Jueves II del Tiempo Ordinario (23-Enero-2020)

Evangelio según san Marcos 3, 7-12

 

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos. Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde él estaba.

Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo.

En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo. Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran.

 

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En la primera lectura (1 Sm 18, 6-9; 19, 1-7) vemos la amistad entre Jonatán y David, estos dos amigos harían cualquier cosa el uno por el otro, los dos buscan ayudar al otro, hacerlo crecer y que esté sano (física, emocional y espiritualmente) y salvo (Salvación). Personalmente, esto me recuerda a los maravillosos amigos que Dios ha puesto en mi vida, por quienes doy gracias a Dios, oro por ellos y soy muy bendecido en mi vida. Mi vida sin ellos sería muy diferente, sin sentido.

 

Cada día descubrimos que estas maravillosas historias en las Sagradas Escrituras realmente hablan de situaciones a las que nos enfrentamos cada día. Saúl se pone celoso de David, después que David mató a Goliat porque las mujeres estaban alabando a David más que a Saúl. ¿Alguna vez has tenido celos del éxito de otra persona? San pablo nos dice “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran.” (Rm 12, 15)

 

¿Por qué nos pasa eso? El problema está en que el pecado ha afectado nuestras vidas con la falta de seguridad, quebrantamiento, falta de autoestima, una falsa imagen de nosotros, y en una inseguridad en nuestra identidad como hijos/as amados/as de Dios por no estar bien cimentada.  A veces lloramos porque otros se alegran y nos alegramos porque otros lloran. ¿Crees que esto es correcto? Creo que algo anda mal en nuestras vidas. Si obtenemos nuestra identidad de Dios como su hijo/a amado/a, no importa cuánta atención reciban los demás o como les vaya en la vida porque sabemos quiénes somos a los ojos de Dios y eso debería ser suficiente. No deberíamos de buscar en los lugares equivocados nuestra felicidad sino solamente en Dios. Esto nos permite celebrar los éxitos de los demás porque no nos sentimos amenazados por ellos. Porque el amor de Dios es infinito; hay suficiente amor para todos y no estamos compitiendo por un lugar en su corazón. Dios puede amarte perfectamente y amar a todos al mismo tiempo.

 

¿Cuál fue el error de Saúl? ¿Escuchar las voces de las mujeres que cantaban: “Saúl a matado a sus miles, y David a sus diez miles”? Su error fue dejar que el mal se apoderara de su corazón y se le olvidó que él era el elegido por Dios, su consagrado, que Dios es fiel a sus promesas aunque nosotros no lo seamos. Él tuvo miedo y pensó: “Todo lo que le falta es la realeza”. Su ira lo llevo a compartir con su hijo Jonatán su plan para matar a David. Muchas veces cuando estamos enojados, celosos, heridos, lastimados, decepcionados, etc. involucramos a otras personas, incluso a nuestros hijos y no somos conscientes de que nuestras frustraciones y maldad se las estamos transmitiendo y los estamos afectando también.

 

Jonatán, quien amaba a David como un hermano, le advirtió acerca de los planes y la trampa que le quería tender el rey Saúl. Entonces Jonatán le rogó a su padre que no le hiciera nada a David porque él no había hecho nada malo. Jonatán estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para salvar a su querido amigo David. El amor quiere el bien de la otra persona. Jonatán estaba dispuesto a arriesgar su propia vida para salvar a David. ¡Qué bendición de amigo! Jesús dijo: “No hay amor más grande que el que da su vida por un amigo.” (Juan 15, 13) y “el amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor. El amigo fiel es remedio de vida, los que temen al Señor le encontrarán.” (Eclesiástico 6, 14-16).

 

Saúl escuchó a Jonatán y decidió no matar a David, al menos por el momento. Veremos más adelante que Saúl persigue a David para matarlo. Me he dado cuenta de que la amistad es una fuerza impulsora en mi vida. Jesús nos enseñó que los mayores mandamientos son amar a Dios y amar a nuestro prójimo. Él sabe lo que nos satisfará. Desarrollando una amistad cercana con Jesús y mis amigos me ha traído gran alegría en mi vida. Deberíamos invertir tiempo en nuestras amistades y relaciones con los demás porque las únicas cosas que perduran en la vida son nuestras relaciones con Dios y con los demás. Todas las cosas materiales se quedarán en este mundo.

 

Jesús eligió invertir fuertemente en los doce apóstoles y tuvo una relación especialmente estrecha con tres: Pedro, Santiago y Juan. ¿Quiénes son mis tres amigos más cercanos? ¿Invierto tiempo y energía en estas relaciones? ¿Nos ayudamos mutuamente a crecer en santidad?

 

En el pasaje del evangelio de hoy, Jesús se retira con los discípulos junto al mar. La multitud se le echa encima hasta el punto de poner en peligro la seguridad de Jesús, lo que le obliga a pedir a los discípulos que pongan a su disposición una barca para liberarse del gentío. Se trata de enfermos de todo tipo que se le echan literalmente encima a Jesús (v.9), casi para arrancarle, tocándole, una energía benéfica y sanadora, “todos los que padecían algún mal se arrojaban sobre él para tocarlo.” ¿Cómo es nuestra actitud al acercarnos a Jesús? ¿Estas con Él para compartir tu vida o para obtener un provecho de Él?  ¿Te acercas a Jesús para ser sanado de tus males y cambiar tu vida?

