos, a enseñar el verdadero sentido de las cosas y de la misma Escritura, lo que le permite a Jesús proclamarse “Señor del sábado” (v. 8) y mayor que el templo mismo de Jerusalén.

Jesús, buen conocedor de las Escrituras, recurre a ellas para apoyarse en su argumentación y cita el caso del rey David, que, en un momento de necesidad, junto con sus compañeros, comió los panes reservados a los sacerdotes (1 Sam 21, 1-10). Brinda aún otro argumento: los mismos sacerdotes, al cumplir sus ritos en día de sábado, infringen el reposo prescrito, precisamente en razón de las diferentes acciones litúrgicas. En consecuencia, la misma Ley, cuando se trata de un motivo suficiente, tanto para la gloria de Dios como para el bien del hombre, puede ser infringida. La ley no es un objeto monolítico, estable, absoluto (como pretendían los fariseos); es también un medio puesto por Dios para el bien y salvación de los hombres. Por consiguiente, también la ley tiene una importancia relativa.

La Ley tiene una importancia relativa; fundamento de toda Ley es el Amor y el Bien supremo, es decir Dios mismo. El amor nos mueve a hacer todo para el bien de los demás. El cumplimiento de los mandamientos nos debe llevar a amar más a nuestros hermanos. Muchas personas con el pretexto de querer hacer cumplir la ley, lo hacen de manera prepotente y no se dan cuenta que la caridad es primero. Recordemos que el Santo Papa Juan Pablo II nos invitaba a proclamar la verdad y corregir a los demás con amor como nos gustaría que nos corrigieran a nosotros, es decir, “trata a los demás como quieres ser tratado.”  

¿Has descubierto que el vivir los sacramentos, escuchar la Palabra de Dios y cumplir sus mandamientos nos ayudan a amar más a nuestra familia y amigos, a la gente que nos rodea e incluso a nuestros enemigos?

También, Jesús se proclama superior al templo y al sábado, las dos instituciones más sagradas para los judíos; estas palabras suenan como una blasfemia a los oídos de los que le escuchan, que quedan escandalizados. Sin embargo, Cristo no retrocede, no amortigua sus afirmaciones: Él posee una autoridad, una plenitud, una verdad y una novedad que se explican únicamente con su realidad mesiánica y divina, oculta a los ojos – voluntariamente cerrados – de sus adversarios. Recurriendo a una frase de Oseas (6, 6), Jesús recrimina a los fariseos su dureza de corazón al condenar a los discípulos por la acción de las espigas. Su dureza de corazón va acompañada de su ceguera. Lo que cuenta de verdad en la Ley de Dios es la misericordia, no los sacrificios rituales meramente externos.

Jesús que es el Amigo del hombre, su verdadero Salvador y Liberador. Jesús le ha dado su auténtico sentido a la vida humana y ha mostrado su importancia y su dignidad, superiores a cualquier cosa, ley o prescripción, incluso religiosa. El evangelista Marcos, en el pasaje paralelo de las espigas, añade esta frase lapidaria de Jesús: “El sábado ha sido hecho para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Es una frase liberadora que pone en su justo lugar a las personas y a las cosas, ordenando las segundas al bien de las primeras.

La religión, por su parte, se puede convertir también, a veces, en una carga, en una opresión, en una esclavitud. La ley misma, fundamento de la religiosidad del Antiguo Testamento, si es considerada exclusivamente en su aspecto literal, sin el Espíritu, se vuelve – según san Pablo – una carga y una maldición de la que debe liberarse el cristiano, porque Cristo “nos ha rescatado de la maldición de la ley” (Gal 3, 13). El Señor Jesús ha roto todas las cadenas que ataban y humillaban al hombre: “Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gal 5, 1). Con esta liberación, Cristo nos ha dado la libertad interior, exenta de constricciones y legalismos, y con ella el verdadero creyente, bajo la acción del Espíritu Santo, construye su personalidad cristiana.

Sólo el corazón bueno es capaz de comprender el verdadero sentido de la Ley, que mira a la gloria de Dios y al bien del hombre; y es capaz de comprender así mismo que sólo en la misericordia y en la bondad con el prójimo se encuentra el hilo conductor de la auténtica voluntad divina.

¿Has experimentado la misericordia de Dios en todas las obras de piedad que haces?

Mis amigos de la Parroquia de Santa Sabina en Belton, Missouri.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará! 

Su servidor y amigo en Cristo y Santa María de Guadalupe 

Padre Enrique García Elizalde

Thursday 15th Ordinary Time.

Daily Readingds.

