Viernes 34 del Tiempo Ordinario (29 de noviembre de 2019)

Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”.

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En la primera lectura de hoy (Dn 7, 2-14), se nos presenta a Daniel, quien tiene una visión: “los cuatro vientos del cielo agitaron el océano y de él salieron cuatro bestias enormes, todas diferentes entre sí.” El viento representa la  fuerza del Espíritu de Dios que viene de todas partes, el agua del océano el mundo, lugar de turbulencias, retos, desafíos y peligros (tentaciones) que pueden ser superados con la presencia y ayuda de Dios.

Los imperios son representados por 4 bestias fuertes (un león con alas de águila, un oso en actitud de incorporarse, con tres costillas entre los dientes de sus fauces; un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y con cuatro cabezas y una cuarta bestia, terrible, espantosa y extraordinariamente fuerte; era diferente a las bestias anteriores y tenía diez cuernos). Es una buena imagen del poder cuando carece de razón y de corazón: así como las fieras tienen fuerza pero no admiten argumentos ni se compadecen de sus víctimas, así también los poderes de esta tierra cuanto más se enaltecen y endiosan, más crueles y homicidas se vuelven.

 

Se da una sucesión en los poderes. Cada uno parece invencible hasta que es vencido. Es lo que sabemos también de las naciones que dominaron a los judíos en el tiempo helenístico, al que alude este texto de hoy, pero sobre todo: es lo mismo que vemos en nuestro mundo: una sucesión de presuntuosos al frente del Imperio Romano; una sucesión de crueldades y traiciones en el nacimiento convulso de la República Francesa; una sucesión de locuras en las Guerras Mundiales del siglo XX. Cada poder aprende que es limitado cuando ya está siendo trozado por el poder siguiente.

 

Mas ese círculo vicioso se rompe cuando llega el anciano y unos tronos aparecen. Y con él aparece también un poder que tiene el rostro de un hombre. Es más fuerte que todos y es también más humano que todos. Comparados con él, los anteriores son animales sanguinarios.  Esa imagen nos permite alegrarnos en el misterio que se esconde en la predicación, la vida, la pasión dolorosa y la triunfante resurrección de Cristo. Él es el poder que no bebe la sangre de su imperio, sino que lo alimenta en cada Eucaristía y para siempre en el Cielo, con su propia sangre y su propia vida. Cada uno de nosotros está llamado a servir en el Reino de Dios y dar lo mejor de nosotros, estamos llamados a transformar el mundo de las bestias (pecado) en el mundo de Dios, de construir un mundo mejor (Reino de los Cielos).

 

En el Evangelio de hoy, Jesús nos alienta a estar atentos a las señales que nos rodean. Sabemos que la primavera está cerca cuando los árboles comienzan a florecer. Sabemos que el invierno está a la vuelta de la esquina cuando las hojas y la nieve comienzan a caer y la temperatura baja. También el Reino de Dios está entre nosotros. ¿Nos damos cuenta de las señales que nos rodean?

 

Cuando llegamos al final de este año litúrgico (el Adviento comienza este fin de semana), estamos llamados a reflexionar sobre el fin de los tiempos y nuestra propia mortalidad. El Señor nos invita a confiar en Él por completo. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. ¿Qué quiere decir Jesús con que sus palabras “no pasarán”? Algunas traducciones dicen: “mis palabras no dejarán de cumplirse.” El verbo griego, parerjomai, tiene una variedad de significados que empiezan con la idea de movimiento: acercarse, pero luego incluye: pasar de largo, y de ahí, dejar a un lado. Por eso se utiliza metafóricamente para indicar algo que se descuida o que no merece cuidado. “Algo sin efecto”, diríamos de manera un poco más general y abstracta, que no podemos poner nuestra máxima confianza y esperanza en las cosas de la tierra. Todo lo que está aquí pasará un día.

 

Recuerdo mi peregrinación a Roma y vi las ruinas antiguas. Estoy seguro de que nunca pensaron que esos edificios serían “ruinas antiguas” algún día. Los hermosos edificios que nos rodean hoy serán “ruinas antiguas” algún día en el futuro. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Los estadios, las arenas, los casinos y rascacielos deportivos de billones de dólares no durarán para siempre.