 

La fama de las curaciones que había realizado se había difundido rápidamente por las regiones que el evangelista Marcos enumera al comienzo del relato. Es el mejor momento para que los espíritus inmundos pongan en escena una gran propaganda sobre Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios”, proclaman. Es la verdad, pero anunciada de una manera que la hace vana. En efecto, Satanás quiere anticipar la gloria de Jesús para hacerle evitar la cruz, que es lo único que la hace verdadera. También Pedro, más tarde y por una amistad mal entendida, intentará ahorrar al Maestro la prueba suprema y recibirá una dura reprimenda de Jesús: “¡Apártate de mí, Satanás!” (cf. Mc 8, 31-33). También cuando nosotros intentamos huir de la cruz servimos de obstáculo a la realización del designio divino de salvación. Ahora bien, Jesús, quien tiene su identidad bien puesta como Hijo Amado, quiere ser fiel al Padre, que le llama a convertirse en Siervo de YHWH; por eso resiste con firmeza a los que le tientan y les impide manifestar su identidad en el momento inapropiado. Y es que todo conocimiento de Jesús sin amor a la cruz se vuelve una mentira mal intencionada, “el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.” (Mt 10, 38). Jesús nos dice a todos: “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga.” (Lc 9, 23)

 

Démonos el tiempo hoy para reflexionar sobre nuestras amistades y demos gracias a Dios por ellas. Hagámonos estas preguntas: ¿Puedo regocijarme cuando otros se regocijan o me pongo celoso? ¿Puedo llorar con los que lloran? ¿Quiénes son las personas en mi vida que me inspiran a ser santo?
Que todos seamos bendecidos con amistades como Jonatán y David. Las amistades auténticas requieren tiempo y constante trabajo duro, pero los beneficios son abundantes en esta vida y duran para la eternidad, especialmente si tus amigos te ayudan a llegar al cielo.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Jueves I Tiempo Ordinario (16-Enero-2020)

Evangelio   Mc 1, 40-45

 

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

 

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Te invito a que hagas la prueba de fomentar el hábito de la oración por 15 minutos diarios por menos. ¡Veras las maravillas que pasaran en este año!

 

Seguimos descubriendo el poder de la oración y como Dios siempre escucha nuestras suplicas. ¿Por qué entonces no siempre nos da lo que le pedimos o sucede como nosotros le pedimos?

 

En la primera lectura (1 Sam 4, 1-11), vemos que los israelitas fueron derrotados por los filisteos en la primera batalla. Cuestionaron porque Dios les permitió perder la batalla. Entonces ellos mandaron traer el Arca de la Alianza al campo de batalla. El Arca llegó y estaban emocionados de tener la presencia de Dios entre ellos. Los filisteos tuvieron miedo de la presencia de Dios en medio de los Israelitas porque habían escuchado lo que Dios les hizo a los egipcios durante el tiempo de Moisés.

 

A pesar de estar asustados, los filisteos decidieron luchar y derrotaron a los israelitas. El Arca fue capturada por los filisteos, y los dos hijos de Elí: Jofní y Pinjás, murieron. La primera vez que leí esta historia, yo esperaba que los Israelitas ganaran la batalla una vez que el Arca llegó.   Al igual que los israelitas, pensé que la presencia de Dios traería a los israelitas una victoria segura. ¿Cómo pudo Dios permitir que fueran derrotados? No sé la respuesta a esa pregunta, pero aquí están algunas posibles respuestas que vinieron a mi corazón en oración.

 

A veces Dios permite que las cosas sucedan mal por una razón. Los hijos del sacerdote Elí: Jofní y Pinjás, no eran hombres justos. Ellos usaron su posición para su propio beneficio. A veces podemos usar a Dios para nuestro propio beneficio. Podemos tratar de aparentar ser justos y santos, mientras que nuestros corazones están lejos de Dios y de ayudar a las personas. Al permitir que los filisteos ganen la batalla, Dios está llamando a los Israelitas de nuevo a la fidelidad y a confiar en Él. Por ejemplo, puede ser que alguien tenga una enfermedad grave para que finalmente le entregue su vida a Dios. A veces Dios permite que las cosas sucedan para acercarnos de nuevo a Él y confiemos totalmente en Él.  He conocido a muchas personas que regresaron a Dios cuando les diagnosticaron cáncer o alguna otra enfermedad grave, o cuando han pasado por un problema muy difícil. Tenemos que caer de rodillas ante Dios para dejar que Él actúe en nuestras vidas.

 

Los israelitas estaban tratando el Arca como un amuleto de buena suerte. También podemos tratar a Dios como un amuleto de buena suerte. A veces nos ponemos una cruz o un rosario en el cuello esperando que la suerte venga. Dios quiere nuestros corazones, no sólo nuestras prácticas exteriores. No podemos manipular a Dios para que haga lo que queremos que haga. Él es Dios y nosotros no. Podemos pedirle a Dios que haga cosas, pero la oración final es: “Hágase tu voluntad”.

 

¿Qué está tratando Dios de enseñarme en esta historia?

¿He tenido eventos en mi vida que me hicieron reflexionar sobre mi relación con el Señor y cómo necesito cambiar?

¿Trato a Dios como un amuleto de buena suerte o es realmente el Señor de toda mi vida?

¿Alguna vez he experimentado que Dios saca lo bueno de una mala situación?

 

Por otro lado, vemos en el evangelio que se nos presenta la sanación de un leproso que representa a cada uno de nosotros ante las consecuencias del pecado en nuestras vidas y, como Jesús nos libera de nuestros males y restaura nuestra relación con Dios, pero exige que nos acerquemos y confiemos en Él, como lo hizo Ana el día de ayer (ver https://padrekike.wordpress.com/2020/01/16/miercoles-i-del-tiempo-ordinario-15-enero-2019/).