A Reading from the Gospel According of St Matthew 11:28-30

Jesus said: “Come to me, all you who labor and are burdened,
and I will give you rest. Take my yoke upon you and learn from me,
for I am meek and humble of heart; and you will find rest for yourselves.
For my yoke is easy, and my burden light.”

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Only in Jesus our heart can rest!

Today’s first reading (Is 26, 7-9. 12. 16-19), taken from Isaiah’s prophecy, presents us with what we can call a strange song of hope. The language is sonorous (Blaring or deafening), (the images vigorous, the tone is solemn: we are facing the work of a genuine poet.  This alone must be highlighted: there is an immense literary quality in these and many other texts of the prophet Isaiah. A quality, on the other hand, that does not remain in pure form, because it is completely at the service of the inspired and revealed message from God.

If we look at the text itself, we discover it full of contrasts that ultimately want to show that God is the Powerful; He is the One who works in us, through us or without us. On the contrary, we without Him are a ridiculous and meaningless spectacle. 

The hope, then, that is announced here, is that of the people who intensely seek the living source and who have learned to recognize their nothingness. Without Him we are nothing; with Him we can do everything.

In direct continuity with the promise of the prophet Isaiah, Jesus presented Himself as the place of rest for all of us. Christ’s love is incomparable, and His compassion does not stop for anyone. While the voice of the Old Testament makes us focus above all on the power of God; the gospel message first shows us the compassion of God, a God who is “mighty” above all in loving. When we truly love, nothing is difficult or impossible. Think of all the sacrifices that parents make for the love of their children, or that of a wife does for her husband, of a friend does for his or her best friend, for all of them nothing is difficult and impossible. Especially, when all they do comes to health, welfare or salvation of whom they love. Have you ever felt that kind of love? Have you ever loved someone that way?

What kind of rest is Christ talking about here? What is this «rest»? The question about rest is reversed into a question about fatigue. Today, we can question what tires us? What is our fatigue? Are we tired of being good or of wanting to be? Tired perhaps of being disappointed, because everyone promises, and no one delivers? Tired of surviving and not having the space, time or wisdom to live fully?

Christ invites those of us who are tired to draw near; He says nothing about those who feel well, that is, about those who are rested and calm. The Gospel of him exists only for those who are in need. His word points to those who have felt themselves pushing the outside of the envelope. It is the logic of the beatitudes –and the misfortunes–. It sounds trivial, but in the logic of Christ, only those who are tired will find rest. We could say: «Blessed are the tired… because they find relief. Woe to you, the rested because…!»

In Christ,

Fr. Enrique GARCIA

Jueves XV del Tiempo Ordinario

Lecturas del día.

Evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera».

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La primera lectura de hoy (Is 26, 7-9. 12. 16-19), tomada de la profecía de Isaías, nos presenta lo que podemos llamar un extraño canto de esperanza. El lenguaje es sonoro, las imágenes vigorosas, el tono es solemne: estamos frente a la obra de un genuino poeta. Y esto solo ya debe ser destacado: hay una calidad literaria inmensa en estos y muchos otros textos del profeta Isaías. Una calidad, por otra parte, que no se queda en pura forma, porque está completamente al servicio del mensaje inspirado y revelado de parte de Dios.

Si miramos el texto mismo, lo descubrimos lleno de contrastes que en últimas quiere mostrar que Dios es el Poderoso; él es Aquel que obra en nosotros, a través de nosotros o sin nosotros. Por el contrario, nosotros sin él somos un parto vacío, un espectáculo ridículo y carente de significado. El Salmo de hoy  (101, 13-21), “El Señor tiene compasión de nosotros.”

La esperanza, pues, que aquí se anuncia, es la del pueblo que busca con ardor la fuente viva y que ha aprendido a reconocer su nada. Sin él nada somos; con él todo podemos.

En directa continuidad con la promesa del profeta Isaías, Jesús se presenta como el lugar del descanso para todos nosotros. El amor de Cristo es incomparable y su compasión no se detiene a nadie. Mientras que la voz del Antiguo Testamento nos hace pensar sobre todo en el poder de Dios, un Dios compasivo, el mensaje del evangelio nos muestra primero la compasión de Dios, un Dios que es «fuerte» sobre todo en amar. Cuando amamos de verdad nada es pesado ni imposible. Piensa en todos los sacrificios que los padres hacen por el amor a sus hijos, o el de una esposa para su esposo, de un amigo por su mejor amigo, para todos ellos nada es pesado e imposible, especialmente si se trata de la salud, bienestar o salvación de quien aman. ¿Has sentido alguna vez esa clase de amor? ¿Has amado de esa manera a alguien?