 

Las palabras del Señor traen su fruto. Esto nos hace recordar dos preciosos textos de Isaías. Uno, en Is 55,10-11: “como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié.” Otro, en Is 40,10: ” He aquí, el Señor DIOS vendrá con poder, y su brazo gobernará por El. He aquí, con Él está su galardón, y delante de Él su recompensa.”

 

Esa eficacia de la palabra de Cristo indica también que Él no está solamente anunciando el futuro. Está trayéndolo; está haciéndolo posible. Jesús no es un espectador de una historia de la cual podría hablarnos a la manera de los expertos de nuestra época; Él es el Rey, y como rey quiere que nosotros sus servidores (Pueblo de Dios) reinemos y dejemos un legado a las generaciones futuras.

 

¿Qué tipo de legado quieres dejar en este mundo? ¿Quiero ser recordado como alguien que amaba y puso sus bienes al servicio de los demás? ¿Quiero ser recordado como alguien que trabajó demasiado y no tuvo tiempo para las personas que lo rodeaban? ¿Quiero ser recordado como alguien que ayudó a otros a convertirse en discípulos de Jesucristo? ¿Quiero ser recordado como una persona ambiciosa, corrupta, injusta, que utilizaba a los demás para sus propios beneficios? ¿Quiero ser recordado como alguien superficial y que solo le interesaba el dinero?

 

Hoy debemos ser conscientes de las señales que Dios nos da y prepararnos para la eternidad.

¿Cuánto tiempo paso preparándome para la eternidad?

¿Dedico tiempo a ayudar a otros a conocer a Jesús?

¿Qué quiero que la gente diga sobre mí cuando muera?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS (28 DE NOVIEMBRE DE 2019)

LUCAS 17:11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

 

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

 

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

 

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En los Estados Unidos celebramos el “Thanksgiving” o Día de Acción de Gracias,  y deberíamos de dar gracias todos los días, pero como hoy especial les deseo un ¡Feliz Día de Acción de Gracias a cada uno de ustedes, a sus familiares y amigos! Qué este día reflexionemos sobre todas las bendiciones que el Señor ha derramado sobre nosotros. Incluso, aunque estemos llevando cruces pesadas, demos gracias a Dios por ayudarnos a cargarlas con amor. Nunca estamos solos y él prometió estar siempre con nosotros hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 28).

 

Las lecturas de hoy nos invitan a tener confianza en Dios y ser agradecidos. El profeta Daniel en la primera lectura (Dn 6, 12-28) está haciendo oración a Dios y unas personas que lo estaban espiando fueron a denunciarlo con el rey Darío, porque éste dio un decreto en el que prohibía por treinta días, hacer oración a cualquier dios u hombre solo al rey, bajo pena de ser arrojado al foso de los leones. Y le dicen que Daniel “tres veces al día hace oración a su Dios“. El rey, quien aprecia a Daniel, se propuso salvarlo pero aquellos hombres, comprendiendo que el rey quería salvarlo y lo presionaron para que lo arrojaran al foso de los leones por mandato del rey. Pero el rey le dijo a Daniel: “Tu Dios, a quien sirves con perseverancia, te va a librar“. Aquí vemos como el testimonio, la oración y el fiel servicio de Daniel han transformado el corazón del rey, aunque él débil no ha entregado su corazón totalmente al Dios verdadero.

 

¿Tus acciones y tu vida espiritual han hecho que otros se acerquen a Dios?

 

Se ejecuta la orden y taparon la entrada del foso, pero el rey “se volvió a su palacio y se pasó la noche sin probar bocado y sin poder dormir”. Los problemas y desgracias de los demás nos deben de llevar a la compasión. Pero también a la confianza en Dios, vemos lo que hizo después el rey: “Al amanecer, se levantó y se dirigió a toda prisa al foso de los leones”. El rey sino tiene la confianza total por lo menos ha surgido en él la duda y piensa en la posibilidad de que suceda un milagro. Va al pozo y grita: “‘Daniel, siervo de Dios vivo, ¿ha podido salvarte de los leones tu Dios, a quien veneras fielmente?’ Daniel le contestó: ‘Viva siempre el rey. Mi Dios envió a sus ángeles para cerrar las fauces de los leones y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente, como lo soy también ante ti’ ”. Dios nunca falla a quienes confían en él y todo sucede para el bien de los que aman a Dios (Cf Rm 8, 28).
El rey se alegró mucho cuando sacaron a Daniel del foso; “vieron que no tenía ni un rasguño, porque había confiado en su Dios”. Confiemos en Dios que nunca nos fallará.  “El rey ordenó que trajeran a los que habían acusado a Daniel y los arrojaran al foso de los leones con sus hijos y sus esposas. No habían llegado al suelo y ya los leones los habían atrapado y despedazado”. Nuestras acciones, sean buenas o malas, traen consecuencias para nuestra familia y para los demás. Un ejemplo es que el rey Darío ordenó que en el imperio, “todos respeten y teman al Dios de Daniel. Él es el Dios vivo, que permanece para siempre…Él salva y libra, obra prodigios y señales en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel de los leones”. Confianza (fe) en Dios y gratitud transformada en acciones (conversión).