 

En la antigüedad la lepra era una enfermedad incurable, por lo tanto,  quien era diagnosticado estaba condenado a la muerte. En el contexto judío la lepra era considerada igual a la muerte y, por ello, curarla equivalía a resucitar a un muerto, y era, por tanto obra de Dios (ver 2 Re 5,7). La lepra marginaba a quien la padecía y lo obligaba a vivir al margen del Pueblo de Dios (ver Lev 13, 45-46), una enfermedad que dañaba no solo el cuerpo sino también la relación con Dios y los miembros de su pueblo. Peor aún, el leproso era impuro y esto le prohibía entrar en el templo, el lugar santo donde habita Dios.

 

¿Cuál es la lepra que me margina y aleja de Dios y de los demás?

 

El leproso al acercarse a Jesús sabe que rompe con la restricción de la Ley, pero él toma el riesgo, se arrodilla, que es un signo de súplica y reverencia (Salmo 22, 30; 95,6). Su suplica, “”Si tú quieres”, muestra su absoluta confianza en el poder de Jesús. El leproso va al punto, “puedes curarme”.

 

¿Confías en que Jesús puede sanarte y ayudarte en tus problemas?

 

Esto conmueve a Jesús y Él se compadeció de él. Jesús, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!”  Nuestra total confianza en Jesús, en su voluntad (si tú quieres), nuestras suplicas, adoración (reconocerlo como Señor); mueven su corazón a la compasión y a limpiarnos de nuestras impurezas.  Al tocar al leproso, Jesús no queda impuro por la lepra, sino al contrario, de inmediato al leproso “se le quitó la lepra y quedó limpio”.

 

Jesús no nos juzga y nos prepara para ser restaurados y purificados. Jesús curó al leproso a su propio costo, tuvo que quedarse afuera de la ciudad, en lugares solitarios porque después de que él contó lo que había sucedido fue prácticamente imposible para Jesús entrar desapercibido.

 

Jesús toma nuestro lugar en la cruz y muere por causa de nuestro pecado, para perdonarnos. El mejor lugar para mostrarle a Dios mi lepra es en el sacramento de la confesión, ahí  mi confianza en su misericordia mueve su corazón con amor a limpiarme de mi pecado y transformar mi vida.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Miércoles I del Tiempo Ordinario (15-Enero-2019)

Evangelio  Mc 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

 

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Ayer escuchamos la historia de Ana suplicando a Dios que le dé la bendición de ser madre de un hijo porque ella había sido estéril. El Señor escucha sus oraciones,  le concedió un hijo y le puso por nombre Samuel, que significa “en nombre de Dios” o “Dios ha escuchado”.  Sorprendentemente, Ana ofreció a su hijo como lo prometió a Dios dándoselo al sacerdote Elí para que él fuera criado en el templo.

 

Aunque Samuel creció en el templo, no siempre reconoció la voz de Dios, como lo ilustra la historia de hoy. Es un proceso para todos nosotros llegar a reconocer la voz de Dios. Samuel dormía en el templo cerca del Arca de la Alianza, que representaba la presencia de Dios entre su pueblo. Hoy, esto sería como si hoy nosotros durmiéramos junto al tabernáculo, que alberga el Cuerpo de Cristo.

 

Hay tres puntos importantes que llaman mi atención de este pasaje bíblico:
1) Necesitamos pasar tiempo en oración en silencio con el Señor cada día. En Exodus 90 y Fiat 90, les pedimos a los participantes que dediquen 20-60 minutos de oración en silencio cada día. Samuel dormía en el templo. El deseaba estar cerca del Señor. Eventualmente, el empezó a escuchar la voz del Señor. ¿Dedico tiempo diario en oración en silencio en la presencia de nuestro Señor? ¿Busco escuchar la voz de Dios a través de la Biblia, cada momento de mi vida y mis pensamientos de cada día?

 

2) Samuel no reconoció la voz de Dios al principio. El necesitaba práctica. La oración es un arte y requiere perseverancia y paciencia. Habrá días en los que sentirás que está perdiendo el tiempo porque no pasa nada. Lucha contra la tentación de abandonarla. Mantente fiel al tiempo de oración, incluso cuando parece que no sucede nada. Llegamos a conocer la voz de Dios al pasar tiempo con Él y leer su Palabra. ¿Con qué frecuencia practico el arte de la oración? ¿Con qué frecuencia leo las Escrituras? ¿Estoy dispuesto a perseverar en los tiempos secos de la oración?

 

3) Samuel necesitaba que Elí le ayudara a saber que la voz que oía era la de Dios. Elí era el director espiritual que Samuel necesitaba. Nosotros también necesitamos a alguien con experiencia, como Elí, para guiarnos por el camino hacia Jesús. ¿Tengo un director espiritual o guía en mi vida? Muchos de nuestros sacerdotes están ocupados y no tienen tiempo para la dirección espiritual, pero puedes encontrar a alguien con experiencia en la vida espiritual para ayudarte a discernir la voz de Dios en tu vida. Puede ser un sacerdote jubilado, un religioso, diácono o laico. La clave es encontrar a alguien que esté disponible, que confiemos en él, y que pueda ayudarnos en el camino de la santidad. ¿Quién es mi guía espiritual?