¿De qué descanso nos habla Cristo aquí? ¿Cuál es ese reposo que nos anuncia? La interrogación por el descanso se revierte en pregunta por el cansancio. Hoy podemos cuestionar ¿qué nos cansa?, ¿cuál es nuestro cansancio?, ¿estamos cansados de ser buenos o de querer serlo? ¿cansados tal vez de que nos decepcionen, porque todos prometen y nadie cumple? ¿cansados de sobrevivir y de no tener espacio, tiempo o sabiduría para llegar a vivir plenamente?

Cristo invita a los que estamos cansados a que nos acerquemos; no dice nada de los que se sienten bien, es decir, de los que están descansados y tranquilos. Su Evangelio existe sólo para los que están necesitados. Su palabra apunta a los que han palpado el borde de sí mismos. Es la lógica de las bienaventuranzas –y las malaventuranzas–. Suena trivial, pero en la lógica de Cristo encontrará descanso sólo el que está cansado. Podríamos decir: «Dichosos los cansados… porque encontraran alivio ¡ay de ustedes, los descansados porque…!»

Estos días en que he estado aislado, no he podido hablar y no estoy en una parroquia; he podido experimentar a profundidad que muchas cosas, relaciones, situaciones e incluso trabajo pastoral que me agobiaban y me fui desgastando y cansando hasta no estar bien. Dios me dio la gracia de este tiempo para darme cuenta que lo que es lo que verdad vale la pena y con quien cuento. Es muy cierto el dicho: “Ámame cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito”.  Dios nos ama de esa manera, a veces la familia y los verdaderos amigos. Agradezco a Dios por todo su amor, a nuestra Madre Santísima la Virgen María porque siempre ha estado conmigo, a mi familia, que nunca me ha dejado, y a cada uno de ustedes mis amigos que han estado conmigo, que han orado por mí, que han compartido su techo y su pan. Mi eterna gratitud, oraciones y gran aprecio, pero sobre todo, ofrezco la Santa Misa por cada uno de ustedes y sus intenciones cada vez que esté ante el altar de Dios para que el Señor les de alivio y aligere su carga por este mundo. Dios los bendiga abundantemente.   

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará! 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 Padre Enrique García Elizalde

Miércoles XV del Tiempo Ordinario.

Lecturas del día.

 Evangelio según san Mateo 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

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Es frecuente que pensemos que la voluntad de Dios sólo se realiza interrumpiendo el curso de los hechos. Por ejemplo: se planea un ataque terrorista que podría matar a cientos de inocentes; Dios interviene y frustra el ataque. ¿Qué diríamos? Seguramente: «se hizo la voluntad de Dios, que no dejó que esos crueles hicieran su propia voluntad.»

Es verdad que Dios a veces parece interrumpir el curso de los hechos, casi como si el director de una película de cine gritara «¡corte!» para enmendar el guion y luego sí seguir rodando la escena. Sin embargo, de la primera lectura (Is 10, 5-7. 13-16) debemos aprender que no siempre es así.

El contexto es este: Asiria está en la cumbre de su poder y su expansión. Llenos de orgullo, los asirios avanzan imparables hacia el sur (Judá). Desde punto de vista humano, es la voluntad de ellos la que se está cumpliendo, pero Dios tiene planes más grandes para su pueblo. Recordemos lo que nos dice el mismo profeta Isaías: “Porque no son mis pensamientos sus pensamientos, ni sus caminos son mis caminos – oráculo de Yahveh -. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los suyos y mis pensamientos a los suyos. Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.” (Is 55, 8-11).

El profeta Isaías, tiene sin embargo otra opinión y Asiria es un instrumento en las manos de Dios. Lo que ellos creen que es un triunfo suyo no es sino el lugar que ocupan en un plan más amplio, que no alcanzan a ver ni tampoco les interesa ver porque están llenos de arrogancia y egoísmo. En ese plan más amplio, que es el de la voluntad divina, los asirios son un accidente relativamente menor, que viene como a cumplir una cierta función para pronto desparecer por su arrogancia. La comparación es precisa: son el «hacha,» y quien blande esa hacha es Dios. Tal vez la lección más importante que podemos aprender de este ejemplo, que es plenamente histórico, es que podemos esperar siempre que Dios actúe, pero no debemos esperar que para actuar detenga a los demás actores.