 

En el evangelio de hoy,  Jesús sana a 10 leprosos y sólo uno regresa para darle las gracias. ¿Acaso eso no sucede a menudo en nuestras vidas? Dios nos bendice, nos sana, nos salva del peligro, nos ofrece su gracia en tiempos oportunos – y simplemente continuamos con nuestras vidas sin detenernos para dar gracias. He escuchado a mucha gente hacer la pregunta: “¿Por qué tengo que ir a la iglesia? ¿Qué Dios no está en todas partes? No gano nada con ir.” Esta es nuestra cultura relativista y consumista hablando en voz alta. Todo lo queremos ver con ojos de “úsalo y tíralo”, nos acercamos a todo, incluso a las relaciones, con la idea de que tenemos que conseguir algo. Creemos que todo gira alrededor de nosotros.

 

Pero mi pregunta en cambio siempre es, “¿Qué traes a Misa? ¿Tienes algo por lo que agradecer hoy?” La Eucaristía significa “Acción de gracias”. Cada vez que nos reunimos estamos llamados a DAR GRACIAS. En la Misa, no estamos llamados para simplemente sentarnos y recibir como si estuviéramos viendo una película.

 

La Misa no es para el entretenimiento, sino para alabar a Dios, adorarlo, darle gracias y pedir bendiciones también. Sin embargo, nuestra cultura nos ha enseñado a sentarnos pasivamente y recibir. A veces juzgamos la misa como si fuéramos críticos en una sala de cine o en un concierto: La música estaba fuera de tono, la homilía era aburrida, el padre enojón, la señora de adelante como iba peinada, la mujer de atrás no dejaba de hablar, los lugares incomodos, el aire acondicionado no servía, hacia mucho calor o frío, etc. Estoy de acuerdo con algunas cosas: nosotros como Iglesia necesitamos proporcionar música hermosa, homilías significativas y una cálida hospitalidad. Sin embargo, incluso si todas esas cosas son malas, puedes agradecer a Dios por sus bendiciones y recibir su Cuerpo y Sangre en la Santa Comunión.

 

Recuérdalo: TODO ES UN REGALO DE PARTE DE DIOS. Todo lo que tenemos y todo lo que somos es un regalo de Dios pero tenemos que verlo con ojos de fe. Mi corazón está tan lleno de gratitud hacia Dios por las personas en mi vida y las muchas bendiciones que Él ha derramado sobre mí. No merezco ninguno de ellos, pero Dios, en su abundante bondad, no tiene rival en generosidad. Él no nos da estas cosas porque somos buenos; nos los da porque Él es bueno y nos ama.

 

¿Soy uno de los nueve leprosos que no dieron gracias por sus bendiciones?

¿Tengo un corazón agradecido?

¿Ofrezco a Dios más de una hora de adoración (misa y oración) cada semana?

 

Que Dios les conceda un bendecido Día de Acción de Gracias y que cada día sea una oportunidad para agradecer a Dios por todas sus bendiciones. Que Dios los bendiga a ustedes y a sus familias en abundancia. Seamos agradecidos con Dios incluso por las cruces que llevamos, porque nos da para que podamos crecer en santidad y perseverancia. No nos puede probar más allá de nuestras fuerzas.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Miércoles 34 del Tiempo Ordinario (27 de noviembre de 2019)

Daniel 5, 1-6. 13-14. 16-17. 23-28

En aquellos días, el rey Baltasar dio un gran banquete en honor de mil funcionarios suyos y se puso a beber con ellos. Animado por el vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y de plata que su padre, Nabucodonosor, había robado del templo de Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey y sus funcionarios, sus mujeres y sus concubinas.