 

Además, en el evangelio de hoy se nos presenta la primer sanación física, inmediatamente después del primer exorcismo. Esta es otra manifestación visible de la presencia del Reino de los Cielos. Para los evangelios, la enfermedad está cercanamente relacionada a la opresión demoníaca, como parte de la condición de la naturaleza caída y signo de dominación de Satanás sobre los seres humanos; de los cuáles Jesús vino a liberarnos (Cfr. Mt 12, 22; Mc9,20.25; Lc 13,16).

 

Jesús  después de salir de la sinagoga entra en la casa de Simón y Andrés. Tuve la oportunidad de estar en este maravilloso lugar hace tres años con mis amigos Jodie y Ron Wingert de la Diócesis de Des Moines, quienes me han aceptado como parte de su familia; y durante la Cuaresma del 2018 fui con mi amigo el Padre Burke Masters y peregrinos de la Diócesis de Joliet. Ahora el meditar este pasaje cobra un sentido más profundo en mí.  Los arqueólogos han descubierto restos de unas ruinas probablemente de esta casa cerca de la sinagoga de Cafarnaúm, debajo de las ruinas de una iglesia antigua que fue construida sobre este lugar. Aquí oramos para que Jesús siga sanando a todas las mujeres enfermas, no sólo suegras, sino a todas aquellas que están pasando por una situación difícil, para que sientan como la comunidad ora por ellas (le avisan a Jesús), él se acerca a ellas, las toma de la mano, las acompaña en sus padecimientos y les da la fortaleza y salud para que se levanten de donde el mal las tiene postradas.  Meditemos un poco más en esto.

 

No se menciona la esposa de Simón aquí, pero ella lo va acompañar después en sus viajes misioneros (1 Cor 9,5). Su madre esta postrada en cama con fiebre, en ese tiempo esto podría poner en peligro su vida. Su enfermedad era severa debido que no cumplió con sus deberes de hospitalidad al tener un invitado de honor en su casa. Los discípulos le avisaron enseguida, mostrando su responsabilidad ante los problemas de otros, aun sin saber lo que haría Jesús.

 

¿Cuándo ves los problemas de otros vas con Jesús y le avisas que lo necesitan?

¿Prefieres contarle a Jesús de las necesidades de otros o se las dices a otros?

 

Jesús se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. Ante nuestras necesidades Jesús siempre se acerca (Encarnación), nos toma de la mano (camina con nosotros) y nos levanta (Resurrección). “La levantó” es la misma palabra en griego que se usa para su resurrección (Mc 16,6). Esta mujer al recuperarse de su enfermedad es un anuncio de la resurrección en el último día (Mc 12, 24-26). Su inmediata reacción es modelo de lo que tiene que hacer el discípulo que ha sido sanado por Jesús, “se puso a servirles”. El verbo griego (diakoneō, servicio) después se convirtió en un término para el ministerio cristiano (Hech 6, 2), del cual deriva la palabra “diacono” (servidor). Para eso dijo Jesús que vino, “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10, 45). Esa es la forma correcta de responder ante un encuentro personal con Jesús, especialmente si nos ha sanado, necesitamos servirlo a Él y a sus discípulos, esto es a la Iglesia (la comunidad de bautizados) y a los demás. La mujer ejemplifica este servicio de manera particular en los evangelios (Mc 15, 41; Lc 10, 40; Jn 12, 2).

 

¿Qué te impide que te levantes de tus caídas?

Después de que te has encontrado con Jesús, ¿Cómo sirves a los demás?

 

El primer exorcismo y la primer sanación encienden la primera reunión multitudinaria alrededor de Jesús. Ahora es conocido como una figura pública, le llevan “a todos los enfermos y poseídos del demonio”, pero se los llevan al atardecer, cuando el sol se ponía porque las regulaciones del Sabbath (Sábado) prohibían cargar los cuerpos (Jer 17, 24). Para el Pueblo Judío los días comienzan al atardecer (Gn 1,5; Lev 23, 32), entonces el Sabbath abarca del atardecer del viernes al atardecer del sábado. Curó a muchos enfermos, eso hace Jesús con nuestras vidas porque Él es el médico y la medicina. El verbo griego curó, therapeuō, es raíz de la palabra terapia, esto implica tratamiento o tener cuidado de la persona enferma. Esto puede implicar que Jesús pasó tiempo con cada persona curándolos con amor, es decir, teniendo cuidado de ellos, no es un acto rápido y deliberado, sino que toma tiempo. Al final, nos muestra como Jesús de madrugada, se levantó y se puso a orar. Nos da muestra como tenemos que hacer un esfuerzo por orar, antes de empezar todas nuestras actividades. No se quedo en la cama o en la misma casa (salió), salir de la comodidad para que las cosas cambien.

 

¿Pasas tiempo con las personas enfermas y los tratas con amor?

¿Eres paciente con aquellos que tienen alguna necesidad o discapacidad?

¿Eres paciente contigo mismo en el proceso de sanación de tu vida?

¿Qué vas hacer para orar y salir de tu comodidad?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Martes Primer Semana del Tiempo Ordinario (14-Enero-2020)

Primera lectura  1 Sm 1, 9-20

En aquel tiempo, después de tomar la comida ritual en Siló, Ana se levantó y se puso a orar ante el Señor. Llena de amargura y con muchas lágrimas, hizo esta promesa: “Señor de los ejércitos, mira la aflicción de tu sierva y acuérdate de mí. Si me das un hijo varón, yo te lo consagraré por todos los días de su vida, y en señal de ello, la navaja no tocará su cabeza”.