Así, como uno puede pasar por encima de un tronco viejo sin descubrir sus retoños nuevos, así uno puede pasar por el mundo sin descubrir los brotes del Reino. Hablando en términos generales, que son los términos de los grandes teoréticos, los grandes estrategas y los grandes comerciantes, el Reino no importa mucho. En términos generales y en una visión de bulto el palacio del rey hace poco y pesa poco. Lo que vale es su reino, es decir, la gente sencilla que no tiene una vida grande sino una vida pequeña pero que ama a su rey y engrandece su reinado. Por eso, tienen ojos para descubrir el misterio, la belleza y la fecundidad de lo pequeño y hacerlo grande. Así nos lo muestra Jesús en el evangelio de hoy.

Los «sabios y entendidos» buscan la verdad en aquello que se impone. Necesitan ser abrumados por el poder de algo para desear comprenderlo. El Reino de Dios se les escurre entre los dedos y  se oculta a sus ojos. El que se impone ante los demás es en realidad débil porque no puede vencer la verdadera fortaleza del hombre, que es su corazón. Allá, en esa fortaleza mundana, es donde nos encerramos a odiar a los que nos oprimen y a maldecir a los que pretenden imponerse sobre nosotros. Por eso el Reino de Dios no se impone, porque Dios que tiene que imponerse demuestra que nada puede frente a la muralla interior que cada uno construye en su corazón.

Los sencillos y humildes, en cambio, han aprendido otro lenguaje. Saben distinguir las señales de auxilio del que padece necesidad quizá porque han tenido que utilizarlas en su momento. Saben que todos pasamos por horas difíciles en las que nada podemos y todo necesitamos. Ese es el lenguaje del Reino de Dios. Ese es el lenguaje de Jesús. Ese es la atmósfera que irradia, discreta y humilde y pura, la Eucaristía. En la simplicidad y pequeñez del pan y del vino a través de las palabras de consagración del sacerdote Jesús se hace presente.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

  En Cristo y Santa María de Guadalupe

  Padre Enrique García Elizalde

Tuesday 15th Ordinary Time

Readinds

Gospel  MT 11:20-24

Jesus began to reproach the towns
where most of his mighty deeds had been done,
since they had not repented.
“Woe to you, Chorazin! Woe to you, Bethsaida!
For if the mighty deeds done in your midst
had been done in Tyre and Sidon,
they would long ago have repented in sackcloth and ashes.
But I tell you, it will be more tolerable
for Tyre and Sidon on the day of judgment than for you.
And as for you, Capernaum:

Will you be exalted to heaven?
You will go down to the nether world.

For if the mighty deeds done in your midst had been done in Sodom,
it would have remained until this day.
But I tell you, it will be more tolerable
for the land of Sodom on the day of judgment than for you.”

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This reading is the stage setting for the most famous Immanuel prophecy of Isaiah. High politics are rampant in this scene from the second phase of Isaiah’s prophetic career. At this time, Assyria was gaining enormous power. The king of Israel and the king of Aram (Syria) sought to force Judah’s Ahaz to join their anti-Assyrian alliance—or else Ahaz has the choice of becoming a puppet of Israel and Aram or of Assyria. He is told through Isaiah to proverbial rock and the hard place. He is told through Isaiah to stand firm and to avoid any pro— or anti-Assyrian alliances. Isaiah tells him to stand in the promises God made to David. Any kind of alliance would be political suicide. As Ahaz wavers, Isaiah tells him to ask for a sign that God’s promise to David is real. Ahaz refuses with some patronizing cant. Isaiah responds that the sign will be the birth of an heir –and that before he reaches the age of reason, the anti-Assyrian alliance would break up. Ahaz sided with Assyria and eventually paid a price. Isaiah repeatedly called for social reform which Ahaz refused to implement. Instead, he put his trust in the less demanding route of facile alliances.

One tends to think that a good run of miracles will be enough to convert anyone. Today’s Gospel shows that this is not the case. Jesus reproaches the towns that refused to believe His signs. The cities that Jesus Christ names in this short text, Chorazin, Bethsaida and Capernaum, probably have the highest rate of miracles per square kilometer in the entire world. However, we have already heard the reproach of the Lord: they did not convert. The first conclusion is that conversion does not happen by dint of extraordinary things. Miracles are not «proofs,» in the sense of a demonstration of geometry or mathematics, forcing you to accept what you are being told. Miracles are signs, and as such, they can be accepted or not.