 

Trajeron, pues, los vasos de oro y de plata robados del templo de Jerusalén, y en ellos bebieron el rey y sus funcionarios, sus mujeres y sus concubinas. Bebieron y comenzaron a alabar a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y de piedra.

 

De repente aparecieron los dedos de una mano, que se pusieron a escribir en la pared del palacio, detrás del candelabro, y el rey veía cómo iban escribiendo los dedos. Entonces el rey se demudó, la mente se le turbó, le faltaron las fuerzas y las rodillas le empezaron a temblar.

 

Trajeron a Daniel y el rey le dijo: “¿Eres tú Daniel, uno de los judíos desterrados, que mi padre Nabucodonosor trajo de Judea? Me han dicho que posees el espíritu de Dios, inteligencia, prudencia y sabiduría extraordinarias. Me han dicho que puedes interpretar los sueños y resolver los problemas. Si logras leer estas palabras y me las interpretas, te pondrán un vestido de púrpura y un collar de oro y serás el tercero en mi reino”.

 

Daniel le respondió al rey: “Puedes quedarte con tus regalos y darle a otro tus obsequios. Yo te voy a leer esas palabras y te las voy a interpretar.

 

Tú te has rebelado contra el Señor del cielo: has mandado traer los vasos de su casa, y tú y tus funcionarios, tus mujeres y tus concubinas han bebido en ellos; has alabado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera y de piedra, que no ven ni oyen ni entienden, pero no has glorificado al Dios que tiene en sus manos tu vida y tu actividad. Por eso Dios ha enviado esa mano para que escribiera.

 

Las palabras escritas son: ‘Contado, Pesado, Dividido’ y ésta es su interpretación. ‘Contado’: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha puesto límite. ‘Pesado’: Dios te ha pesado en la balanza y te falta peso. ‘Dividido’: Tu reino se ha dividido y se lo entregarán a los medos y a los persas”.

 

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El rey Baltasar y sus invitados a la fiesta ofendieron a Dios al usar los vasos de oro y plata robados del templo para beber vino y festejar. También adoraban dioses falsos, los dioses de plata, oro, bronce, hierro, madera y piedra. Debido a que el rey le había dado la espalda al Dios verdadero, Dios envió un mensaje que Daniel interpretó: que el rey perdería su reino. Este no era el mensaje que el rey quería escuchar, pero era el mensaje que recibió.

 

También es importante notar que Daniel era un hombre de Dios. Al tratar de permanecer puro y seguir los caminos de Dios, Daniel recibió sabiduría sobrenatural para “interpretar sueños y resolver problemas”. De manera similar, Dios nos bendice con sabiduría y otros dones del Espíritu Santo cuando vivimos en unión con Él.

 

¿Sirvo a otros dioses como el rey y sus invitados en esta lectura?

 

Es posible que no tengamos altares en nuestros hogares a dioses falsos, ni cantemos alabanzas de otros dioses, pero por la forma en que vivimos, a menudo adoramos dioses falsos. Sabes que me gusta el béisbol y otros deportes. El béisbol fue mi dios durante muchos años porque ocupaba una gran parte de mi tiempo y energía. Si alguien o algo nos consume y ocupa una gran parte de nuestro tiempo y energía, se convierte en un dios al que adoramos, consciente o inconscientemente.

 

El dinero, el poder, el placer y el honor son otros dioses que adoramos. Por lo general, nuestros dioses falsos pueden encajar en una de estas cuatro categorías. Estas cosas nunca pueden satisfacer el anhelo infinito en nuestros corazones que solo Dios puede llenar.

 

¿Se ha convertido el dinero en un dios en mi vida? ¿Paso mucho tiempo cada día enfocado en dinero y cosas materiales? ¿Estoy dispuesto a hacer algo ilegal o impío para ganar dinero? ¿Creo que el dinero o las posesiones son la fuente de mi felicidad? ¿Siempre quiero más dinero, pensando que nunca tengo suficiente? ¿Soy tacaño con mi dinero, no estoy dispuesto a compartir mis bendiciones con la Iglesia y otros necesitados? ¿Presumo y alardeo de mi dinero o cosas materiales?