Mientras tanto, el sacerdote Elí estaba sentado a la puerta del santuario. Ana prolongaba su oración y Elí la miraba mover los labios, pero no oía su voz. Pensando que estaba ebria, le dijo: “Has bebido mucho. Sal de la presencia del Señor hasta que se te pase”. Pero Ana le respondió: “No, señor. Soy una mujer atribulada. No he bebido vino ni bebidas embriagantes; estaba desahogando mi alma ante el Señor. No pienses que tu sierva es una mujer desvergonzada, pues he estado hablando, movida por mi dolor y por mi pena”.

Entonces le dijo Elí: “Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”. Ella le contestó: “Ojalá se cumpla lo que me dices”. La mujer salió del templo, fue a donde estaba su marido, y comió y bebió con él. Su rostro no era ya el mismo de antes.

A la mañana siguiente se levantaron temprano, y después de adorar al Señor, regresaron a su casa en Ramá. Elcaná tuvo relaciones conyugales con su esposa Ana, y el Señor se acordó de ella y de su oración. Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo: “Al Señor se lo pedí”.

Salmo Responsorial 1 Samuel 2, 1. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.

Evangelio Mc 1, 21-28

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.

 

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Hermanos hemos terminado el Tiempo de Navidad y estamos en el Tiempo Ordinario. Celebrábamos la Epifanía del Señor (Adoracion de los Magos a Jesús niño), el Bautismo del Señor (Jesús a la edad de 30 años) y hoy Jesús en el evangelio se encuentra con un hombre con un espíritu inmundo en la sinagoga de Cafarnaúm. Al mismo tiempo en la primera lectura Ana aparece “llena de amargura y con muchas lágrimas” que “se levantó y se puso a orar ante el Señor.” Ella “salió del templo, fue a donde estaba su marido, su rostro no era ya el mismo de antes. A la mañana siguiente se levantaron temprano, y después de adorar al Señor, regresaron a su casa,” tuvieron relaciones conyugales, y el Señor se acordó de ella y de su oración. Ana concibió, dio a luz un hijo.

 

¿Qué aprendemos de esta hermosa y maravillosa historia? Que primero debemos confiar en Dios y entregarle todos nuestras preocupaciones y problemas y Él nos ayudará porque nos ama y escucha nuestras suplicas. Pero no es cuando nosotros queremos, sino cuando Dios quiere, no es nuestro tiempo, sino el tiempo de Dios. ¿Por qué? Porque quiere darnos una enseñanza mayor para que nuestra alegría y gozo sean inmensos y duraderos.

 

Parece que todo sucede muy rápido pero en realidad hasta la edad de treinta años Jesús se bautiza, y después de tres años de preparación es que inicia su ministerio público. Para que Ana se llenara de amargura, seguramente pasó mucho tiempo, seguramente le pidió muchas veces al Señor, después concibe y pasaron nueve meses para que diera a luz a un hijo (Samuel).  Creo que hoy las lecturas nos hablan de la importancia de ser pacientes y preparar nuestro corazón para que se alegre en Dios, nuestro salvador (salmo de hoy). Jesús y Ana, se prepararon en oración y fe, confianza total y absoluta a la voluntad del Padre celestial. Así es en nuestra vida, las cosas no van a pasar rápido, sino serán más fáciles si confiamos en el Señor y nos abandonamos a su voluntad. Educar a los hijos toma tiempo, no es de la noche a la mañana, cambiar nuestros malos hábitos y forma de ser toma tiempo, ser mejor en cualquier área de nuestra vida lleva tiempo, ser profesionista toma tiempo.

 

¿Confías en Dios o te desesperas ante los problemas de tu vida?

¿Has sentido desesperación y que Dios no escucha tu oración?

El Evangelio de hoy nos da una clave más, escuchar la voz de Jesús y dejar que penetre en nuestro interior y lo transforme.  Jesús se encuentra con un hombre que es poseído por un espíritu inmundo en la sinagoga de Cafarnaúm. Interesante que el primer espíritu inmundo al que Jesús se enfrenta está en un lugar santo, el lugar de adoración.  Aunque es una persona, un individuo, él habla en plural: “¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”  Eso genera el pecado en nuestras vidas, nos separa el uno del otro, pero también nos divide interiormente, colocando una parte del yo contra otra. Todos hemos experimentado esto: nuestras mentes están divididas, nuestras voluntades están divididas, y nuestras emociones luchan contra nuestras convicciones más profundas, valores y principios.

 

El demonio sabe quien es Jesús,  “Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Eso nos puede pasar también a nosotros, saber quien es Jesús pero no dejamos que su palabra nos penetre y nos transforme.  La voz de Jesús devuelve al hombre a sí mismo, es precisamente el efecto de la voz de Jesús cuando dejamos que penetre en nuestra vida. Cuando permites que su palabra alcance dentro de ti, te vuelves a unir (restaura todo lo que ha sido quebrantado por el pecado). Cuando Jesús se convierte en el centro de nuestra vida, entonces nuestra mente, voluntad, emociones, vida privada, vida pública, todo ello, encuentra su lugar armonioso. Esto toma tiempo, no es de un día para otro, pero cada día tomate el tiempo para leer el Evangelio y orar y veras los resultados. Empieza por orar 15 minutos diarios y veras los resultados.

 

¿Estas dispuesto a ir más allá de únicamente saber quién es Jesús?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Señor, ayúdame a tener presente siempre que tus planes son mejores que los míos, que quieres podar de mi vida toda aquello que me impide ser feliz, aunque me duela, pero me hará crecer. Señor ayúdame a confiar plenamente en ti y en tu amor con todo mi corazón. Ayúdame a superar mis problemas y dificultades, libérame de mis ataduras, apegos y de todo aquello que me aparta de tu amor. María santísima, tómame de tu mano y cúbreme con tu amor para ser fiel a tu Hijo Jesucristo, como tú lo fuiste y yo quiero ser.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Lunes de la 1a Semana del Tiempo Ordinario (13-Enero-2020)

Evangelio según san Marcos 1, 14-20

 

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús.