There is a special meaning to the word “sign”. In its classical biblical sense, it is more than a miracle; it is the Word of God made visible. It is this sense that Isaiah could speak of God’s promise of an enduring dynasty coming true through a baby’s birth from a virgin woman. In this same sense as well, Jesus’ healings and exorcisms were manifestations of His healing and liberating word. These were the signs that the towns around Capernaum refused to credit. It is not just individuals but organized entities that can become faithless. Refusal of the Lord’s word can bring collective as well as individual judgment.

The signs of God’s love and judgment can be present in all the time. From where we get another lesson: if miracles are signs, it is evident that they are not the only ones. The whole world is full of signs, only we consider them uninteresting or significant for the sole reason that we have become used to them. Sunset, the peace of a stream, the twinkling of the stars or the immensity of the ocean are signs and also in their own way they are proclaiming the Maker (God) of them. The important thing, ultimately, is not the size of the sign, but the docility of the gaze that reads, recognizes, and thanks them. God as Teacher teaches us great lessons.

In these last few days, the Lord has given me one of the greatest lessons of my life. Last Friday, I had a surgery on my tongue because since I was a child it was stuck to the palate. It was difficult for me to breathe, and I have blood pressure problems. The doctors told me that it was a very simple surgery. So, I decided to keep going, but not before receiving the sacraments of Anointing of the Sick and Holy Communion. Thanks be to God everything went well in surgery. Now, the only detail is the rehabilitation, because eating, speaking, passing liquids, and even being able to move the tongue have been a challenge. I’ve been silent and fasting from solid food for a few days and it hasn’t been easy. I am offering this challenging moment for the forgiven of my sins, and the holiness of the Church. Now, I realize how many blessings we have and we don’t appreciate them until something happens to us. Being able to enjoy food, drink our drinks, speak, and communicate in our own language is something that we should appreciate and value. Thank you all for your prayers and enjoy the blessings you have.

What are you going to thank God for today?

In Christ,

Fr. Enrique GARCIA

Martes XV del Tiempo Ordinario

Evangelio según san Mateo 11, 20-24

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:

«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti».

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La imagen de héroe que solemos encontrar en las películas de cine o en las aventuras de novela es la de una persona que se enfrenta en solitario contra el mundo entero y sale victoriosa. Toda su fuerza está en él mismo y sólo apela a sus convicciones y a sus recursos, que parecen casi infinitos. La Biblia nos presenta un mensaje distinto, que puede bien sintetizarse en la frase que hemos oído hoy en la primera lectura del libro del profeta Isaías (7, 1-9): «sino confían no subsistirán.» ¿En quién confiar? Esa es la pregunta clave.  

Vemos que esta lectura es el escenario de la profecía del Emanuel (Dios con nosotros) más famosa de Isaías. La alta política abunda en esta escena de la segunda fase de la carrera profética de Isaías. En ese momento, Asiria estaba ganando un enorme poder. El rey de Israel y el rey de Aram (Siria) buscaron obligar a Ajaz de Judá a unirse a su alianza anti-asiria, o de lo contrario, Ajaz tiene la opción de convertirse en un títere de Israel y Aram o de Asiria.  Entonces,  ¿En quien confiar? Dios le dice a través de Isaías que se mantenga firme y que evite cualquier alianza a favor o en contra de Asiria. Isaías le dice que se mantenga fiel a las promesas que Dios le hizo a David. Cualquier tipo de alianza sería un suicidio político. ¿Qué harías tú? Mientras Ajaz vacila, Isaías le dice que pida una señal de que la promesa de Dios a David es real. ¿Alguna vez le has pedido a Dios una señal? Ajaz se niega con un poco de hipocresía condescendiente y no la pide.  

Isaías responde que la señal será el nacimiento de un heredero –y que antes de que alcance la edad de la razón, la alianza anti-asiria se rompería. Pero como siempre, queremos hacer nuestra voluntad y no confiamos en Dios, veamos ¿Qué hizo Ajaz? Él se puso del lado de Asiria y eventualmente pagó el precio. ¿Alguna vez has pagado las consecuencias de tus actos por no hacer la voluntad de Dios? A mí, en lo personal me ha pasado muchas veces. Veamos, ¿qué paso entonces?  Isaías pidió repetidamente una reforma social que Ajaz se negó a implementar. En cambio, puso su confianza en la vía menos exigente de las alianzas fáciles. ¡Como siempre busco el camino fácil! A Ajaz se le olvido que la fuerza no nos viene de confiar nosotros mismos o en los demás, sino en el Señor. 