 

¿Se ha convertido el poder en un dios en mi vida? ¿Busco constantemente una posición más alta para poder tener poder sobre los demás? ¿Abuso de mi poder y autoridad sobre los demás? ¿No estoy dispuesto a escuchar u obedecer a otros que tienen autoridad legítima sobre mí?

 

¿El placer se ha convertido en un dios en mi vida? ¿Busco la felicidad en la pornografía, la masturbación o el sexo fuera del matrimonio? ¿Siento la necesidad o la compulsión de ir al casino para obtener una descarga de adrenalina? ¿Tomo alcohol o drogas para sentirme bien o escapar de sentimientos difíciles? ¿No estoy dispuesto a hacer las tareas mundanas de la vida porque no son placenteras?

 

¿He puesto al honor en el centro de mi vida? ¿Digo o hago ciertas cosas para que la gente me note? ¿Busco lugares de honor para que otros me admiren? ¿Deseo fama solo para ser conocido? ¿Hablo mal de otras personas constantemente para que me sienta mejor conmigo mismo? ¿Hago preguntas esperando que otros me afirmen?

 

Señor, ayúdeme a ponerte en el centro de mi vida. Deseo santidad y pureza. Ayúdame a ser consciente de los falsos dioses en mi vida. Me arrepiento de los tiempos en que he puesto a alguien o algo delante de ti. Aumenta en mí el deseo y la capacidad de amarte por encima de todas las cosas. Lléname con los dones de tu Espíritu Santo como la sabiduría que le diste a Daniel.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

Martes XXXIV del Tiempo Ordinario

Evangelio según san Lucas 21, 5-11

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”

Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.

 

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Estamos ante el segundo “discurso escatológico” (cf. Lc 17, 20-37) del evangelio de Lucas: es señal de que para este evangelista la perspectiva del fin del mundo y de la vida futura caracteriza de una manera profunda la espiritualidad cristiana. Las preguntas iniciales, “¿Cuándo será eso?” “¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?” (v.7), son como dos pistas de búsqueda para comprender el mensaje que Jesús quiere transmitir.

 

Por otra parte, el hecho de que este discurso haya sido pronunciado ante el templo, tiene una razón de ser. Jesús predice en su respuesta el final del templo de Jerusalén y, en cierto modo, de todo lo que éste simboliza (v.6). Anuncia el final de un mundo que se concreta en esta catástrofe, del mismo modo que se concretará en muchas otras. No pretende decir que el fin del mundo esté cerca, pero sí desea recordar que todo lo que pertenece a este mundo tendrá un fin y que ante este fin debemos reflexionar con plena conciencia, dejándonos iluminar por su enseñanza.

 

Lo que debemos hacer mientras esperamos su retorno está expresado con claridad en lo que afirma Jesús con respecto a los falsos profetas y a los falsos mesías (v.8). Jesús nos invita al discernimiento de las personas y de los acontecimientos, a tener el valor de tomar o dejar de asumir el riesgo de optar siempre y de todos modos por los valores que él nos ha entregado en su Evangelio. Son muchos los que, tanto hoy como ayer, anuncian el fin como algo inminente, más para intimidar y aterrorizar que para iluminar e infundir valor. Las palabras de Jesús van al lado opuesto, incluso cuando anuncia el fin, se preocupa por iluminar y confortar a sus discípulos.

 

Imagínate que estás visitando el templo o santuario más majestuoso sobre la tierra y estás boquiabierto mientras contemplas su belleza y la inmensidad de la construcción. Entonces vienen a tu mente las palabras de Jesús, “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”. Las palabras del Señor anuncian la devastación del hermoso templo, reconstruido con tanto esfuerzo por Herodes, no quedará “piedra sobre piedra”. Estas son las palabras que Jesús dijo a los que admiraban la belleza del templo. En otras palabras, nos quiere enseñar que las cosas materiales son temporales a pesar de que parezcan tan magníficas, asombrosas e inspiradores, algún día se desmoronará y no durarán para siempre. Podemos construir fortalezas a nuestro alrededor y acumular fortunas, pero estas cosas se desmoronarán algún día. Lo material se derrumbará o se quedará atrás. Las únicas cosas que perduran para la eternidad son las relaciones y amistades – con Dios y con los demás.

 

Estamos terminando el año litúrgico y debemos revisar ¿Qué nos preocupa más: las cosas materiales o los bienes eternos? ¿Mi relación con Dios o las cosas materiales? ¿Admiro las cosas de este mundo o los dones y bienes que Dios me ha dado?