 

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Ayer celebramos el Bautismo del Señor, que oficialmente terminamos el tiempo de la Navidad y ahora empezamos el Tiempo Ordinario. Se le llama Ordinario porque proviene de “ordinal”, una manera de contar y no como muchos piensa: “normal”; por el contrario, nos invita a vivir de una manera extra-ordinaria nuestra vida con la presencia de Jesús. Comenzamos a contar las semanas del tiempo ordinario hasta la Fiesta de Cristo Rey, aunque se interrumpe con el inicio de la cuaresma, el miércoles de ceniza, el 26 de febrero de 2020. ¡Bendiciones para todos los que inician Éxodo 90 y Fiat 90 hoy!

 

La primera lectura de hoy (1 Sm 1, 1-8) vemos como Ana, quien es la segunda esposa de Elcaná, a quien el ama profundamente, no puede tener hijos y por ello Peninná, la otra mujer de su esposo se burlaba continuamente de ella a causa de su esterilidad. Su esposo una vez le dijo: “Ana, ¿por qué lloras y no quieres comer? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿Acaso no valgo yo para ti más que diez hijos?” Y en esta historia maravillosa que continuará mañana vemos como Dios siempre escucha nuestras suplicas y nos hace justicia, pero nos pide que no nos quedemos estancados en nuestras situaciones o problemas, sino que confiemos totalmente en su amor.

 

La liturgia del tiempo ordinario nos pone en camino con Jesús, “inmediatamente dejaron…y lo siguieron” (v.17), a fin de ir descubriendo, de una manera progresiva, su misterio y nuestra auténtica identidad. El fragmento de hoy recoge en síntesis el comienzo de su ministerio público. Jesús se inserta en el surco preparado desde los profetas hasta Juan el Bautista, precursor de Cristo incluso en el en el desenlace de su misión (v.14, literalmente: “entregado”). Sin embargo, su novedad es absoluta, porque Jesús no anuncia ya lo que Dios quiere llevar a cabo, sino que realiza el cumplimiento de las promesas divinas y de las expectativas humanas: el Reino de Dios y la salvación se vuelven una realidad presente con Él. Su misma persona es el Reino, el Evangelio (1, 1); Él inaugura el tiempo favorable (kayrós) en el que Dios somete a las fuerzas que disminuyen la vida del hombre (v. 15ª).

 

Se trata de un mensaje espléndido y, al mismo tiempo, comprometedor, puesto que la obra de Dios solicita nuestra respuesta, una respuesta que se compone de conversión (cambiar de mentalidad y de orientación nuestros propios pasos) y de adhesión de fe a la alegre noticia. La vocación de los primeros discípulos nos ofrece un ejemplo práctico. A diferencia de la costumbre judía, en la que eran los discípulos quienes escogían, a su ‘rabí’, ahora la iniciativa corresponde, significativamente, a Jesús: es Él quien llama a algunos para que le sigan, para que sean discípulos suyos. Jesús pasa por la vida cotidiana de los hombres, ve con una intensa mirada de amor y de conocimiento, invita y promete una condición nueva.

 

Esta llamada se repite: es una invitación que se extiende, una alegría que se multiplica, un acontecimiento que también nos llega a nosotros, hoy. El que cree en el mensaje de Jesús cambia de estilo de vida deja el pasado, las seguridades, los afectos: “Se ha cumplido el plazo”, es preciso aprovechar la ocasión de gracia. “Está llegando el Reino de Dios”: a nosotros nos corresponde elegir si entramos en él. “Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron” (vv. 18.20b).

 

¿Estás dispuesto a dejar tu vida ordinaria para seguir a Jesús y vivir de manera extraordinaria?

¿Qué te impide seguir a Jesús y dejar todo aquello que no te hace pleno?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Señor, ayúdame a dejar todo aquello que me impide ser feliz, ser pleno y seguirte con todo mi corazón. Quiero que me liberes de mi pasado, de mis ataduras, apegos, de todo aquello que me aparta de tu amor y de entregarte mi corazón. María santísima, tómame de tu mano y cúbreme con tu amor para ser fiel a tu Hijo Jesucristo, como tú lo fuiste y yo quiero ser.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

1er. Domingo del Tiempo Ordinario – CICLO “A”. Bautismo del Señor. (12-Enero-2020)

Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

 

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Hoy la Iglesia celebra el Bautismo del Señor. Y la escena del bautismo de Jesús representa, por un lado, su investidura mesiánica y, por otro, el itinerario de todo bautizado desde su origen pecador hasta el despliegue en plenitud de su vocación a convertirse en hijo en quien el Padre encuentra sus complacencias. Vamos de profundizar en ambos aspectos.

 

El evangelio de Mateo intenta aludir a la pasión a través de la identificación de Jesús con el siervo de Yahvé del que habla Isaías (evocado en el último versículo de nuestro pasaje), quien ha tomado sobre sí nuestras debilidades. ¿Por qué Jesús tendría que ser bautizado? Juan estaba ofreciendo un bautismo de arrepentimiento, porque sabemos que Jesús no tenía pecado. Jesús NO NECESITABA ser bautizado, pero Él ELIGIÓ ser bautizado.