¡Claro que esto no es fácil! Hay ocasiones en que las circunstancias nos muestran nuestros límites de tal manera que casi nos vemos «obligados» a hacer alianzas, por intereses personales. Pero sacamos a Dios de nuestras decisiones por no saber abandonarse a Él. Algo así fue lo que vivió Ajaz, rey de Judá, cuando supo que sus enemigos del Norte se habían aliado y hacían ya campamento de guerra cerca de Jerusalén, como nos cuenta la primera lectura. En semejantes circunstancias, la voz segura y lúcida de Isaías hace una predicción asombrosa: no sólo será salvada Jerusalén, sino que los enemigos serán aniquilados. 

Humanamente hablando, allí no había nada que hacer. Al respecto es interesante comparar las actitudes de los hebreos del reino del Norte, aquí llamado «Efraín» y las del reino del Sur, es decir, Judá. La presión venía de más arriba, de Siria. Los de Efraín, con su rey Pécaj a la cabeza, caen en la desesperación y lo que hacen es aliarse con los opresores para convertirse ellos mismos en opresión hacia el sur, o sea, hacia Judá. Los del reino del sur, en cambio, inspirados por la serenidad de Isaías no hacen pactos con los enemigos, sino que resisten en Dios. Los hechos le dan la razón al profeta: los del Norte, los de Efraín, de hecho, desaparecieron como pueblo; los del sur, los judíos, subsisten incluso hasta el día de hoy.  

Uno tiende a pensar que una buena tanda de milagros será suficiente para convertir a cualquiera. El evangelio de hoy muestra que no es así.  Las ciudades que nombra Jesucristo en este breve texto, Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, tienen probablemente el mayor índice de milagros por kilómetro cuadrado del mundo entero. Sin embargo, ya hemos oído el reproche del Señor: no se convirtieron. La primera conclusión es que la conversión no sucede a fuerza de cosas extraordinarias. Los milagros no son «pruebas,» en el sentido de una demostración de geometría o matemáticas, que te obliga a aceptar lo que se te está diciendo. Los milagros son señales, y como tales, pueden ser aceptados o no. 

De donde sacamos otra enseñanza: si los milagros son señales, es evidente que no son las únicas. El mundo entero está lleno de señales, sólo que las consideramos poco interesantes o significativas por la única razón de que nos hemos acostumbrado a ellas. Un atardecer, la paz de un arroyo, el parpadear de las estrellas o la inmensidad del océano son señales y también a su modo están proclamando a su Hacedor. Lo importante, en última instancia, no es el tamaño de la señal sino la docilidad de la mirada que las lee, reconoce y agradece. Dios como Maestro no enseña grandes lecciones.

En estos últimos días, El Señor me ha dado una de las más grandes lecciones de mi vida. El pasado viernes, me operaron de la lengua porque desde niño estaba pegada al paladar y se me dificultaba respirar. Los doctores me dijeron que era una cirugía muy sencilla. Así es que accedí, no sin antes recibir la unción y la comunión. Gracias a Dios todo salió bien en la cirugía. El único detalle es ahora la rehabilitación porque comer, hablar, pasar líquidos e incluso poder mover la lengua han sido todo un reto. He permanecido en silencio  y  ayuno de alimentos sólidos durante algunos días y no ha sido fácil. Ahora me doy cuenta que cuantas bendiciones tenemos y no las apreciamos hasta que nos sucede algo. El poder disfrutar la comida, tomar nuestras bebidas, el hablar, comunicarse en nuestro propio lenguaje es algo que debemos agradecer y valorar. Gracias a todos por sus oraciones y disfruten las bendiciones que tienen.   

¿De qué vas a darle gracias a Dios hoy? ¿Qué bendiciones tienes para agradecerle o cuáles ya no tienes?

Foto: En la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en la Gustavo Baez.  En donde rezaba el rosario con la gente desde antes de entrar al Seminario Conciliar de Texcoco.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 En Cristo y Santa María de Guadalupe

  Padre Enrique García Elizalde

Monday 15th Ordinary Time.

Daily Readings.

Holy Gospel according to Saint Mathew MT 10:34-11:1

Jesus said to his Apostles:
“Do not think that I have come to bring peace upon the earth.
I have come to bring not peace but the sword.
For I have come to set
a man against his father,
a daughter against her mother,
and a daughter-in-law against her mother-in-law;
and one’s enemies will be those of his household.

“Whoever loves father or mother more than me is not worthy of me,
and whoever loves son or daughter more than me is not worthy of me;
and whoever does not take up his cross
and follow after me is not worthy of me.
Whoever finds his life will lose it,
and whoever loses his life for my sake will find it.