 

Dios nos da una nueva oportunidad cada día, especialmente para este próximo Adviento, que comienza el domingo, nos invita a que nos enfoquemos en nuestras relaciones. Comencemos enfocándonos en nuestra relación con la Santísima Trinidad. Esta relación cumplirá tus deseos más profundos en la tierra y te preparará para la gloria y la alegría eterna. Pasa tiempo en oración diaria, asiste si es posible a Misa todos los días, pasa tiempo de calidad con las personas que amas y te aman. La siguiente frase de mi amigo el Padre Burke me gusta mucho: “No te preocupes por escribir cientos de tarjetas Navideñas y comprar el regalo perfecto, mejor pasa una hora o una comida con esas personas especiales. Dales el regalo de tu tiempo y tu presencia, si es posible.”

 

Intenta simplificar tu vida y enfócate en lo verdadero, permite que la verdadera alegría del Evangelio llene tu vida y tu corazón de lo que vale la pena para la vida eterna.

 

El evangelio de hoy no es una invitación al pánico sino a poner nuestra confianza y esperanza en Cristo y percibir los “signos de los tiempos”. El Señor da por adelantado las señales, para que nadie pierda la confianza en Él. La fidelidad a su palabra no depende del tamaño de nuestro miedo o de los problemas sino de su infinito amor por nosotros.

 

¿He puesto mi mirada en la eternidad más que en la majestuosidad de lo mundo?

¿Trato de llenar el vacío en mi corazón con cosas materiales?

¿Cómo es mi relación con Dios?

¿Las cosas de esta vida me quitan mi paz o busco mi relación con Dios?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Lunes de la XXXIV Semana del Tiempo Ordinario (25-Nov-2019)

Evangelio según san Lucas 21, 1-4

 

En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

 

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La primera lectura de hoy (Dn 1, 1-6. 8-20)  nos presenta un momento muy duro de confrontación de un pequeño grupo de fervorosos jóvenes fieles a Dios. De su combate y de su victoria podemos aprender mucho nosotros. Es importante que captemos el tamaño del desafío que enfrentan estos muchachos. Las circunstancias son adversas en grado sumo, por la altanería del poder al que se ven sometidos y por la falta de las seguridades a las que estaban acostumbrados. Miremos cómo y por qué.

 

Las seguridades usuales para los judíos eran su tierra, su rey, su templo, su alianza. De esas cuatro, las tres primeras han caído en el tiempo al que alude el relato de hoy. Están fuera de su tierra, no tienen rey, el templo está profanado y en ruinas. Sin embargo, ellos creen en el vigor de la alianza, que según entienden se expresa en la Ley de Moisés, y por eso se aferran a esa ley sin descuidar las cosas pequeñas, como es el caso con las prohibiciones de alimentos.

 

De este modo, aunque muchas cosas habían sido pero ya no eran, ellos no se quedan lamentando lo perdido sino que dan fuerza a lo que está vigente. Su visión se concentra en lo que tienen ahora y pueden hacer ahora, de cara a un futuro mejor y más cerca de ese Dios que parece escondido. Esa actitud puede servirnos mucho y muy a menudo a nosotros.

 

¿Confías en Dios y en que sus planes son mejores que los tuyos?

En medio de las dificultades,  ¿culpas a Dios y le reclamas o lo bendices y aprendes de estas oportunidades?

 

Por otra parte el evangelio de hoy, nos ayuda a descubrir un aspecto bello y profundo de la mirada divina: cómo valora Dios las cosas.  Un modo de interpretar el texto de hoy es desde las matemáticas: no interesa la CANTIDAD sino la PROPORCIÓN.  Si lo que da es, o parece, mucho, pero es poco en proporción a lo que podrías dar, los ojos de Dios consideran eso en realidad como poco, porque, según la expresión de Cristo hoy, has dado “de lo que sobra”; si, en cambio, lo que das parece poco, pero es una proporción muy grande de lo que podías dar, cual sucedió a esta viuda de hoy, entonces eso es mucho a los ojos de Dios.

 

Cuando le das a Dios, ¿das de lo que te sobra? o ¿aún de lo poco que tienes le das y se lo das de corazón?