 

Dios no NECESITABA convertirse en hombre como un niño nacido de una virgen, pero Dios ELIGIÓ convertirse en uno de nosotros para redimirnos por su inmenso amor por nosotros. Lo mismo sucede acerca de su bautismo. Jesús ELIGIÓ ser bautizado en solidaridad con nosotros y para santificar las aguas del bautismo para siempre. Ahora las aguas del bautismo nos limpian de nuestros pecados, porque el agua ha sido primero santificada por Jesús.

Este gesto denota la voluntad que Jesús tiene de solidarizarse con los pecadores, siendo propiamente en este punto en el que la concepción mesiánica del Bautista se muestra incompleta.  Juan ha anunciado a un Mesías juez, castigador, que descargará sobre los pecadores la ira y el castigo de Dios: “Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles; y todo árbol que no de buen fruto será cortado y arrojado al fuego.” Jesús, en cambio, entiende que la única manera de encontrar a Dios es sumergiéndose en el humus del hombre atrapado en su pecado, allí donde la presencia del Espíritu es más activa y la esperanza de que Dios salve más viva. Pero Juan no puede aceptar un Mesías que se someta al rito de purificación destinado por él a la escoria de la humanidad. Jesús le responde con términos misteriosos: “Deja, por ahora, porque es conveniente que así cumplamos toda justicia.”

 

Esta respuesta, que Juan no puede comprender plenamente, significa de parte de Jesús una deliberada sumisión al proyecto de Dios que está por encima del Bautista mismo. Estas son las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Mateo. Debemos por ello detenernos un poco en ellas. Sobresalen dos términos típicos de Mateo: “justicia” y “cumplimiento.”

 

El término “cumplir” (pleroun, en griego) significa llevar a plenitud. Jesús se presenta como aquel que lleva a su plenitud y a su realización tanto la historia de su pueblo como la Escritura que es su memorial vivo. “Justicia” es la conformidad del comportamiento humano con la voluntad de Dios y, por tanto, la rectitud de la vida y del actuar humano en correspondencia con la rectitud de la misericordia divina. Y la voluntad de Dios es que su Mesías se solidarice plenamente con el pueblo pecador pasando a través de las aguas del bautismo, como en otro tiempo Israel atravesó el mar de los Juncos y el Río Jordán para poder entrar en la tierra prometida. Entrar en las aguas, así, implica aceptar el fracaso humano, el sufrimiento y hasta la muerte misma, como único camino para otorgar vida a los hombres.

 

Lo que sucede enseguida es el fruto de la Pascua: “se abrieron los cielos”, esos cielos que, según los rabinos, permanecían cerrados por el pecado del pueblo, manteniendo inaccesible el mundo de Dios y lejana la salvación. El libro del profeta Isaías se cerraba con esta súplica: “Ojalá rompieses los cielos y descendieses”.  Ahora, allí donde el Hombre asume la muerte para generar vida en los otros, allí se realiza la plena comunicación de Dios, rompiéndose definitivamente la barrera que separaba el mundo divino de lo humano.

 

“Y vio el Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma…” Este simbolismo con el que Mateo hace referencia al Espíritu evoca dos importantes significados. Por un lado, la paloma es emblema del pueblo. De este modo, el Espíritu que desciende sobre Jesús es el mismo que toma cuerpo en la comunidad, simbolizada por la paloma. Y esto significa que, a partir de ahora, la única manera de ser pueblo de Dios será identificarse con este Mesías que se sumerge en el fracaso, en el sufrimiento y en la muerte para llevar a cumplimiento el plan salvífico de Dios.

 

Por otro lado, el símbolo de la paloma también alude al “aleteo” del Espíritu de Dios sobre las aguas caóticas en los principios de la creación del mundo (Cfr. Génesis 1, 2). Dicho “aleteo” del Espíritu sobre el caos dio lugar a la creación del universo. Ahora, la nueva creación tiene su punto de origen en la persona de Cristo, en quien reside toda posibilidad de vencer el caos del mundo, es decir, el pecado.

 

“Y oyó una voz que decía, desde el cielo: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. La expresión mi Hijo muy amado alude también al libro del Génesis, donde se llama así a Isaac, el hijo muy amado de Abraham, destinado al sacrificio. Con esto el Padre presenta a Jesús como aquel que debe asumir libremente la muerte (de la que se vio librado el hijo del patriarca) para salvar a los hombres. Al mismo tiempo, Él se presenta como un Padre quien ningún ángel detiene la mano para librar a su hijo de la muerte, sino que habrá de ver cómo su corazón se desgarra por el sufrimiento inexorable de su Amado.

 

Para nosotros, bautizados en el Hijo, el camino de la vida se nos presenta en toda su dramática paradoja: por un lado, estamos llamados a ser también nosotros “hijos amados”, en quienes el Padre se complazca; por otro, se nos revela el único camino que conduce a dicha plenitud, el camino del fracaso, del sufrimiento y de nuestra propia muerte para poder comunicar vida a otros. Un camino en el que preferimos no pensar y que tratamos de eludir a toda costa. Sin embargo, en ello nos jugamos nuestro propio destino y la posibilidad de alcanzar la verdadera felicidad.

 

El bautismo de Jesús fue también una de las grandes epifanías (o revelaciones) de su divinidad. Vemos que aquellos que presenciaron el bautismo vieron el “Espíritu Santo, como paloma que descendía sobre” Jesús. También escucharon la voz del Padre desde el cielo que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Vemos como la Santísima Trinidad se presenta en este pasaje evangélico para salvarnos y redimirnos. Además, con el bautismo de Jesús re-establece nuestra identidad como Hijo/a amado/a de Dios en Cristo Jesús.