“Whoever receives you receives me,
and whoever receives me receives the one who sent me.
Whoever receives a prophet because he is a prophet
will receive a prophet’s reward,
and whoever receives a righteous man
because he is righteous 
will receive a righteous man’s reward.
And whoever gives only a cup of cold water
to one of these little ones to drink
because he is a disciple–
amen, I say to you, he will surely not lose his reward.”

When Jesus finished giving these commands to his Twelve disciples,
he went away from that place to teach and to preach in their towns.

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Judah’s transition from a tribal to an urban culture caused less dislocation of the social structure than it did in Israel. Nevertheless, there was injustice and exploitation in the South. This is the subject of the oracle from Isaiah’s early years in today’s first reading. He characterizes the sinfulness of Judah’s conduct by evoking the names of Sodom and Gomorrah, household synonyms for corruption. The injustice among the people was a fissure that would eventually cause the social structure of Judah to crumble. Isaiah says in effect that if our life is corrupt, our prayer is corrupt. If our lives as covenant people are lies, our rituals are lies. Isaiah does not call for liturgical reformation. The liturgy was dutifully observed and ceremonially august. He points, rather, to the social and economic gaps between rich and poor that were slowly and insidiously poisoning Judah as they had Israel.

God does not need our empty sacrifices and burnt offerings. He does not listen to our prayers because we do not fulfill His will. He wants us to turn from our bad deeds and stop doing evil to others. Proof of this is today’s psalm, Psalm 49, 23b, «To the upright I will show the saving power of God.»

Jesus makes a related point in today’s Gospel reading. He ends the missionary sermon by speaking of the complete dedication required of a discipline in very severe terms. The language is strong and total. Just as prayer is not a separate track but an expression of our lives, so “dedication” is not a certain thing or set of “things” we do but a way of doing everything else. It’s a lifestyle. Our whole life should be a pleasing offering to God. Let’s live our life with passion. Our spiritual life, then, is not simply a collection of isolated prayerful moments in our daily schedule. It is a way of living.

We must take care not to let our spiritual life and our “real life” drift apart. Keeping them together is the mark of an adult and practiced Christian.

Are you willing that your life be light for others?

In Christ,

Fr. Enrique GARCIA

Lunes XV del Tiempo Ordinario.

Lecturas del día.

Evangelio según san Mateo 10, 34–11, 1

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa’’.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.

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¡Desarrolla tu talento, ofrécelo con creatividad y veras lo que sucede en tu vida!

Medalla de San Benito Abad

 La transición de Judá de una cultura tribal a una urbana causó menos dislocación de la estructura social que en Israel. Sin embargo, había injusticia y explotación en el Sur. Este es el tema del oráculo de los primeros años de Isaías en la primera lectura de hoy. Caracteriza la pecaminosidad de la conducta de Judá al evocar los nombres de Sodoma y Gomorra, sinónimos familiares de corrupción. La injusticia entre la gente era una fisura que eventualmente haría que la estructura social de Judá se derrumbara. Isaías dice en efecto que si nuestra vida está corrompida, nuestra oración está corrompida. Si nuestras vidas como pueblo de la alianza son mentiras, nuestros rituales son mentiras. Isaías no llama a la reforma litúrgica. La liturgia fue cumplidamente observada y ceremonialmente impuesta. Señala, más bien, las brechas sociales y económicas entre ricos y pobres que estaban envenenando lenta e insidiosamente a Judá como lo habían hecho con Israel.

Dios no necesita nuestros sacrificios y holocaustos vacíos. Él no escucha nuestras plegarias porque no cumplimos su voluntad. Quiere que nos apartemos de nuestras malas acciones y dejemos de hacer el mal para hacer el bien a los demás. Muestra de ello es el salmo de hoy, Salmo 49, 23b, “Dios salva al que cumple su voluntad”.

En la primera lectura, del profeta Isaías (1, 10-17), enlaza muy bien con las denuncias de injusticia que ya hemos oído en las semanas anteriores, por boca de Oseas y sobre todo de Amós. Isaías es especialmente elocuente: ¿cómo levantar a Dios en ofrenda las manos manchadas de sangre?

El evangelio de hoy nos presenta un rostro de Jesús que puede extrañarnos: «No piensen que he venido a traer paz a la tierra.» Esta frase debe ser comprendida en paralelo con aquello otro que dijo a sus discípulos casi al momento de su partida: «La paz les dejo, mi paz les doy; no se las doy como el mundo la da.» (Jn 14,27). La conclusión es que Cristo no es un amante de la guerra pero tampoco es partidario de una falsa paz. Si queremos vivir el evangelio hay que esperar que haya pugnas y recelos, y hay que suponer que tales dificultades entrarán también en el seno de las relaciones que nos parecen más estables, como es la familia.

La razón es que el amor que Dios ofrece y pide, no tiene comparación con ningún otro amor. Este principio no es nuevo: es simplemente el resultado de tomar en serio el primer mandamiento de la ley de Dios. Resultará difícil hacer esta elección por Dios, sin embargo, porque implicará romper con muchas cosas para preferirlo a él. Tal es el sentido de la Cruz: cada vez que preferimos a Dios dejando de lado alguna cosa que nos gusta o nos atrae, algo muere en nosotros. Al igual que en el caso de la Cruz de Cristo, este misterio de Cruz no quedará sólo en muerte sino que traerá vida, vida perdurable.

Jesús hace un punto relacionado en la lectura del Evangelio de hoy. Termina el sermón misionero hablando en términos muy severos de la entrega total que requiere una disciplina. El lenguaje es fuerte y total. Así como la oración no es una vía separada sino una expresión de nuestras vidas, la “dedicación” no es una cosa determinada o un conjunto de “cosas” que hacemos, sino una forma de hacer todo lo demás, es una forma de vivir. Toda nuestra vida debe ser una ofrenda agradable para Dios. Vivamos nuestra vida con pasión. Nuestra vida espiritual, entonces, no es simplemente una colección de momentos de oración aislados en nuestro horario diario. Es una forma de vivir.

Debemos tener cuidado de no dejar que nuestra vida espiritual y nuestra “vida real” se separen. Mantenerlas juntas es la marca de un cristiano adulto y practicante.

Hoy celebramos la fiesta de san Benito Abad, quien supo unir la vida real con la espiritual de manera magistral que es unos de los grandes monjes de la espiritualidad de todos los tiempos. Él habló de la perfección cristiana básicamente en dos claves: el martirio y el ascetismo extremo. Los nombres de los grandes mártires fueron siempre inspiración profunda, motivo de gratitud y certeza de la presencia divina. ¿Quién no se siente feliz de pertenecer a la misma iglesia del noble y venerable Policarpo, que prefirió ser quemado vivo, antes que renegar, en su ancianidad, de aquel de quien dijo haber recibido «sólo bienes»? ¿A quién dejaría de impactar una muerte como la de aquellos que fueron devorados por las fieras en el coliseo romano, y que razonaron como el gran Ignacio de Antioquía: «Soy trigo de Dios y debo ser molido para volverme pan de Cristo»?

Tras las huellas de estos y otros muchos mártires, de ambos géneros, los más antiguos monjes llevaron vidas extremas que parecían prácticamente un largo martirio. El ayuno habitual, las duras vigilias, la extrema pobreza, el recurso al desierto o el aislamiento formaron parte del arsenal de las almas ansiosas de una perfección que ya no podían esperar por la vía rápida de la persecución y la violencia exterior. Así se forjaron hombres como San Antonio, Abad, o los muy famosos monjes cercanos a Tebas. Estas dos clases de santidad parecían no sólo remotas sino del todo impracticables. El heroísmo próximo al mito parecía un camino imposible que debería quedar como patrimonio de una selecta élite de atletas del espíritu. Benito de Nursia vio las cosas de otro modo. Centró su corazón y el de sus monjes en un mensaje sencillo: centrarse en Dios, no anteponer nada a Cristo, orar y trabajar.

Especialmente en el monasterio de Montecasino, Benito pudo enseñar de palabra y con el ejemplo la sencillez y la belleza de una vida unida a Dios. El trabajo manual se alterna con el estudio, la oración y una vida sobria marcada por la comunión de bienes y el servicio a todos. El resultado fue una especie de santidad más «humana» que pronto atrajo verdaderas legiones de monjes y monjas.

La obra benedictina ha tenido inmensos bienes a la civilización occidental. Los monasterios se convirtieron no sólo en oasis de paz, oración y búsqueda espiritual, sino también en bibliotecas públicas, hospederías, talleres, graneros, lugares de creación e implementación de nuevas tecnologías. La influencia de Benito ha llegado hasta nuestros días a través de la oración, estudio, evangelización y cultura, primero en Europa, y luego en el resto del mundo. Oremos por todos los monjes y monjas Benedictinos en el mundo para que Dios los siga llenando de su amor y su santidad, de sus dones y su amor para transformar al mundo con su presencia.

¿Estás dispuesto que tu vida sea luz para los demás?

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

En Cristo y Santa María de Guadalupe

Padre Enrique García Elizalde