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

 

 

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo (24-Nov.-2019)

Lucas 23, 35-43

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

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CristoRey_Solemnidad

 

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Este fin de semana celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Es la última semana del año litúrgico antes de comenzar el Adviento el próximo domingo. Es uno de los días festivos más importantes del año porque resume la misión de Cristo.

 

Cuando Jesús vino, cumplió todas las profecías del Mesías. Uno de los títulos otorgados a Jesús fue “Hijo de David” porque a David se le dijo que uno de sus descendientes reinaría por siempre. En la primera lectura de este domingo de 2 Samuel 5: 1-3, leemos que David unió el Reino del Norte y el Sur de Israel. Jesús, como el “Hijo de David”, vendría a unir a todos los pueblos. El diablo quiere dispersar y conquistar. Jesús, como Rey del Universo, vino para unirnos y salvarnos.

 

Pensaron que el Mesías sería un poderoso gobernante que dominaría a sus enemigos. Sin embargo, Jesús vino como un cordero sin pecado. La gente lo vislumbraba en su trono, pero no se dieron cuenta de que su trono sería una cruz. Su corona fue hecha de espinas. Vino a sufrir. Pusieron una señal sobre su cabeza que decía en tres idiomas “Rey de los judíos”. Poco se dieron cuenta de que estaban matando al “Rey del Universo”.

 

Puede que no haya venido como un poderoso gobernante, pero su poder venció al enemigo más feroz, el de la muerte misma. Al asumir nuestra carne, Jesús llevó nuestros pecados con él a la cruz y abrió el Reino de los cielos para todos los que creen en él. Él no vino a dominar con su poder sobre nosotros. Vino como un siervo humilde y sufriente.

 

Cuando prometemos nuestra obediencia a este Rey encontramos la verdadera libertad. No somos sus esclavos o sirvientes, sino Él nos llama “amigos”. Cuando seguimos fielmente a este Rey, Él nos invita a su Reino y nos da paz y alegría más allá de la comprensión. La herencia de Jesús es la vida eterna con el Padre para siempre. Lo que Dios quiere para Jesús, lo quiere para nosotros. Como fieles siervos de Jesús, nuestra herencia es la misma vida eterna en el cielo.

 

¿He prometido mi obediencia al Rey del Universo?

¿Permito que Jesús sea el rey de mi mente, mi corazón, mis ojos, mi boca, todo mi ser?

¿Estoy dispuesto a sufrir con mi rey?

 

 “También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo»…” El vinagre puede tener un profundo significado simbólico. Frente al vino, que representa el amor en los textos de la Escritura, el vinagre (vino agrio, según la acepción latina) es un amor que ha perdido sus propiedades, un amor corrompido. Jesús ha ofrecido a todos el vino de su entrega total; los hombres le responden con un amor corrompido, ya sea porque solo se acercan a él movidos por algún interés egoísta (como quienes le llevan a sus enfermos para que los cure), ya porque, incapaces de amar de verdad, sólo pueden responder con indiferencia y hasta con odio a sus pretensiones mesiánicas. Incapaces de reconocer a un Dios que se entrega por los hombres, consideran al Crucificado como una abominación blasfema al pretender ser su representante autorizado.

 

“Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: ‘Éste es el rey de los judíos’…” El singular letrero colocado sobre la cruz está preñado de significado, lo que no obsta para que se trate de un dato rigurosamente histórico, según parece desprenderse de su presencia estable en todas las fuentes. Pero el evangelista quiere evocar algo más que un detalle preciso de la tétrica imagen del Calvario. Para Lucas, las tres lenguas representan los universos conocidos al momento: el griego representa, ante todo, el mundo de la sabiduría, de la filosofía, de las conquistas de la razón humana, de la cultura y de la riqueza que ella encierra; el latín, representa al poder omnímodo del Imperio, que ha ocupado la totalidad del orbe conocido; es el poder político, militar y económico que rige la vida de los pueblos y traza rumbo al destino de los hombres; finalmente, el hebreo representa el mundo religioso, la tradición israelita, sus libros sagrados y sus ritos, su monoteísmo a ultranza y su búsqueda de un reinado de Dios capaz de sembrar la paz universal y definitiva.

 

Él te dará la corona de la gloria eterna si estás dispuesto a seguirlo fielmente.

 

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde

Sábado XXXIII del Tiempo Ordinario. (23-Noviembre-2019)

Evangelio según san Lucas 20, 27-40

 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”

Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”.

Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.

 

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Hoy en el pasaje evangélico que hemos escuchado a modo de burla, los saduceos ridiculizan la creencia en la resurrección con una tonta historia de una mujer que se ha casado varias veces. Cristo toma el argumento no sólo para reafirmar la verdad de la resurrección sino para enseñarnos sobre el destino del amor humano.

 

La parte para mí más impresionante de las palabras de Cristo en el evangelio de hoy, es: “no se casarán ni podrán ya morir” (Lc 20, 36). Aquí hay algo muy profundo sobre la naturaleza del matrimonio. La razón por la que no hay matrimonio más allá de la muerte es porque tampoco hay más muerte en aquellos considerados dignos de la resurrección. Es decir: el matrimonio es un remedio contra la muerte mientras no ha llegado a la muerte. Los que ya no pueden morir no necesitan de ese remedio; reciben la vida plena y eterna, como los ángeles, y no a través de las expresiones mediadas de esta vida en el mundo por vehículo del amor humano. Entonces el matrimonio es un modo de acercarse al amor pleno, al amor original que da la vida. Una vez que accedemos a ese amor en la resurrección, no cabe propiamente la mediación. Ya no es necesaria debido a que en el cielo ese amor es inmediato.

 

Otra pregunta que surge es: ¿Hay vida después de la muerte? ¡Claro que sí! Sí, hay vida después de la muerte. ¿Pero no matrimonio? Para aquellos que tienen un hermoso matrimonio el cielo puede parecerles menos perfecto si no están casados en el cielo. Uno puede preguntar, “¿Cómo puede Dios siendo amor castigarme al no permitirme permanecer con mi esposa(o) para la eternidad?”

 

En el matrimonio la pareja es complemento, ayuda, es su otra mitad, es quien lo completa. ¡El amor humano puede ser increíble! Puede parecer que la otra persona te “completa”, pero Dios tiene algo preparado para nosotros que ni siquiera podemos imaginar. Incluso en el mejor de los matrimonios, tu cónyuge no puede completarte como Dios puede. Sólo Dios puede cumplir nuestros deseos más profundos. El Papa Benedicto XVI dijo que el cielo es “como sumergirse en el océano del amor infinito”. (Spe Salvi 2007) No hay manera de que podamos penetrar las profundidades de las alegrías del cielo mientras estamos aquí en la tierra, pero el amor íntimo humano puede darnos una idea de la inmensidad del amor de Dios.

 

Las parejas dicen en sus votos matrimoniales: “Hasta que la muerte nos separe”. La muerte rompe el vínculo matrimonial en la tierra y permite que el cónyuge restante se case de nuevo.

 

El amor entre los esposos y otros amigos íntimos tiene un impacto eterno en nuestra alma. Yo encuentro reconfortante este pensamiento. Así que a pesar de que el matrimonio como sabemos no perdura, el amor dura para siempre.

 

Cada vocación (matrimonio, órdenes sagradas, vida religiosa, vida soltera consagrada) es un llamado a amar sacrificialmente, es decir, a general vida la vida de Dios en los demás. Cada vocación está destinada a ayudar a otros a llegar al cielo. De hecho, el objetivo del matrimonio es ayudar a tu cónyuge e hijos a llegar al cielo. El objetivo del sacerdocio es ayudar a mi esposa (la Iglesia) y a mis hijos (a todos y a cada uno) a llegar al cielo. Y es en el cielo que experimentaremos el cumplimiento de los deseos más profundos de nuestros corazones.

 

¿Cómo ha moldeado mi vida el amor de mi cónyuge y amigos?

¿Anhelo la unión con Dios en el cielo?

¿Cuánto tiempo me concentro en la vida después de la muerte?

¿Puedo imaginar una vida donde el Señor llenará cada uno de mis deseos?

¿Invierto tiempo y energía para prepararme a mí y a mi familia para el cielo?

 

¿Quién te llena? Las relaciones y amistades te dan una muestra de la plenitud, pero únicamente Dios puede llenarte completamente. Si pones a Dios en el centro de tu vida, tu matrimonio y otras relaciones se harán más profundas y más felices.

¡Lee la Biblia, confía en la misericordia de Dios y tu vida se transformará!

 

En Cristo y Santa María de Guadalupe

 

Padre Enrique García Elizalde