 

¿Qué significa hoy esto para nosotros?

1) Jesús quiere ser uno con nosotros. Él es como nosotros en todo, menos en el pecado. Al asumir nuestra condición humana se solidariza con nosotros y en el bautismo, Jesús muestra su deseo de santificarnos a nosotros y nuestra condición humana. Esto debe darnos esperanza y confianza de que nuestro Señor camina este viaje con nosotros y que nunca estamos solos. Jesús entiende todo lo que pasamos – sufrimientos, tristezas, alegrías, penas, etc.

 

2) Cuando fuimos bautizados, nuestro Padre celestial nos dijo las mismas palabras, así como lo hizo con Jesús, “Tú eres mi Hijo(a) amado(a).” Podemos clamar al Padre como Jesús lo hizo diciendo “Padre Nuestro”, ABBA o “papito”. Él nos ama con una ternura inmensa. A través de nuestro bautismo, nos convertimos en hijos adoptivos del Padre con la misma herencia que Jesús: ¡la vida eterna! Dios Padre desea para nosotros lo que desea para Jesús. Te invito a que dejes que esa declaración de amor de parte de nuestro Padre Dios penetre en tu corazón y haga eco en toda tu vida.

Agradezcamos a Dios porque a través del bautismo en la Santísima Trinidad somos Hijos de Dios Padre, Hermanos de Jesucristo, Templos vivo del Espíritu Santo, miembros del Pueblo de Dios (Iglesia), nos da su vida misma (gracia de Dios), somos profetas, sacerdotes y reyes, coherederos del Reino de los Cielos, el perdón de nuestros pecados, nuestra redención, nos da las virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad), y muchos regalos más de parte Dios. ¿Cómo vivimos nuestro bautismo? ¿Recuerdas la fecha de tu bautismo?

 

 ¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

Sábado después de la Epifanía (11-Enero- 2020)

JUAN 3:22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.

Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”.

Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”.

 

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San Juan Bautista, quien representa todos los profetas (Antiguo Testamento), sabía perfectamente que debía disminuir y desaparecer para que apareciera Cristo Jesús. Un dato interesante, en el Evangelio según San Juan esta es la última vez que aparece, y ni siquiera se menciona su arresto ni su martirio; simplemente se va desvaneciendo en el trasfondo mientras la figura de Jesús va apareciendo más claramente en primer plano. Juan el Bautista había reunido muchos seguidores ya que muchos pensaron que podría ser el Mesías. Sin embargo, su misión fue señalarles a Jesús cuando llegara. Sus discípulos de Juan estaban confundidos cuando la gente empezó a ir a Jesús para el bautismo. Sabemos que Jesús es el Mesías, pero ellos no lo sabían.

 

Juan usa aprovecha cada momento para enseñar a sus seguidores más sobre la identidad de Jesús. Primero, Juan les dice que él sólo puede hacer lo que se le ha dado a él desde arriba. Es Dios Padre, que le dio a Juan la misión de preparar el camino del Señor, y él estaba cumpliendo fielmente su misión. Juan no era el Mesías, pero vino para señalar a todos a Jesús.

 

Juan nos presenta una hermosa analogía sobre la novia, el novio y el padrino. Juan era el “amigo del novio” o como diríamos hoy el “padrino de bodas” de Jesús (Juan 3, 29). En la tradición judaica, el amigo del novio era el encargado de hacer los preparativos para la boda y su última función era acompañar a los recién casados hasta la recámara nupcial y luego desaparecer. Juan es el padrino, “que está allí y lo escucha” y “goza grandemente a la voz del esposo”. Jesús es el esposo y la Iglesia es la novia. Jesús ha venido a unirse con todos nosotros, la Iglesia, con el fin de llevarnos de regreso al Padre. ¡Esa es la misión y tú y yo somos parte de ella!

 

Lo más hermoso es que lo Cristo dice sobre Juan, que fue el más grande de todos los hombres (Mateo 11, 11), pero el mismo Juan no se consideraba digno de “desatarle la correa de sus sandalias” (Juan 1, 27). En cada momento y palabra de Juan descubrimos su auténtica humildad y misión. La afirmación del Bautista de que “Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”. Lo que le tocaba hacer era simplemente señalar a Jesús y luego quitarse de en medio para que las personas llegaran a conocer y amar al Señor.

 

¡Que hermosa figura de la evangelización! Los cristianos también estamos llamados a ser amigos del novio y llevar a los demás al corazón de Cristo; luego, debemos quitarnos de en medio y dejar que Jesús mismo convenza a las personas de su amor. Esto es lo que significa ser “la sal de la tierra” (Mateo5, 13), porque un poquito de sal provoca sed; demasiada produce malestar. Nuestra misión es despertar en las personas aquella sed que solamente Jesús puede saciar.

 

¿Qué puedo hacer para que mis familiares y amigos conozcan al Señor?

 

Los evangelizadores más eficaces son los que viven en la práctica el mismo Evangelio que predican; es decir que, incluso sin predicar, sus acciones y actitudes hablan elocuentemente de su mejor amigo, Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo nosotros? Lo mejor es contar nuestra propia historia de fe y darle al Señor el mérito por lo que ha hecho en nuestra vida; en pocas palabras, hacer lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: “Se Jesús, comparte a Jesús, vive como Jesús.”

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

“Rey y Señor mío, enséñame a disminuir para que tú crezcas en mí y seas dueño de mi vida y los demás te busquen a ti y no a mí.”

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde